Protagonista de Los trabajadores del mar (v.), de Víctor Hugo (1802- 1885), es un característico personaje romántico en quien la generosidad, el sacrificio y la desdicha, confundiéndose, constituyen un conjunto a la vez heroico e imperfecto.
Gilliat es un solitario, sus orígenes son oscuros y su espíritu se encierra en una orgullosa timidez; para obtener a la mujer que ama trabaja durante varios meses, solo, en una gruta marina, para rescatar un navío hundido: cuando la empresa ha terminado, la mujer ha dado ya su corazón a otro. Gilliat se sacrifica, favorece las bodas, y sentado en lo alto de un escollo, se deja sumergir por la pleamar, fija la mirada en la nave que se lleva a los felices amantes. Gilliat, el trabajador del mar, es sobre todo el hombre de los silencios: no los silencios contenidos y sumisos, expresivos en su propia incapacidad de expresarse, tal como los pintará más tarde la literatura intimista, sino unos silencios hechos más bien de orgullo y de dignidad y justificados a veces por una especie de injusticia social que pone al hombre por debajo de su nivel y que proceden siempre de una espléndida inadaptabilidad a la vida de los demás.
Fundamentalmente incapaz de vivir, Gilliat posee sin embargo todas las dotes que permiten dominar la vida: fuerza, actividad, valor y decisión; y este contraste, si bien pone de relieve su desdeñosa aristocracia interior, propia de su clima, que parece complacerse en renunciar a tantas posibilidades efectivas para poder mantener intacta la independencia de su espíritu, delata también su falta de una cualidad esencial: la simpatía humana. En efecto, Gilliat puede sacrificar su felicidad y su vida a un semejante suyo, pero no por ello simpatiza con él: su bondad es lírica y contemplativa; ama al hombre como criatura pero no logra identificarse con el prójimo. Como tantos otros personajes de su mundo y de su tiempo, Gilliat siente el abismo que separa al hombre del hombre, aislándole como en aquel escollo donde él habrá de dejar su vida.
U. Déttore

