[Hildebrand]. La figura de Hildebrando aparece por primera vez en el cantar de su nombre (v. Cantar de Hildebrando), obra de fines del siglo VIII o de inicios del IX.
Dos ejércitos se hallan uno frente a otro y dos campeones se enfrentan en espera del duelo decisivo: Hildebrando, que ha regresado a su patria después de treinta años de destierro, debe defender el derecho de su señor, Teodorico de Verona (v.) y batirse en singular combate con el campeón del ejército enemigo. Antes del combate, se procede a las rituales preguntas que los contendientes suelen hacerse respecto a su nombre y a su estirpe. Y así Hildebrando se entera de boca de su adversario que éste es nada menos que su hijo a quien él dejó, todavía niño, al abandonar su patria.
El orgullo y la alegría llenan el corazón del viejo guerrero, que inmediatamente se da a conocer, aunque sin lograr ser creído por aquel hijo que desde hace muchos años da por muerto a su glorioso padre. Duro es el destino de Hildebrando: o deberá perecer a manos de su hijo o tendrá que ser a su vez el causante de la muerte de éste. Y así se inicia el combate, en el que Hildebrando se ve precisado a matar a su hijo. Muy distinta es la figura de Hildebrando en el llamado Cantar tardío de Hildebrando (v. Cantar de Hildebrando) del siglo XIII-XIV: también en él Hildebrando y su hijo Hadubrando se enfrentan armados y una vez más el hijo, al principio, no quiere reconocer a su padre, a quien cree muerto; pero después de un feroz asalto del que Hildebrando sale victorioso, se produce el reconocimiento, seguido del regreso al castillo solariego, donde Ute acoge de nuevo a su esposo después de treinta años de separación.
Una concepción más civilizada ha eliminado, en el curso de cinco siglos, el rasgo excesivamente feroz de la muerte del hijo a manos de su padre. La figura de Hildebrando vive también en otros . poemas y tradiciones: aparece, siempre como fiel maestro de armas de Teodorico, en el cantar de Los Nibelungos (v.), y llora a los héroes muertos en el llamado Lamento, que constituye una especie de apéndice de ese cantar. También se le encuentra en dos poemas del Jardín de las Rosas (v.): en el rosal de Worms da su precioso consejo y combate al lado de su hermano, desdeñando el beso de Crimilda (v.), que le aguarda después de la victoria sobre el adversario, ya que la lealtad a su esposa Ute, que públicamente declara, le impide aceptarlo; en el Rosal de Laurino (v.), Hildebrando es el primero que habla de las rosas del rey de los enanos y aconseja luego sabiamente a Teodorico antes del combate, en cuyas fases finales participa heroicamente.
Hildebrando aparece como consejero aún más prudente en el breve poema de La muerte de Alphart (v.), donde arriesga la vida para poder advertir al incauto joven. En el poema Virginal (v.), toma activa parte en dos combates y da muerte a un rey pagano; en el Sigenot (v.) logra matar a un gigante que había vencido a Teodorico, rescatando así a su señor. También da muerte a la giganta Hilde, mientras Teodorico, por su parte, lucha con el gigante Krim. La figura de Hildebrando tuvo quizás un modelo histórico real, pero por otra parte la lucha entre padre e hijo, que constituye el núcleo de los más antiguos cantares referentes a él, es un tema legendario muy conocido, que se halla en la literatura de los más variados pueblos, desde el Libro de los Reyes (v.) de Firdusi, hasta el ciclo irlandés de Cuchulainn.
L. Lun

