Los Siete Durmientes

Bajo este título figura una famosa leyenda cristiana de los primeros siglos, que alcanzó una ex­traordinaria acogida en las literaturas orien­tales, cristiana y musulmana. El origen de la leyenda es siríaco y se le sitúa en la primera mitad del siglo VI, y más posible­mente a fines del V. En ella se cuenta cómo siete jóvenes cristianos de Éfeso, para re­huir la abjuración impuesta por el empe­rador Decio, se refugiaron en una caverna cerca de la ciudad, y allí se durmieron, para despertarse o resucitar después de transcurridos 300 años, en los tiempos de Teodosio II, resurgiendo, como vivo testi­monio de la verdad de la resurrección, en un siglo y una sociedad distintos. Del si­ríaco, lengua en que la leyenda se pre­senta con diversas redacciones, se derivaron versiones en griego, copto y árabe, bien en ambiente arabigocristiano, bien en mu­sulmán. La favorable acogida de dicha le­yenda en el Islam fue debida al hecho de haber sido recogida por Mahoma en el Co­rán (v.) (sura XVIII, «de la caverna») el cual, según costumbre, la desarrolló de mo­do vago y confuso; errores y detalles de época y lugar, así como los nombres de los durmientes, que en cuanto a su número dio lugar a la creencia de que fueran tres o cuatro en lugar de siete, así como en la referencia al fiel perro que montó la guar­dia durante el sueño. La exégesis coránica recoge de la tradición grecosiríaca, más o menos alterados, los nombres de los dur­mientes y del perseguidor, y desarrolla con ricos detalles y fantasías el relato, que paralelamente se difundió en el mundo cris­tiano oriental en versión etiópica y armenia.

F. Gabrieli

*    La leyenda, que fue objeto de varias versiones en las obras de los Padres de la Iglesia, así como en el Talmud (v.), inspiró en el siglo XVI la Representación de los siete durmientes, que se considera la más característica. El emperador Decio parte de Roma para trasladarse a Éfeso con el fin de «matar cristianos»; allí se le presentan los siete hermanos efesianos; pero Decio se ve precisado a ocuparse de la guerra con­tra Alejandría, que se ha sublevado, opor­tunidad que aprovechan los siete hermanos para huir, después de haber entregado cuan­to tenían a los pobres, y se refugian en una caverna en la que Decio los empa­reda. Pero estalla otra guerra contra un jefe tártaro y Decio muere combatiendo. En este punto, una enseñanza advierte: «aquí tiene lugar una transición de Decio a Teodosio emperador». Nos hallamos, por consiguiente, en pleno triunfo del Cristia­nismo; y Teodosio aparece preocupado por la lucha contra los herejes, representados por Tiburcio y Cirilo, que frente a Fausto se expresan en un latín corrompido (en el cual se advierten vagos rasgos de latín chabacano). Derrotado Fausto por los dos, pide ayuda a Teodosio, y éste los cita a concilio para discutir la cuestión de la re­surrección de los muertos. Entretanto, un pastor y un aldeano rompen el muro que cerraba la caverna y uno de los hermanos aparece y ve con estupor la transformación del mundo, con la señal de la cruz domi­nando sobre todas las cosas. Va a comprar pan y paga con monedas del emperador Decio, por lo cual le acusan de haber des­cubierto -un tesoro que no quiere revelar: es conducido ante el prefecto Antipatro y su caso lo examina el obispo Martín. Se halla entonces una carta que cuenta la his­toria de los siete hermanos, siendo enviada a Teodosio, el cual, edificado por tal pro­digio, va a ver a los hermanos que dur­mieron durante tantos años: prueba evi­dente de la debatida resurrección de los muertos. Los hermanos, entonces, ascienden a los cielos. La representación es ingenua y fabulosa, pero llena de color en los episodios, en que ya parecen presentirse al­gunos modos de la «commedia dell’arte».

M. Ferrigni

*    En la época contemporánea tuvo esta leyenda nueva resonancia en Oriente, al ser tratada en forma dramática por el árabe-egipcio Tawfiq al-Hakim (Asháb al-Kahf, La gente de la caverna, 1933). Partiendo de los datos coránicos y completándolos con otros de la exégesis, escenificó la na­rración infundiéndole un espíritu completa­mente moderno y simbolista. Sus tres dur­mientes despertados son presentados como santos, pero no llegan a habituarse al nue­vo ambiente; su espíritu, sus pasiones y su fe siguen siendo los de trescientos años antes; atados a su tiempo, no pueden so­brevivir en una atmósfera que no es la suya y vuelven a dormir para siempre en la caverna, con sus sueños y amores irrea­lizables en la tierra.

F. Gabrieli