Ginebra

[Gueniévre]. Juntamente con Lanzarote (v.) es la protagonista de una de las dos grandes novelas de amor creadas por la Edad Media caballeresca. Su historia aparece en diversas versiones narradas por antiguos y modernos: el Lanzarote (v.), la Muerte de Artús (v.), el Merlín (v.) y la Historia de los Reyes de Bretaña (v.).

A semejanza de su hermana mayor, Isolda la rubia (v.), Ginebra introduce en la litera­tura un tipo nuevo, el de la adúltera cons­ciente de su culpa y espiritualmente con­traria a ella; pero la infiel esposa del rey Artús (v.) permanece en un plan espiritual menos intenso y menos vibrante que aquel que domina la esposa infiel del rey Marco (v.). Ginebra, en efecto, es sobre todo un personaje de tradición mundana que ve en el adulterio un elemento capaz de inten­sificar el hechizo de la gran aventura amo­rosa; en ella la esposa desaparece tras la decisión de la adúltera, mientras que Isol­da se mantiene esposa y amante con la misma fuerza y con igual sufrimiento.

De aquí una mayor sensualidad y una más sutil astucia que a veces nos recuerda a la griega Elena (v.), y también un tormento menor. Ginebra es culpable, y su culpabili­dad halla justificación sólo en un código galante que acepta la traición conyugal a condición de que se mantenga dentro de formas perfectas. Isolda, en cambio, es en el fondo un alma inocente, subyugada por una fatalidad amorosa a la cual toda su buena voluntad no puede resistir y que la hace ser, con igual necesidad, esposa y amante. Y sin embargo, lo mismo Isolda que Ginebra son conscientes de su pecado, a diferencia de la argiva Elena, que siente justificado el adulterio por su mera natura­leza femenina.

Lo que Ginebra ignora es que su verdadera culpa no consiste tanto en el adulterio como en aquella misma con­ciencia del pecado que hace más ardiente su amor extraconyugal, y en aquella con­tinua sumisión suya a una ley de galante mundanidad, elaborada en las cortes de amor de la Francia medieval. Cuando el sentimiento cristiano logre triunfar sobre Ginebra, ésta se sentirá obligada a renun­ciar a su amante y a toda la vida de los sentidos para purificarse; Isolda, por su parte, podrá llevar hasta el fin las conse­cuencias de su extravío y morir de amor, ya que la dolorosa pasión a que había su­cumbido llevaba consigo su absolución.

El tipo moderno de la adúltera, tal como apa­rece en su máxima afirmación contemporá­nea, Ana Karénina (v.), derivará por igual de Isolda y de Ginebra, ya que, como ésta, partirá de unas premisas mundanas, y, co­mo aquélla, provocará un dramático sufri­miento interior; pero, por lo mismo que carece de aquella inocencia implícita en la fatalidad que domina a Isolda y de la ele- mentalidad sensual bajo la que sucumbe Gi­nebra, se hallará de súbito ante una culpa de la que únicamente es responsable la afirmación demasiado temeraria de su indi­vidualidad, y sólo el suicidio le permitirá suprimirla.

U. Déttore