Poesías, Miguel de Unamuno

El primer libro de versos del escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936), titulado Poesías, apa­rece en 1907, cuando el autor había cum­plido los cuarenta y dos años.

Tal circuns­tancia ha atribuido a este quehacer suyo — tan posterior a otros en cuyo cultivo ya había destacado — la calificación de poesía otoñal. «Flores de otoño, cantos de secreto», las llamó él mismo. Integran este volumen ciento dos composiciones, de las cuales las cinco últimas son traducción de otras dos de Carducci, una de Coleridge, una de Leopardi, y «La vaca cega», de Maragall. Salvo una de las originales, que se remonta a los veintitantos años del poeta, las primeras datan de 1899 y fueron anticipadas en re­vistas madrileñas de entonces, especialmen­te las que se titularon «Revista Contempo­ránea» y, sobre todo, «Revista Nueva», que dirigía Ruiz Contreras y en la que colabo­raron no pocos de los escritores llamados de la generación del 98.

Con un manojo de estas primeras obras suyas proyectó don Miguel, hacia 1900, la publicación de un volumen que se titularía Veintisiete poesías, y aunque llegó a ser anunciado no alcanzó a ver la luz. Más tarde, en 1904, don Juan Valera incluyó algunas de ellas en su Flo­rilegio de poesías castellanas del siglo XIX. En este primer libro — Poesías — aparecen ya las dos vetas esenciales de su actitud poética: una formal, italiana; otra concep­tual y de tono, inglesa. Nos lo señalan sus traducciones, sus confesadas lecturas de estos años, y su propio poetizar. Ya enton­ces proclamó que su mayor satisfacción la constituía el ser considerado como poeta, y a este sentir se mantuvo fiel hasta su muerte.

Las primicias de su labor las fue comunicando privadamente a algunos ami­gos suyos, o las anticipó en publicaciones periódicas, y cuando el libro apareció la crítica mantuvo una actitud de reserva. Tan sólo fueron excepción e hicieron público su entusiasmo dos egregios poetas: el ca­talán Joan Maragall y el americano Rubén Darío. Después de 1907 prosiguió Unamuno un intenso cultivo de la poesía, en la línea marcada por su primer libro, que en cuanto a la forma, sin decidirse por la rima aso­nante o por la consonante, logra un tipo original de silva de varia extensión con versos polimétricos: de once, siete y cinco sílabas, preferentemente. Pero de este acer­vo posterior a su primer libro sólo dio a conocer una parte mínima en publicaciones periódicas de España y de América, y de él extrajo, muchos años después, materiales para otros libros poéticos suyos, como más adelante se indicará. En el otoño de 1910 se entrega al cultivo del soneto, del que ya había una decena en Poesías, y tras cinco meses de labor, en la primavera del año siguiente, entrega a las prensas su segundo libro, Rosario de sonetos líricos (v.), Ma­drid, 1911.

Ciento veintiocho, puntualmente fechados, forman este volumen, que viene a ser una especie de diario poético, más trágico que lírico, como su autor confesó a alguno de sus amigos, como el poeta uru­guayo Juan Zorrilla de San Martín. Hasta tal punto están transidos de las íntimas preocupaciones que atenazaban su ánimo en aquellos meses, de las que constituyen un índice. La mayor parte de ellos fueron escritos en Salamanca, una porción inicial en Bilbao, y algunos en Asturias y León, según se nos indica junto a la fecha de ellos. Lanzado este su segundo libro, de nuevo se propone Unamuno, y en varias ocasiones lo anuncia, publicar un nuevo libro de versos, al que dotaría de un prólogo que vendría a ser como una exposición de su credo poético y una aversión a la rima consonante. Pero el proyecto se demoró, y sólo nueve años más tarde publicará su ter­cer libro, que no es de vario contenido, sino un extenso poema.

