[Naḥūm]. En el Libro de los doce profetas menores (v. Biblia), la visión de Nahum es la más coherente y despiadada (v. Nahum).
Todas sus palabras caen como martillazos sobre la ciudad diabólica, Nínive de Asiria, que se halla en trance de sucumbir. Sobre el episodio histórico el profeta desarrolla una visión de inmensa amplitud teológica: sobre ella se cierne la Omnipotencia divina, como el silencio que oscurece el aire antes de una tempestad. Entre los ecos litúrgicos de los Salmos (v.), Nahum dibuja ferozmente el destino de la nación odiada mientras ésta se hunde en el abismo; diríase que está al acecho de cada una de sus resquebrajaduras. He aquí las murallas violadas: «Las puertas de los ríos se abren y el palacio se desploma».
He aquí la muerte: «El número de cadáveres no tiene fin; se tropieza con cadáveres». «Nínive no existe ya y sus defensores se dispersan como las tiernas langostas que se posan en los setos cuando hace frío: se levanta el sol y huyen volando y nadie es capaz de saber dónde estuvieron». Nahum está absorto en su visión que se condensa en realidad bajo su broncínea ironía: sus ojos devoran a Nínive, porque allí se glorifica a Dios en la muerte y cada muerto es un enemigo de Israel y del Señor, y cada piedra que se despedaza es un símbolo. En aquel único punto Nahum capta el sentido de toda la historia: «Oráculo contra Nínive: libro de la visión de Nahum de Elqosh. El Señor es un Dios celoso y vengador; el Señor se venga y se arma de ira». El profeta no conoce la dulzura: toda su dulzura está en aquel Dios celoso.
P. De Benedetti

