[Narcissus]. Es, durante la Edad Media, el personaje más conocido de las Metamorfosis (v.) de Ovidio (42 a. de C.- 19 d. de C.), ya que Dante, en el tercer canto de su «Paraíso», aun suponiendo que se dirige a lectores cultos, puede aludir a su historia sin citar su nombre: vv. 17- 18, «porque yo incurrí en el error contrario / al que encendió el amor entre hombre y fuente».
La fábula del apuesto joven que contemplando su imagen en las límpidas aguas de una fuente se enamora de sí mismo se halla también en El novellino (v.), antigua recopilación de cuentos elaborada a fines del siglo XIII; pero el disfraz medieval del mito clásico se halla, en su ruda belleza («…una breve página, toda ella sorda melancolía y silencioso estupor», como escribe un crítico moderno), muy lejos del original ovidiano, en el que, si algún defecto hay, es la exuberancia de pormenores psicológicos.
En efecto, en su conjunto, el relato de Ovidio atrae al lector por el sentimentalismo elegiaco que lo informa y por la atmósfera solitaria y doliente que rodea al protagonista. Éste, hijo del dios fluvial Cefiso y de la ninfa Liriope, ha sido dotado por la Naturaleza de una figura maravillosamente bella; pero ello, en lugar de darle la felicidad, le causa finalmente la muerte, no sin haber antes dado ocasión a que se derramaran muchas lágrimas: es una belleza sin corazón, destinada a perecer miserablemente. En efecto, el joven, entregado a la caza, había rechazado el amor de muchas ninfas, Eco (v.) entre otras, que a consecuencia de su negativa se había consumido de dolor: su cuerpo había quedado en los puros huesos y su voz se había reducido a un mero suspiro.
Pero Némesis, la diosa tantas veces invocada, se encarga de la venganza. La descripción de la fuente de límpidas y tranquilas aguas, rodeada por una espesa y umbrosa arboleda, es minuciosa y lenta, como sereno preludio de la próxima tragedia: en aquel refugio de paz y de frescura, el joven se detiene un- día a descansar de las fatigas de la caza y del calor estival. Allí bebe, pero al beber queda fascinado por su propio semblante, que el agua refleja y que él cree ser el de otra persona; al principio permanece como encantado, sin cansarse de mirar aquellas dos estrellas que son sus ojos, aquellos cabellos dignos de Baco y de Apolo, aquellas mejillas mórbidas y delicadas, aquel rostro sonrosado y aquel cuello blanquísimo.
Cuanto más se contempla, más se enamora de aquella figura, hasta que de pronto, impulsado por el deseo, sumerge en el agua sus brazos con la intención de besarla, pero el abrazo se agota en un inútil espasmo. El dolor de Narciso se agudiza, y las selvas son llamadas a atestiguar lo desdichado de su pasión: llorando, el joven analiza su extraña situación, hasta que se da cuenta de que está enamorado de sí mismo, y de su nuevo estado de ánimo nace una nueva poesía. Finalmente, ya que el objeto de sus afanes no es otro que él, anhela poderse separar de su propio cuerpo, pero al mismo tiempo lamenta el vigor vital que le va abandonando.
Combatido por contrarios sentimientos, no sabe si desear la muerte que pondría fin a sus torturas, o si, para poder satisfacer su inagotable deseo, es mejor seguir viviendo. Llega hasta golpearse el pecho y hacer brotar de él la sangre; sus lamentos son repetidos por la piadosa Eco que, acordándose de su amor rechazado, acude a él y convertida en puro fenómeno acústico acompaña sus palabras y sus gemidos hasta su último adiós al espejo fatal. El joven reclina su cansada cabeza sobre la hierba y cierra los ojos a la vida: las náyades y las dríadas lloran y se arrancan la cabellera en señal de luto; pero, mientras se preparan a depositar su cuerpo sobre la pira, ven que Narciso ha sido transformado en una roja flor con hojas blancas en medio.
G. Puccioni

