[Poemata]. La fuerza humanista del francés Marc-Antoine Muret, llamado en latín Muretus (1526-1585), aparece no sólo en las composiciones oratorias y en los estudios críticos, sino también en los Poemas escritos en latín. Versos en su mayor parte de circunstancias, que denotan una actitud llena de elegancia y adaptada a cada situación: bellas formas y patéticos acentos ilustran su vida de orador político y de hombre de cultura.
Son delicadas algunas traducciones de Calimaco y el prólogo escrito para el Formián (v.) de Terencio, con ocasión de una representación realizada por orden del cardenal Hippolito d’Este; y una dulce contemplación del campo se transluce en una poesía suya dedicada a Pietro Gerardio, toda penetrada de amor por los libros y la soledad. Canciones sencillas, por su estilo directo y ágil, son las en alabanza de Rafael (en que el pintor recuerda la rivalidad entre su obra y la naturaleza) y las dedicadas al Tíber y al hechizo de la campiña romana, aun en medio de su abandono y aridez. Esta colección de versos atestigua, junto con sus composiciones juveniles y su comentario a los Amores (v.) de Ronsard, cómo Muret conciliaba sus severos estudios acerca de la antigüedad con su devoción a las bellezas de la naturaleza siguiendo el ejemplo de los mejores poetas de la Pléyade.
Ofrece particular interés, entre sus demás poemas latinos, por sus referencias a la vida religiosa abrazada en los últimos años de su vida, el «Libro de los himnos sagrados» [«Hymnorum sacrorum liber»], compuesto para diversas celebraciones de la Iglesia. Siguiendo la enseñanza de los clásicos, estos himnos tienden a un refinamiento formal, y también a la grandilocuencia de elocución dada por la solemnidad de los temas. En la plenitud de su expresión, Muret intenta alcanzar una luminosidad de estilo y una firmeza ejemplar, y a veces consigue dar la impresión de un calor sincero en la evocación de imágenes y figuras.
C. Cordié

