[Marie Arnoux]. Personaje de La educación sentimental (v.), de Gustave Flaubert (1821-1880). Esposa de Ja- cobo Arnoux (v.), y objeto de la pasión amorosa de Federico Moreau (v.), sobre la cual gira la novela, madame Arnoux se muestra a éste como una belleza morena, de tipo andaluz o criollo: sus cabellos negros y brillantes se hallan partidos en dos bandas, según la moda romántica; sus ojos aparecen negros en la brillante esclerótica, bajo los párpados algo caídos.
De su porte sencillo y de cada uno de sus gestos se desprenden una gracia majestuosa y una lánguida dulzura; su voz tiene cariñosas y leves tonalidades. Frente a la pasión del joven, y luego ante la suya propia, no falta jamás a sus deberes de esposa para con el grosero Arnoux, el cual, en cambio, la traiciona abiertamente. Aun cuando complacida de la apasionada devoción de Moreau, nunca le alienta declaradamente, y sólo se descubre en los peores momentos de infortunio o dolor, en los que aquél se le aparece como^ su único apoyo.
Ante las insistencias de éste, madame Arnoux halla siempre el vigor suficiente para responder que «la alegría no se encuentra jamás en la mentira, en las inquietudes o en los remordimientos», o bien que las mujeres «son sordas cuando es preciso serlo». Conserva siempre esta pureza, incluso durante el período de las entrevistas con Federico, quien la respeta, dominando sus impetuosos deseos. El día en que quizá se le hubiera entregado, la violenta enfermedad de su hijito y su rápida curación le parecen una advertencia de Dios, y a Él dedica su amor mediante una especie de voto o renuncia.
Además, María Arnoux sabe que Moreau se halla envuelto en otros amores, con Rosannette (v.), con madame Dambreuse, y hasta con la pequeña Luisa, su prometida, y le considera perdido para siempre. Cuando Federico acude, por última vez, a salvarla de la ruina financiera y de la huida de Francia, le hace decir, por amor propio, que ha partido ya para su destino y no se halla en casa. Luego, muchos años después, cuando vive ya en una pequeña aldea del interior de Bretaña, María Arnoux va espontáneamente a París a ver a Federico. Sus cabellos son blancos, y al final del postrer coloquio deja a aquél un largo mechón de éstos, como para consagrar su sacrificio de mujer amante. En esta escena, su inolvidable figura queda aureolada de una luz aún más dulce.
B. Dal Fabbro

