Poesías, Wystan Hugh Auden

La obra poética del escritor inglés, de nacionalidad norteame­ricana, Wystan Hugh Auden (n. 1907), ha sido recogida, principalmente, en los siguien­tes libros: Poems [Poemas], aparecido en 1930; The Orators [Los declamadores], en 1932; Look, Stranger! [¡Mira, extranjero!], en 1936; Letters from Iceland, [Cartas de Islandia], autobiografía en verso escrita en colaboración con Louis MacNeice y publi­cada en 1937; Another Time [Otro tiempo], editado en 1940; New Years Létters [Cartas de los nueve años], en 1941; For the Time Being [Para el tiempo presente], en 1945; y The Age of Anxiety [La época de la an­siedad], que apareció en 1948.

W. H. Auden — crítico y autor teatral en verso, especial­mente entre 1935 y 1937 — pertenece al fa­moso grupo de los poetas llamados de «los treinta años» (thirties), cuyo núcleo inicial estuvo formado por W. H. Auden, Stephen Spender y Cecil Day Lewis; luego se les sumó Louis MacNeice y algún otro. Pro­piamente no puede hablarse ni de «escuela» ni de «generación». Unos amigos, de la misma edad y con gustos y pareceres afines, se encontraron estudiando en Oxford o Cambridge, y de esta coincidencia nació la fuerza y la proyección en público del gru­po. Fue el momento de la depresión eco­nómica norteamericana, el período llamado de «las entreguerras».

Desánimo, crisis espiritual y decadencia de una sociedad envarada en sus tópicos. La reacción de este grupo de poetas fue colectiva. Su filo- marxismo y su crítica de las estructuras burguesas significó el abandono, de facto, del individualismo romántico, inherente a los escritores del siglo XIX y aun de antes, y una toma de posición combativa ante cuestiones vitales para la comunidad de los hombres. Nació en ellos la conciencia social y un afán proselitista. Casi paralelamente, el surrealismo francés, con Bretón en ca­beza, habían adoptado una actitud «engagé». Sentían el deseo de ser útiles, de ponerse «al servicio de». La consecuencia lógica fue la aceptación de un credo político, en este caso el comunista.

Pero tanto los surrea­listas franceses como los poetas filomarxistas de Oxford y Cambridge evolucionaron después hacia posturas más críticas, de en­trega condicionada, sin fanatismos ni voca­ción mesiánica. La figura señera de los poe­tas de 1930 es W. H. Auden. Polifacético, complejo, muy influyente, equidista de la actitud neorromántica de Spender y del cla­sicismo vivo de Cecil Day Lewis. Auden destruye y construye con actitud vital. Su habilidad camaleónica para adoptar toda clase de estilos es admirable. Pero la varie­dad de sus «maneras» y su gran poder de improvisación no significaron, en general, juego puro, vacuidad técnica. Auden es un virtuoso que conoce los repliegues del alma humana y sabe sacar de cada acto, aun de la presencia muda de las cosas, un sím­bolo. Su penetración psicológica le permite ver, al mismo tiempo, el noúmeno y el fenó­meno.

Proteico y malabarista, se le ha com­parado con Picasso. Por la técnica es dis­cípulo de Pound y Hopkins. Sabe aunar el rigor de los clásicos con el estilo popular de los blues negros. Auden vivió personal­mente, en uno de sus viajes a Alemania, la pugna esteticoideológica entre la escuela del poeta marxista Berthold Brecht y la de los que seguían a Rilke y Hofmannsthal. Como reflejo de esta pugna, en su poesía nació una extraña tensión entre la actitud intelectual pura y el sentimiento de deber­se a los demás, es decir, la conciencia so­cial. Del dadaísmo y del surrealismo francés tomó el gusto por la parodia y la sátira. The Orators (1932), libro primordialmente satírico, es «la aportación más importante a la poesía inglesa — ha escrito John Hayward — desde que se publicó The Waste Land».

Auden compagina y equilibra la ter­nura con la ironía, la imaginación con el detalle realista, posee hondura y forma bri­llante: «Cuando un atardecer me paseaba/ por la calle de Bristol,/ las gentes que pisa­ban la calzada/eran campos de trigo./Y, abajo, en la ribera del río, muy crecido,/ oí un enamorado que cantaba/bajo un puen­te, por donde van los trenes: Nunca el amor se acaba./He de quererte, amor, he de que­rerte/hasta que toque China con el África,/ hasta que el río salte sobre el monte/y can­ten los salmones por la calle./Mi amor ha de durar hasta que doblen/y tiendan el Océano, para que allí se seque,/y los siete luceros den graznidos/como patos volando por el cielo». Después de trasladarse, al parecer para siempre, a los Estados Uni­dos, W. H. Auden evolucionó espiritualmente y dio primacía a los problemas reli­giosos y filosóficos.

De ahí el carácter más abstracto y esquemático, de sus últimos libros. Las oscuridades fingidas, los trucos técnicos y el exceso de ingenio, propios de su primera época, no encuentran cabida en la nueva etapa de su obra. Sin embargo, persiste, y aun con superior maestría, la habilidad en el uso del idioma y del ritmo. Esta necesaria y explicable evolución des­de unas premisas extremas y juveniles, lle­nas de amor por la justicia humana, hacia una actitud más retraída, completa y mora- lizadora, significa, al fin y al cabo, la auten­ticidad de una vocación intelectual. La pos­tura combativa y áspera de los años jóvenes no podía sostenerse indefinidamente sólo con un afán de justicia social inmediata, sin pe­ligro de malograr su vocación en marcha.

La poesía de Auden es didáctica, alta­mente intelectualizada, técnicamente des­lumbrante, a veces sabia; es la poesía de un comentador retraído y que posee una gran destreza y el don de la lucidez. (S. Spender)