En el transcurso de estos últimos años la atención de muchos investigadores de la literatura árabe se ha centrado, sobre todo a raíz del sensacional descubrimiento de las Jarŷas (v.), en la «muwaššaha», con lo cual se ha conseguido andar bastantes pasos en el camino del conocimiento de la poesía arabigoandaluza.
En ello ha tenido parte muy destacada Emilio García Gómez, que ha logrado renovar el panorama que hasta entonces se abría ante nuestros ojos. García Gómez ha expuesto últimamente sus ideas — esperamos que aparezca su anunciado libro Jarŷas, villancicos y coplas: Una poesía proindiviso — en su trabajo que lleva el título: La lírica hispanoárabe y la aparición de la lírica románica, que fue leído en el «Convegno di scienze morali, storiche e filologiche», celebrado en 1956 sobre el tema «Oriente ed Occidente nel Medio Evo» bajo el patrocinio de la Accademia Nazionale dei Lincei, Fondazione Alessandro Volta, y publicado posteriormente por la misma entidad (Roma, 1957, págs. 294-321).
En él nos basamos principalmente en las líneas que van a seguir. Los estudios realizados últimamente no han introducido variaciones esenciales en nuestros conocimientos acerca de la poesía árabe de tipo clásico que fue cultivada en la España musulmana, y sobre la cual puede verse el librito de García Gómez: Poesía arabigoandaluza. Breve síntesis histórica (Madrid, 1952, 92 págs.). Lo que sí sabemos es que junto a ella debía convivir una lírica en romance, de piezas sumamente cortas, de la que las «jarŷas» en romance serían una supervivencia. Estas dos poesías — árabe clásica y romance — vivieron de espaldas hasta fines del siglo IX o principios del X.
Por esos años y por obra de un poeta de Cabra llamado, según dos tradiciones distintas, Muhammad ibn Mahmūd o Muqaddam ibn Mu‘āfá, las dos poesías se entremezclaron y dieron origen a un tipo de poesía híbrida, la «muwaššaha»: el poeta se apodera de una de esas poesías romances preexistentes (que se incorpora con la denominación de «jarŷa») y la convierte en centro de gravedad de toda la composición, que se desarrolla en función de ella, pero en pura lengua árabe clásica, incluso con sintaxis desinencial. Es muy posible que la arquitectura estrófica derive de la técnica del tasmit (cruce de rimas), que ya se daba, aunque esporádicamente, en la poesía clásica. En cuanto a la métrica, aparte de casos en que sigue los metros clásicos, la mayoría de las veces es puramente silábica.
Conocemos con cierto detalle la historia de la « muwaššaha » gracias a pasajes de la Dajīra (v.) de ibn Bassām, a un texto de Ibn Sa‘īId recogido en los Prolegómenos de Ibn Jaldūn, y, sobre todo, al erudito egipcio Ibn Sanā’ al-Mulk (muerto a principios del siglo XIII), que en su obra Dār al-tirāz fī amal al- muwaššahāt (recientemente editada por Rikābī, en Damasco, en 1949), nos informa sobre este género, aunque a considerable distancia geográfica y temporal, que es preciso tener en cuenta al utilizar sus noticias. Las características básicas de las «muwaššahāt» incluso la «jarŷa» en romance, se conservaron casi hasta el final de la dominación musulmana en España; pero, simultánea o paralelamente, estuvo expuesta al doble influjo de la poesía clásica y de la popular.
La primera determinó una resorción clásica que dio lugar a que se compusieran « muwaššahāt » en metro clásico y a «jarŷas» escritas también en árabe clásico, resorción cuyas manifestaciones extremas las constituyen las «mujassamāt» de Ibn Zaydūn (1003-1071) e Ibn Zamrak (1333-después de 1393). A la influencia del popularismo se debe que la «jarŷa» se escribiese en árabe vulgar o dialectal, proceso de popularización que habría de desembocar en el «zéjel», al cual se llegó poco antes de que apareciera Ibn Quzmán (hacia 1080-1160), de quien conservamos, al menos por hoy, la más completa colección de zéjeles (v. Cancionero de Ibn Quzmán).
Sobre las diferencias entre el zéjel y la muwaššahā puede verse el trabajo de S. M. Stern: Studies on Ibn Quzman, «AI – Andalus» (Madrid-Granada), XVI (1951), págs. 379-425, en especial las páginas 380-385. En su estudio Sobre un posible tercer tipo de poesía arabigoandaluza (publicado en «Estudios dedicados a Menéndez Pidal», tomo II, Madrid, 1951, págs. 397- 408), García Gómez señaló — insistió posteriormente, en su ya citado trabajo La lírica hispanoárabe y la aparición de la lírica románica — la hipótesis de la existencia de una lírica arabigoandaluza popularísima, en forma de cantares breves.
El origen de este tercer tipo lo constituirían las cancioncillas románicas (algunas insertadas como jarŷas al final de las «muwaššahāt», que, tras una etapa en que se escriben en mezcla de romance y árabe, acabaron finalmente por escribirse en el árabe dialectal del pueblo. Estas últimas — el tercer tipo — tenían vida independiente, aunque las conservadas figuran insertas en las « muwaššahāt » de resorción clásica.

