[Madame de Rénal]. Delicada, púdica y displicente, con un secreto miedo virginal y romántico de los hombres (al cual no es ajena la educación recibida en el colegio provinciano del Sagrado Corazón), madame de Rénal no se abrirá al amor, en las páginas del Rojo y Negro (v.) de Stendhal (Henri Beyle, 1783- 1842), de la que es uno de los personajes esenciales, hasta que encuentre a Julián Sorel (v.), el joven preceptor de sus hijos, que le parece, como siempre ocurre en amor, un hombre distinto a los demás, y sobre todo muy diferente de su rico y mediocre marido.
Amor y lágrimas, antes que amor y muerte: del fondo profundamente honesto y estrictamente religioso de la señora de Rénal surge el remordimiento para luchar contra su breve pero intenso y culpable amor, sofocándolo y corrompiendo todos sus goces. Sin embargo, Julián es el grande y exclusivo amor de su vida: tan exclusivo que no la detiene frente a la venganza, y tan grande que le permite desdeñar toda convención social para ir a visitar en la celda de su prisión a su antiguo amante, condenado a muerte por haber intentado matarla. Uno y otra dirán entonces palabras de exaltada pasión; los sueños ambiciosos de él aparecen vanos, y los remordimientos de ella, esposa y madre, se desvanecen: la «altiva fantasía» recobra su predominio, en la suave y recatada dama provinciana, y vuelve a ser «la guía normal de su existencia» en las horas casi extremas.
Los dos amantes, en aquella luz crepuscular, libres de todo vínculo con sus existencias, se hallar más cerca que nunca uno de otro: la mujer, en su voluntario abandono de toda convención, se ha reconciliado sin reservas (y el espíritu cristiano, en que se educó, no es extraño a ello) con el desventurado que quiso darle muerte; por primera vez, si es posible, son felices, sometidos a aquella ley insobornable del corazón a la que no oponen barreras ni los escrúpulos de la una ni los astutos, aunque en el fondo pueriles, cálculos del’ otro. Tras haber dicho las palabras esenciales, podrán ir, sin hacer caso al llanto de los supervivientes, al encuentro de la gran redentora de errores, pecados y crímenes.
G. Falco

