Es el carácter más vigorosamente dibujado de La Estrella de Sevilla (v.), atribuida a Félix Lope de Vega Carpió (1562-1635), y pudiera decirse que es una creación original del gran dramaturgo, con la sola condición de considerarla dentro del cuadro de la gran producción poética castellana y por lo mismo ligada — si no inspirada — a otras creaciones artísticas que se remontan a los primeros romances (v. Romancero).
Sancho Ortiz de las Roelas, noble, heroico y leal, «el Cid andaluz», da muerte a Busto Tabera, el hombre a quien está unido con un amor más que fraternal, el hermano de Estrella (v.), la mujer a quien Sancho ha dedicado toda su vida. Así se lo ha mandado el rey para lavar el ultraje que declara haber recibido de aquél. Como todo buen español, Sancho ve en el rey la imagen de Dios: no sabe ni cree poder criticar su obra, y menos aún desobedecerle. El rey ya dará cuenta a Dios de sus actos: en vida, puede mandar a sus súbditos lo que quiera, aunque sea una iniquidad, y ellos no pueden sustraerse a la obligación de obedecerle. Ahora bien, si legalmente el delito cumplido por orden del rey no es tal crimen, la iniquidad sigue siendo moralmente tal y afecta a la vez a quien la manda y a quien la ejecuta. Sancho, en su magnanimidad, no discurre — después de su homicidio — sobre su libre albedrío. La oposición entre lo legal y lo ético determina en él una crisis tan violenta que se avecina a la locura: incluso en la aparente legalidad, o mejor dicho, fatalidad, de su acto, él se siente culpable.
Y por ello quiere expiar, y aunque Estrella le absuelva, él no cree merecer la libertad. Sólo cuando el rey declara haber ordenado el asesinato, Sancho puede por un instante esperar su rehabilitación y halla por un momento la suficiente valentía para solicitar el premio que se le prometiera. Pero jamás podrá gozar de su matrimonio con Estrella — el premio tan esperado —; la iniquidad de la monstruosa venganza de un rey que se olvidó dé serlo y a quien Sancho sirvió de brazo, sigue pesando como una eterna maldición: la sensibilidad española de lo justo y de lo bueno constituye entre Sancho y Estrella una barrera infranqueable.
R. Richard

