Personaje del Fausto (v.) de – Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832). Antes de Goethe, durante casi dos siglos, sólo el nombre de Wagner, inseparable escudero de Fausto (v.), se arrastra detrás del de su amo, de villanía en villanía.
Así en los rudos Libros populares alemanes (v.) titulados con el nombre del célebre mago y quiromante, que realmente existió, Wagner no es más que un grosero parásito desvergonzado y vulgar; más tarde, en los teatros populares alemanes de los siglos XVII y XVIII su carácter más bien se esquematiza bajo los rasgos de mezquina marioneta. Incluso en la Trágica historia (v. Fausto), del autor inglés Christopher Marlowe (1564-1593), su figura permanece inconcreta, en una especie de limbo artístico. Goethe se apodera de ella a partir del primer esbozo (1773-1775) de su gran tragedia, que no había de terminar hasta 1831. Y, como por ensalmo, el nombre de Wagner pasa a animar un vivo personaje poético. El «famulus» Wagner, criado universitario de Fausto, adquiere consistencia frente a su maestro, ahora sublevado ante la vanidad de la ciencia, como si fuera el exacto término de un contraste, proyectado en forma de personaje dramático.
En el plano histórico y transitorio del clima espiritual contemporáneo, la oposición Fausto-Wagner viene a encarnar el movimiento alemán del proto-Romanticismo (v. Sturm und. Drang) contra las degeneraciones de la Aufklärung (v. Ilustración), o sea, de la «pasión-fantasía» contra la intransigente dictadura de la razón. Pero en el plano extratemporal de la poesía de todos los tiempos, en aquel binomio de términos opuestos se representa, por el contrario, la eterna antítesis entre la vigorosa y florida experiencia de la vida enteramente vivida y la árida y fría praxis del dogmatismo racionalista. Mientras Fausto, desdeñando finalmente el trabajo especulativo, tiende impetuosamente a formarse evolucionando sin cesar en la corriente caudalosa y torrencial de las distintas pasiones que experimenta, Wagner permanece anclado en la tierra firme de su terco credo científico, en el que le había iniciado, por otra parte, antes de su apostasía, su propio maestro.
Y aquel credo habrá de conducirle, en la segunda parte de la tragedia, hasta el absurdo: nada menos que hasta el grotesco conato de la creación de un hombre artificial, «Homunculus», con los medios científicos de su laboratorio de alquimia. Pero el hombre no es Dios ni la Naturaleza, y el homúnculo de Wagner no llega tampoco a ser Adán (v.). La alocada, pero a veces conmovedora, utopía científica del «famulus» de Fausto fracasa. La redoma de cristal en que el hombre artificial está encerrado se hace pedazos en el epílogo de la «Noche clásica de Valpurgis» (acto II), al ser arrojada contra la concha que sirve de carro a la Venus marina, Galaka. Y «Homunculus», al desvanecerse en llamas, muere en las olas del Egeo, mientras el coro de sirenas entona un canto al misterio del Amor y las- prodigiosas bodas entre el Fuego y el Agua.
V. Errante

