Personaje del drama del mismo nombre del gran escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936). Soledad es una madre rota por la muerte del único hijo que tuvo de su esposo Agustín, un famoso dramaturgo. El retrato del hijo y el caballo de cartón, que fue su último juguete, llenan la escena colmándola de tragedia, rasgando la obscuridad en la que se mueven, o mejor, hablan los personajes.
Soledad sabe que para vivir hay que olvidar, que la vida es olvido, que «hay que hacer hueco para lo venidero… hay que cavar…», porque «el recuerdo es muerte, es tierra. Sobre todo si es recuerdo de muerte». Agustín también sufre la pérdida del hijo, pero trata de elevar, de depurar, de sublimar su pena convirtiéndola en creación literaria, en consuelo para los demás, en definitiva, en literatura, como observa su esposa. Ella, en cambio, vive en radical soledad junto al retrato y al caballo de cartón de su hijo. Soledad está celosa de Gloria, la actriz que suele encarnar las mujeres que para el teatro crea Agustín, y por eso empuja a su esposo a la política, que es acción de verdad y no ficción de ella como el teatro. En realidad no son celos.
La causa estriba — como comprende Agustín — en que «su corazón de madre es una tumba. No habla sino de tierra. Casi todos los días va a la que le arropa a él. Y muchos de ellos me lleva allá». Y Agustín se entrega a la política con todo el fervor de su carácter eminentemente soñador porque tiene vergüenza de que su dolor no sea como el de Soledad, de que el arte le acorche el corazón, de hacer literatura con su dolor. Soledad quiere a Agustín para ella sola, por eso no quiere que le admiren. Lo quiere para ella sola y para su recuerdo, para su amor muerto. Soledad quiere que Agustín viva y la haga vivir… y que así llene su vacío, por eso le pide: «¡Haz un pueblo y déjate de dramas; haz un pueblo! Y aunque en él no hayan de vivir hijos nuestros… ¡Haz un pueblo y viviremos en él! Llena este vacío…».
Soledad quiere arrancar a su marido de los brazos de la gloria literaria, de lo que se le antoja ficción y embuste, pero Agustín fracasa en la política; Soledad «no conocía ese lóbrego mundo de miserias, de cobardías, de rebajamientos, de abyección…», Agustín tiene que estar escondido en su propia casa, pues la policía le busca para prenderle. Su madre, Sofía, está casi paralítica y chochea. El drama se hace cada vez más. intenso. El sueño de Soledad es irrealizable. Agustín no podrá llenar el vacío de la muerte del hijo haciendo un pueblo. Desde la muerte de su madre y su prisión, Agustín lo ve todo «como en niebla: Lo que me pasó… el teatro… mi diputación… aquella campaña… la conspiración… Gloria… Pablo… Enrique… mi madre… nuestro hijo… todo como un sueño… pero sin dormir…».
Más aún, no sabe si sueña a Soledad, la única persona de carne y hueso que está a su lado. Agustín lleva ya meses sin dormir y su esposa le cantará y brezará para que duerma. La tensión del drama va en continuo aumento. Es una carrera desenfrenada en pos de la vida, de algo que llene el vacío que ha dejado la muerte del hijo. Agustín se acuerda del terrible Cristo yacente de la iglesia de La Cruz, de Palencia. Y mientras recita los versos unamunianos de extraordinaria densidad poética y profunda emoción humana, se hace niño, se transforma en hijo de Soledad. Pero el Cristo al que recuerda no es el Cristo de Velázquez, de abundosa cabellera negra, de blanco cuerpo, el Cristo triunfador de la muerte.
