Las poesías conocidas, atribuidas a Santa Teresa (Teresa de Cepeda y Ahumada, 1515-1582), si no son suficientes para reconocer a su autora un primerísimo lugar entre los líricos de su época, tampoco desdicen del eximio lugar que corresponde a la excepcional prosista de las Moradas (v.), gracias a su espontánea gracia y sencilla naturalidad. Sacando definitivamente del conjunto el conocidísimo soneto A Cristo crucificado (v.), que más de una vez le fue atribuido sin fundamento y cuya paternidad ofrece siempre graves dudas, pertenecen indudablemente a Santa Teresa — pues existen seguras pruebas de ello — las poesías que empiezan:
1 «Vivo sin vivir en mí»,
2 «Vivo ya fuera de mí»,
3 «¡Oh hermosura que excedéis!»,
4 «Hermana porque veléis»,
5 «Pues nos dais vestido nuevo»,
6 «En las internas entrañas»,
7 «Vuestra soy, para vos nací»,
8 «Quien os trajo aquí doncella» (perdida).
Del mismo modo (según Vicente de la Fuente) hay que atribuir a Santa Teresa, con mucha probabilidad, las poesías que empiezan:
1 «Alma, buscarte has en mí»,
2 «Ya toda me entregué y di»,
3 «Si el padecer con amor»,
4 «¡Oh grande amadora!»,
5 «Hoy ha vencido un guerrero»,
6 «Dichoso el corazón enamorado»,
7 «Todos los que militáis»,
8 «¡Oh, qué bien tan sin segundo!»,
9 «Pues que nuestro esposo»,
10 «Pues el amor»,
11 «¡Ah pastores que veláis!»,
12 «Caminemos por el cielo»,
13 «Cruz, descanso sabroso de mi vida».
Con todo existen muy pocas probabilidades para la atribución de otras más o menos dudosas, entre ellas los famosos villancicos que empiezan: «Este niño viene llorando» y «Vertiendo está sangre», dotados de méritos indiscutibles. Se han perdido, además, muchas otras composiciones de las que sólo quedan los primeros versos. Todas las poesías de Santa Teresa están escritas en los versos cortos de la poesía tradicional, común a la Edad Media; sólo una de las citadas, cuya atribución a la Santa no es del todo segura («Dichoso el corazón enamorado»), sigue la métrica italiana del Renacimiento, que la autora de las Moradas no adopta nunca en aquellas poesías cuya paternidad está fuera de discusión.
Los temas de las poesías de la Santa son todos religiosos, de estilo popular, y en su mayoría fueron compuestas para solaz de sus monjas y para ser cantadas en las fiestas de Navidad o de los santos o con ocasión de la toma de hábito de novicias, con el acompañamiento, ejecutado por la misma autora y por la comunidad, de un tamboril y unas flautas que todavía se conservan, o sencillamente pal- moteando. Algunas veces el motivo es más elevado, como cuando escribió, por «la fuerza del fuego que en sí tenía», la maravillosa poesía «Vivo sin vivir en mí», muy conocida y difundida.
Para dar una idea de la sencilla e ingenua gracia de este aspecto literario de la gran escritora española, reproducimos aquí el siguiente villancico, que puede competir con los mejores en su género de Lope de Vega o de Valdivielso, y confirma la delicadísima sensibilidad poética de la Santa, suficientemente demostrada, por otra parte, en sus geniales obras en prosa: «¡Oh hermosura que excedéis/A todas las hermosuras !/Sin herir dolor hacéis/Y sin dolor deshacéis/El amor de las criaturas./¡Oh ñudo que ansí juntáis/Dos cosas tan desiguales!,/No sé por qué os desatáis,/Pues atado fuerza dais/ A tener por bien los males./Quien non tiene ser juntáis/Con el ser que no se acaba :/Sin acabar acabáis,/Sin tener que amar amáis;/Engrandecéis vuestra nada».
J. De Entrambasaguas
¿Quién puede maravillarse de que escribiera versos la que tuvo suficiente imaginación para escribir el libro de Las Moradas, la qu¿ era tan rica en el amor puro y celestial que se revela en los Conceptos de Amor divino y en las Exclamaciones del alma a Dios, especie de poesía en prosa? (Vicente de la Fuente)

