[Perséphone]. Así se titula un melodrama en tres partes de Igor Strawinsky (n. en 1882), escrito sobre un poema de André Óide (1869-1951).
Su composición fue comenzada en mayo de 1933 y terminada en marzo del año siguiente. La primera interpretación tuvo lugar en París, el 30 de abril de 1934, en el Teatro de la ópera. La indicación de «melodrama», puesta por Strawinsky, no alude a una ópera en el sentido tradicional. Nos encontramos más bien frente a una especie de oratorio representado, en el que además del coro hay una parte cantada por Eumolpo y otra recitada por Perséfone — Proserpina — (parte ésta que fue ejecutada en el estreno por Ida Rubinstein, para quien había sido escrita la composición).
El poema de Gide está sacado del himno homérico a Deméter. Perséfone, confiada a las ninfas por su madre Deméter, anda vagabunda admirando la belleza de las flores, la dulzura de los aires matutinos. A pesar de la advertencia de sus compañeras, corta una flor de narciso, la más hermosa de las flores primaverales. «Quien se inclina sobre su cáliz, quien respira su olor — advierte Eumolpo — ve el mundo desconocido de los infiernos». Cortada la flor, pronto vislumbra las turbas melancólicas de los difuntos que van errantes por los pálidos campos sembrados de asfódelos. Ahora Perséfone siente que el pueblo triste de los muertos espera que descienda con ellos para consolarlos con su primaveral juventud, para que se tome menos dura su angustia y menos penoso su perenne invierno. Así Plutón, señor del subterráneo reino de las sombras, consigue raptar Perséfone a Deméter y la primavera a la tierra.
Con su recuerdo evoca Perséfone en las sombras la hermosura de la primavera. Le traen dones, entre los cuales hay una copa llena del agua olvidadiza di Leteo, a fin de que olvide la pasada vida y se convierta en sombra, en auténtica reina del pálido reino de los muertos. Pero Perséfone no acepta la copa y sí, en cambio, un fruto de granada que le ofrece Mercurio; lo muerde y le vuelve el deseo de la tierra. Entretanto, Deméter, perdida Perséfone, educa a Demofoonte, hijo del rey Seleuco, con el fin de que los brazos de un hombre puedan retornar con su esfuerzo la primavera a la tierra. El esfuerzo de Demofoonte consigue retornar la primavera a la tierra y con ella Perséfone a Déméter; Queda fijado el destino de la hija de Déméter: ella subirá a la tierra durante los meses llenos de flores y de mieses, y descenderá a reconfortar las sombras con el recuerdo primaveral durante la cruda estación del invierno. «Tu destino es llevar a las sombras un poco de la luz del día — dice Eumolpo a Perséfone —, una tregua a sus innumerables males, un poco de amor a su tormento.
Para que renazca la primavera, para que vuelvan a aparecer las mieses de oro, el grano debe morir bajo tierra». Este sentido de la necesidad del sacrificio, del fatal tributo que la vida debe pagar a la muerte para asegurar su continuidad, se enlaza, a veinte años de distancia, con el feroz sacrificio pagano de la Consagración de la primavera (v.). La música de Strawinsky posee una claridad serena, aquella conciencia dolorosa que en cierto momento se perfila dentro de la actividad creadora del compositor en las obras que vienen después de la Historia del soldado (v.) y Bodas (v.). Parece que se aplaque el tormento rítmico de los primeros años, la música fluye como un agua más tranquila y más límpida, si bien no olvida el ímpetu de su curso anterior. Invadida .por una cósmica melancolía, serena y luminosa como el antiguo mito helénico en el que se inspira, Strawinsky ha escrito, sobre este poema de André Gide, algunas de las más hermosas y emocionantes páginas de su música.
A. Mantelli