Me refiero al titu­lado El Cristo de Velázquez (v.), Madrid, 1920, dividido en cuatro partes, con más de dos mil quinientos endecasílabos libres, sin rima, a la elección de cuya forma no fue­ron ajenos ni el ejemplo de Leopardi, ni los versos libres del poeta cubano José Martí, ni la norma poética formal del nor­teamericano Walt Whitman, según él mismo confesó. Este poema, de los más importan­tes de modalidad religiosa en la literatura española, es el fruto de una larga génesis cuya fecha inicial se remonta a 1913. Una primera redacción, de unos mil quinientos endecasílabos, fue leída por su autor en el Ateneo de Madrid a principios de 1914, pero fue constantemente rehecho y ampli­ficado hasta alcanzar la que como defini­tiva publicó seis años más tarde. A poco de comenzar a componerlo reveló a algunos amigos suyos, como el poeta portugués Teixeira de Pascoaes, el móvil de este poema, que no es otro que el de «formular la fe de mi pueblo, su cristología realista…; en una forma cristiana, bíblica y… española».

Y en un escrito público de 1921 descubre también que fue «cierto remordimiento de haber hecho aquel feroz poema — se refiere al titulado «El Cristo yacente de Santa Clara, de Palencia” — lo que me hizo em­prender la obra más humana… de El Cristo de Velázquez». El cuarto libro—aunque sólo una parte de él contiene poemas suyos — es el titulado Andanzas y visiones españolas, Madrid, 1922, en el que dio cabida a cuatro sonetos de 1911 en el escrito titulado «Re­cuerdo de la Granja de Moreruela», y al final del volumen, bajo el título genérico de «Visiones rítmicas», a ocho poemas muy distintos en fecha — 1907-1913 —, a los que hizo preceder de una introducción en la que declara que la mayor parte de ellos no se imprimen en renglones cortos, sino como si fueran prosa, «lo que por un lado—dice— obliga al lector a estar más alerta en su lectura y no dejarse guiar del artificio tipográfico… y por otro, lleva más papel».

La razón de incluir este caudal poético en un libro que es una sucesión de escritos de viaje — de gran calidad poética muchos de ellos — reside en que brotó de sus pro­pias andanzas por las tierras de España, de las que don Miguel fue un gran conocedor, un «sentidor», como él mismo dejó dicho. Al año siguiente, es decir, en 1923, y en la colección – privada «Libros para amigos», que destinó José María de Cossío a los su­yos, aparece en Valladolid el quinto libro de versos unamuniano, con el título de Rimas de dentro. El germen de esta nueva publi­cación creo que hay que buscarlo en una lectura de poesías suyas que por entonces llevó a cabo en el Ateneo de Valladolid, y en ella. encontraron cobijo una veintena de composiciones que se remontan a muchos años atrás, parte de aquel caudal que el au­tor destinaba a otro de sus volúmenes poé­ticos que no llegaron a imprimirse enton­ces. A este cauce íntimo fueron a dar aque­llas poesías de antaño, alguna de las cuales, como el famoso poemita «Aldebarán», había sido anticipado en publicaciones periódicas.

Las fechas a las que esta producción corres­ponde son las de los años 1907 a 1912, extremo que ha de ser tenido en cuenta al considerarlas en el conjunto de su obra. La preocupación por la forma no le aban­donó, y debe señalarse como en 1910 en­saya un nuevo artificio métrico a base del jugueteo de rimas internas y finales de ver­so, que el poeta calificó como «un intento de disociar la rima del ritmo». Aunque ter­minado en este mismo año de 1923, no vio la luz hasta el siguiente, cuando ya don Miguel vivía fuera de España, el sexto de sus libros poéticos, el que tituló Teresa. Rimas de un poeta desconocido, Madrid, 1924. Al frente de ellas reprodujo, como prólogo, el artículo que Rubén Darío de­dicó a «Unamuno, poeta», en 1909; luego incluye la presentación del que llama «poe­ta desconocido» al que puso por nombre Rafael de Teresa, a la que siguen las no­venta y ocho rimas que justifican el título, cronológicamente ordenadas según su com­posición.

