Personaje de El mercader de Venecia (v.), drama de William Shakespeare (1564-1616). Es uno de los más vigorosos caracteres de Shakespeare, el tipo del judío en el cual los propios judíos se han reconocido, estudiado casi sociológicamente, como dijo Croce; supremo exponente del ghetto y del hebraísmo según la frase de Víctor Hugo: «Shylock c’est la juiverie et c’est aussi le judaisme».
La principal razón de la antipatía que los ingleses de la época isabelina sentían contra los judíos era la usura practicada por éstos, pecado que se consideraba, al igual que en la Edad Media (cf. Dante, Infierno, XI, 95 sigs.), como contra la Naturaleza, aparte de que los judíos eran descendientes de los verdugos de Nuestro Señor. La Iglesia consideraba justo el intentar convertir a los judíos incluso por fuerza. El odio popular contra los judíos había impulsado a los Plantagenet, que primero los protegieron, por gratitud a su apoyo financiero, con leyes especiales, a expulsarlos de su reino; tal ley no fue revocada hasta la época de Oliverio Cromwell.
Por otra parte, en 1594 había otra razón particular de antisemitismo: un portugués de origen hebreo, Rodrigo López, médico de la reina, había sido acusado de intento de envenenamiento, y había sido ahorcado y descuartizado. La figura que Shakespeare pinta no es la encarnación de un judío convencional, como el del cuento del Pecorone (v.) en el que tal vez se inspira, ni siquiera monstruosamente caricaturesca como la del Judío de Malta (v.) de Christopher Marlowe (1564-1593) (v. Barrabás). Por el contrario, Shakespeare humaniza la figura del judío, y su protesta (III, 1, 57 sigs.) está destinada a hallar eco en el pecho de los cristianos: «Sí, soy judío.
Pero ¿acaso un judío no tiene ojos? ¿No tiene un judío manos, órganos, miembros, sentidos, afectos y pasiones? ¿No come acaso los mismos alimentos, no es herido por las mismas armas, no está sujeto a las mismas enfermedades, no se cura con las mismas medicinas, no siente el frío y el calor de los mismos inviernos y de los mismos veranos que siente un cristiano?» Oprimido, pisoteado, Shylock ansia venganza, y la indigna traición de su hija no hace sino añadir a ello un nuevo incentivo. Los tres motivos de la codicia, del afecto familiar y del orgullo de raza se enlazan de una manera compleja y en parte se neutralizan, de tal modo que su figura no es ni enteramente grotesca ni enteramente trágica. «¡Hija mía!», grita desesperado, y no ha terminado aún el grito cuando prorrumpe en otro todavía más angustioso: «¡Oh, mi dinero!…» Odia el modo de sentir cristiano, se burla de la caridad y de la generosidad, que considera sentimientos de hombres débiles; sordo a tales llamamientos y gruñón como un mastín, no quiere apartarse del sentido literal de la ley; pero cuando la severidad de la ley se vuelve contra su cabeza, el efecto teatral que de ello resulta es de befa, pero de una befa amarga y cruel que deja un sentimiento a la vez de repugnancia y de compasión hacia el insolente, ahora vencido, que se retira aniquilado.
Esta mezcolanza y complejidad de elementos ha hecho que Shylock se prestara a dos tipos de interpretación: la tradicional de la vieja escena, que insistía en los elementos grotescos y repelentes, presentándole como un ser venenoso que incluso en la expresión de su rostro llevaba el sello de su maldad, y la iniciada en el período romántico con el actor Edmund Kean (1787-1833), que hizo su memorable aparición como Shylock en el teatro de Drury Lañe el 26 de enero de 1814: interpretación, esta última, de la que se hicieron eco el crítico William Hazlitt (1787-1830) y el poeta Heinrich Heine (1797-1856): según ella, Shylock es una figura trágica y aun patética. Por este camino puede llegarse al punto de vista del profesor judío F. S. Boas, en Shakespeare and his predecessors [Shakespeare y sus predecesores, 1896], que hace de Shylock un verdadero mártir, y echa en cara al poeta su sumisión a los prejuicios de la época. En los escenarios ingleses, tras la famosa interpretación de Henry Irving (1839-1903) en el Lyceum Theatre de Londres, el 1 de noviembre de 1879, prevaleció la figura de un Shylock ennoblecido por el dolor. En los países latinos se hizo célebre la de Ermete Novelli.
M. Praz

