Walter Shandy

Padre del protago­nista de la novela inglesa Vida y opiniones de Tristán Shandy (v.), de Laurence Ster­ne (1713-1768).

Tras haber ejercido largo tiempo el comercio en Turquía — y haber escrito mientras tanto una Vida de Sócra­tes—, Walter Shandy dejó los negocios para retirarse a vivir en el país de sus mayores. Es hombre meticuloso y metódico, esclavo de la exactitud, lo mismo en las cosas pe­queñas que en las grandes, y que posee, además de otras importantes virtudes, una cualidad «conocida con el nombre de per­severancia si la causa es buena, y de obstinación si la causa es mala»; recoge la opinión de otro «como un hombre en estado natural recoge una manzana: la hace suya y, si es hombre de espíritu, preferiría per­der la vida a renunciar a aquélla». Cuanto más extrañas son las ideas, tanto más ape­go les tiene, ya que le han costado tanto «de cocer y digerir», y se aferra a ellas y las defiende con las uñas y los dientes.

Entre tales ideas, hay dos por las que siente especial predilección: una concierne al influjo mágico que los nombres buenos o malos ejercen irresistiblemente sobre nues­tro carácter y nuestra conducta, y la otra — fundada en la lectura y meditación de los diálogos místicos de Slawkenbergius — se refiere a la importancia que en la vida de todo hombre tienen el tamaño y la for­ma de su nariz. No es, pues, difícil imagi­nar su desesperación cuando el segundo de sus hijos nace con la nariz aplastada por los instrumentos del cirujano y, por un fatal error, es bautizado con el nombre de Tristán (Tristram, en inglés), en lugar del de Trismegisto, que su padre había cuidadosamente elegido en espera de que obraría maravillas. Para consolarse de ello, Walter Shandy empieza inmediatamente a escribir una Tristrapoedia, o sistema de edu­cación de Tristán, en la que trabaja incansablemente durante tres años sin llegar siquiera a redactar la mitad.

Mientras tan­to, el muchacho es abandonado a los cui­dados de su madre, mujer más bien zafia y carente de toda curiosidad intelectual, de modo que cuando el tratado está concluido ya no sirve para nada, «porque ha ido perdiendo, día por día, toda utilidad» a me­dida que el niño crecía. Éste es un mucha­cho singular, de reacciones imprevisibles: no ve nada «a la misma luz que los demás» ni pesa nada con las balanzas comunes, pero a pesar de ello está dotado de un alma franca y generosa y en todo momento se halla dispuesto a admitir sus errores y a reconocer las razones de los demás, y «en sus pequeños accesos de acidez» para con ellos, especialmente para con su hermano Tobías (v. Tío Tobías), a quien ama tierna­mente, sufre mucho más de lo que hace su­frir al prójimo.

A. P. Marchesini