Una «pistola» final, en tercetos, las «Notas» de algunas rimas, y una «Des­pedida», completan este volumen, que plan­tea una serie de problemas en el quehacer poético de su autor. Uno de ellos, el de la creación de ese poeta desconocido, con el que confiesa haber topado como «con uno de mis yos ex-futuros, con uno de los míos que dejé’ al borde del sendero al pasar de los veinticinco años». Y desde luego el credo poético ahora representado, muy becqueriano, de fondo y de forma, está más cerca de 1889 que del que nos descubre en 1907. La creación de este ente de ficción al que confía y con el que colabora para exponer toda una metafísica del amor, a la que cali­fica de «meterótica», está en la línea unamuniana de la mayor vivencia de los seres literarios frente a sus creadores de carne y hueso.

Recuérdese su concepción del «qui­jotismo», o el propio caso de su novela Niebla (v.). Éste serla otro de los problemas indicados. Y el tercero el de la técnica poética, que representa un regreso al cultivo de la rima consonante, cuya representación en este libro es notoriamente superior en número, tanto en composiciones polimétricas — cuyo gusto por ella subsiste — como en otras estructuras cerradas. Lo que debe relacionarse con las alusiones iniciales de la presentación a los revolucionarios esté­ticos de aquellos años. La restante produc­ción poética de Unamuno nace, en su casi totalidad, durante sus años de destierro, y la representan tres libros más. El primero de ellos, séptimo de su tarea poética, es De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sone­tos, París, 1925. Está constituido por ciento tres sonetos, de los cuales los sesenta y seis primeros — salvo los dos iniciales, com­puestos aún en Salamanca — corresponden a los meses que residió en Fuerteventura, una de las Islas Canarias; y los restantes al año largo que vivió en París.

Aunque, a tono con su subtítulo, el tema biográfico es el esencial, muy teñido de la nostalgia de otros escenarios: Bilbao, Salamanca, Gredos, etc., o de otros tiempos anteriores de su vida, alientan en este libro otros, como el de tipo político, en el que ataca quevedescamente a sus perseguidores, me­nos perdurables quizá en su calidad esté­tica, y sobre todo el gran núcleo de los dedicados, con un sentido poético de la naturaleza, en el que logra auténticas cum­bres líricas, al nuevo escenario de su vivir: el mar, la noche, los astros, desde su isla atlántica, o el de algunos paisajes parisien­ses. El Romancero del destierro, Buenos Aires, 1927, octavo de su libros poéticos, lo integran dos partes, muy diferentes, a las que preceden un prólogo y rematan unas «Notas». La primera la constituyen treinta y siete poesías, escritas en París y en Hendaya, localidad francesa fronteriza de su España, desde la que puede ver las cumbres de su país vasco.

Si la variedad formal de este conjunto responde a la trayectoria poética del autor, temáticamente se abor­dan en él estos asuntos: el mar, la luna, el paisaje circundante en su perenne ver­dor, poblado, en ocasiones, por algún tipo humano, y, en especial, la coyuntura bio­gráfica, base de hondas meditaciones, o nos­tálgico recuerdo de la niñez lejana o de los escenarios españoles en que transcurrió su vida anterior. Una mezcla, muy equilibrada, en suma, de recuerdos y de esperanzas, sobre los que trenza un monólogo de paté­tico lirismo. La segunda parte, la que jus­tifica el título del libro, la forman dieci­ocho romances; representa el aspecto polí­tico y combativo en el cauce métrico tradi­cional, en el que a veces alientan ecos y expresiones románcenles. Algunos de ellos, al margen de la coyuntura histórica que les dio vida, alcanzan un valor perdurable de emoción conseguida. El último libro de poesías unamunianas, el más denso y nume­roso, es el Cancionero (v.), Diario poético (1928-1936) y no fue publicado en volumen hasta 1953, Buenos Aires, diecisiete años des­pués de muerto el autor, y lo integran no menos de mil setecientas cincuenta y cinco composiciones, una pequeña parte de las cuales fueron anticipadas por él en dife­rentes publicaciones periódicas de España, después de su regreso a ella, en 1930. (Son las recogidas por Luis Felipe Vivanco en la Antología poética, de Unamuno, Madrid, Ediciones Escorial, 1942. Otras vieron tam­bién la luz, igualmente dispersas, entre esta fecha y la de 1953, en que aparece la edi­ción argentina).