No es este Cristo, sino el Cristo yacente de Santa Clara: ’ «inmortal como la muerte» y que por lo tanto «no resucita. ¿Para qué? No espera / sino la muerte misma… De su boca entreabierta, / negra como el misterio indescifrable, fluye / hacia la nada, a la que nunca llega, / disolvimiento. / Porque este Cristo de mi tierra es tierra». Y Agustín quiere dormir en el regazo de Soledad porque «Dormir, dormir, dormir…, es el descanso / de la fatiga eterna». Este «Cristo que, siendo polvo, al polvo ha vuelto; / Cristo que, pues que duerme, nada espera… este Cristo de mi tierra es tierra», como tierra es Soledad, aunque tierra viva: «Pero tu regazo, Sol, Soledad, no es tierra, es carne, sí, carne palpitante de vida… Tierra, sí, pero tierra viva, mi tierra…
Dormir sobre ella, sobre tu carne, Soledad…». Agustín lucha por dormir y poder liberarse del dolor del pensamiento. Tiene ya perdida la partida de antemano. Pretende escapar a la certeza que ya posee Soledad, quiere evitarla, por eso sigue creyendo que la tierra «es matria, matria como tú, Soledad de mi vida, matria… madre… madre… La tierra es carne…». Pero Soledad sabe bien que la carne es tierra… barro… que «todo no es más que tierra; / todo no es sino nada, nada, nada… / y hedionda nada que al soñarla apesta!» Y esta suprema verdad «Es lo que dice el Cristo, pesadilla; / porque este Cristo de mi tierra es tierra». Para Agustín, Soledad es todavía luz y calor, carne y tierra, Sol y Soledad; es su todo, ya le basta ella, no quiere amigos… no quiere pueblo ni público.
Agustín no quiere la patria celestial, el reino de Dios. Anhela tan sólo la patria terrenal, el reino del hombre, su reino, la tierra, la carne. Soledad es su patria y su última tierra. El drama parece alcanzar un final feliz. Agustín y Soledad ya no son marido y mujer; se han convertido en madre e hijo: «eres mi madre, mujer. Tu hijo no murió…». Soledad se queda con él para siempre: «para siempre… Y te siento aquí, en la cabeza, en mi escenario… siento tu calor… siento tu lumbre, Sol… Tengo llena de Sol la cabeza, y es la luz que me sube a ella de tus entrañas, Soledad, Soledad de carne… Soledad de tierra… de tierra viva… Qué dulce almohada de tierra viva para dormir por siempre… siempre… Cántame, Soledad, acúname…».
Soledad — la esposa convertida en madre — le acuna mientras Agustín le pide su mano de tierra, de carne, de Dios, su ancla de salvación. Agustín siente que viene el sueño, el descanso. Las últimas palabras de Soledad, con las que se cierra el drama, son terriblemente reveladoras: «Me quedo aquí, mi hombre, contigo y con él… para siempre… para siempre… duerme, hijo mío, duerme… duerme… hijo mío, duerme… duerme…». «Contigo y con él»: Soledad llama a Agustín hijo suyo, pero sabe bien y lo sufre en lo más hondo de su ser, que su hijo, el inmortal, ha muerto. Su retrato y su caballo de cartón son más fuertes que cualquier sueño.
El hijo de ella y de Agustín ha muerto. Soledad ha vivido desde entonces en radical, vacía soledad. Su corazón está obscuro y frío. Ha pretendido llenar este vacío alejando a su esposo de los escenarios, para atraérselo aún más. Ha pensado, o mejor, soñado, que dedicándose a la política y haciendo un pueblo llenaría el hueco. Pero todo ha sido inútil, inclusive la conversión del esposo en hijo. Todo en vano. Los personajes teatrales de Unamuno son, como dice cierto crítico, «figuras vistas por dentro, en la viva realidad de su íntimo ser, como un naturalismo verdadero y hondo que no se pierde en la fácil copia de lo externo», personajes que «podrían hablar en la obscuridad».
Los personajes teatrales de Unamuno, como todos los suyos, viven inquietos y anhelantes en perpetuo estado de zozobra; hablan desde la obscuridad con paradojas y antítesis, con frecuentes exclamaciones, en un lenguaje brusco y lleno de aceradas aristas. El teatro de Unamuno tiene un gran interés humano como toda la obra de este autor, aunque dentro de ella ocupa un puesto secundario porque es — como dice Marías — un esquema parcial y abstracto de algunas de las condiciones que el teatro debería tener.
J. M.ª Pandolfi

