Poesías, Juan Arólas

Nacido en Barce­lona, Juan Arólas (1805-1849) residió desde muy niño en Valencia, donde el editor Ca­brerizo publicaba una famosa biblioteca romántica. Estudió en las Escuelas Pías de esa ciudad y a los dieciséis años profesó en dicha Orden.

Dueño de una exaltada fanta­sía el joven novicio se entregó con avidez a la lectura de los románticos en boga: Hugo, Byron, Lamartine, Chateaubriand, el Duque de Rivas, Zorrilla- La temática del Romanticismo suponía una evasión del mun­do circundante en la que Arólas se refu­gió. Sus poesías se agrupan en «religiosas», «eróticas», «caballerescas» y «sentimenta­les». Una religiosidad sentimental le inspira composiciones líricas de acento melancó­lico, en las que el poeta deja entrever una amargura humilde y resignada. El tema erótico adquiere interés autobiográfico.

La sensualidad contenida del padre Arólas crea el ideal femenino producto de sus sueños, ideal que nunca podrá gozar: «Sobre pupila azul con sueño leve/tu párpado cayendo amortecido,/se parece a la pura y blanca nieve/que sobre las violetas reposó :/yo el sueño del placer nunca he dormido :/sé más feliz que yo». El poeta se siente solo. Su predisposición de espíritu extraña violen­tamente el mundo real en que se encuentra. Su egocentrismo romántico se queja resignadamente, y simula vivir en una geogra­fía exótica y gratuita, en una historia ya lejana y mixtificada.

De esta forma crea unos retablos históricos a la manera del Duque de Rivas y basados en el Roman­cero. También el Oriente es tema que, como buen romántico, el padre Arólas sabe ha­cerlo solidario de su espíritu. Sus Orien­tales resultan hueras y desprovistas de ver­dadero aliento. Desfilan por ellas conven­cionales sultanes, odaliscas y piratas. El poeta prefiere las formas sencillas. Con fre­cuencia sus versos abundan en ripios, y constituyen los momentos menos afortuna­dos aquellos en que se pierde en vagas descripciones. Las poesías amorosas vienen a ser lo mejor de la obra sin pretensiones del padre Arólas. El desengaño que siempre le acompañó le condujo a la locura. Fue su última evasión.

J. M.ª Pandolfi