Este Cancionero comenzó a escribirse en febrero de 1928 y, al regresar su autor a España en el mismo mes de 1930, el número de poesías ascendía a 1484. Las restantes fueron compuestas en España, a un ritmo más lento, y la última, un soneto, está fechada el 28 de diciembre de 1936, es decir, tres días antes de la muerte de Unamuno. A fines de 1928 debió pensar éste en publicar lo hasta entonces com­puesto, más de quinientos poemitas, y hasta pensó un título: Cancionero espiritual de un desterradlo, o Cancionero espiritual en la frontera del destierro, para el que llegó a redactar un prólogo, que es como un resu­men de su mantenido credo poético, que conserva su vigencia para la totalidad de la obra.

«Nada quiero decir de las formas rítmicas — se – lee en él — y de cómo con­servo siempre el asonante y a las veces el consonante, abandonando el llamado verso libre, aunque el mío nunca lo fue del todo». Sobre el propósito de su empresa añade esto: «Fuego de pasiones — que son accio­nes — fundió el bronce de estas canciones, y si suena el lenguaje, suena y resuena también en ellas la brasa. Que creo haber maridado dos pasiones, la del sentimiento de la vida humana deseándose divina, y la del lenguaje en que ese sentimiento se expre­sa».

Y en cuanto a la densidad de su nú­mero, que establece tan diverso tono y nivel en estas poesías, podemos atenernos a esta confesión de su autor: «Pero ¿por qué no los cierno y selecciono y dejo las unas para no publicar luego y sí las otras? ¿Y cuáles sí y cuáles no? Todas, buenas y malas, mejores y peores. Todas, sí, pues son miembros de un solo cuerpo, al que no cabe cercenar ni mochar; todas. Las buenas abo­narán a las malas y las malas no malearán a las buenas. Unas y otras y todas se com­pletarán y se conllevarán». Ha sido mejor que esta considerable masa poética haya llegado íntegra y en un solo libro al público. Su propio carácter de diario parecía requerirlo, y de él nacen su orden y su unidad, origen genético, como el autor siem­pre quiso. Los temas que en el Cancionero anidan pueden reducirse a éstos: el auto­biográfico, el paisaje de España — seduc­ción por la España física, y anhelo de otra, inmaterial y a la vez tangible, la que hicie­ron sus hombres—, su sentimiento del len­guaje, los astros, un pequeño mundo de animales, y como un resumen impresio­nante de su quehacer de escritor y de lec­tor, la reaparición de añejas lecturas en una nutrida nómina, o el desfile en una especie de «santa compaña» de no pocos recuerdos personales.

En cuanto a la forma de estas poesías, la rima asonante y la consonante siguen estando ampliamente representadas, así como la polimetría y el cultivo de es­tructuras métricas uniformes. Dos de estas poesías están en versos alejandrinos, y entre las formas más rigurosas se cuentan hasta once sonetos y dos sonetillos, algunas redondillas y esquemas parejos, y hasta una décima. Este corpus poético unamuniano es un diario de los últimos años de su vida, «un dietario de intimidades — ha escrito Guillermo de Torre —, de preocupaciones in- actuales; pero permanentes y característi­cas de Unamuno».

M. García Blanco