Respecto a las múltiples escuelas prerrománticas que se desarrollan en España influidas por el gusto francés, Juan Bautista Arriaza (1770-1837) se mantiene independiente y solitario con un gusto y un criterio propios que hacen que su obra, aun carente de los valores esenciales exigibles a toda poesía, siga manteniendo todavía hoy un interés. Es el más clásico de los poetas de su época y el mérito radical de su obra se halla fundamentalmente en su forma; hábil versificador, supo revalorizar estrofas y metros españoles que habían sido abandonados por sus contemporáneos y aun introducir nuevos esquemas tomados de la literatura italiana, que demuestra conocer a fondo.
Esta variedad formal le coloca como precursor del Romanticismo. Su poesía, encendida a veces en el ardor patriótico, como sucede en su «Elegía al Dos de Mayo», una de las primeras composiciones en que se realiza el malabarismo formal de variar dos veces de metro en una misma poesía, brilla, en general, por el lirismo, fácil y galante del improvisador; de ahí que Menéndez Pelayo la calificara de «poesía de sociedad». Recuérdense dentro de esta línea su «Despedida a Silvia», imitación de Metastasio, y su «Terpsícore o las gracias del baile», delicada composición en la que Arriaza llega a alcanzar acentos de delicada belleza y exquisito ritmo. Otras de las composiciones que pueden incluirse en esta tendencia son las que forman su «Lira de J. B. Arriaza en el feliz alumbramiento de la Reina», que Bóhl de Fáber calificó de deliciosas.
Recuérdense también, por su perfección formal, que como siempre salva la ausencia de contenido, «La noria triste, o los tres niños ahogados en una de las del Retiro» y «El ciprés o el llanto de una madre». Por lo demás Arriaza brilló extraordinariamente por sus críticas y por el tono festivo y ligero de sus poesías.
A. Pacheco
La facilidad, soltura y desenfado de improvisador es su carácter, así como la grandeza es el de Quintana y la brillantez el de Gallego. (Menéndez Pelayo)

