Es el protagonista del poema nacional babilónico y asirio llamado por los modernos Epopeya de Gilgamesh (v.). Su figura es la del típico héroe babilonio, siempre dispuesto a la pelea y a las empresas más heroicas y fatigosas, pero sin que a ello le induzca ninguna consideración de carácter moral o ético.
Como auténtico héroe, desprecia los consejos de prudencia que le dan los ancianos, porque está convencido de que la gloria vale más que la vida. El rey de Uruk es un leal amigo: su amistad por Enkidu (v.), otro héroe, aunque de carácter un poco distinto, no puede ser más sólida. Por ello cuando Enkidu muere, Gilgamesh, rey de Uruk, le llora durante mucho tiempo, demostrando una ternura de sentimiento que nadie hubiera sospechado en un hombre de su temple.
Por lo mismo que es un gran héroe, aspira a la vida eterna, que los dioses conceden algunas veces a hombres superiores, como por ejemplo el héroe del Diluvio Universal, Utnapishtim (v.); Gilgamesh va, pues, en su busca y logra encontrarle después de una serie de difíciles hazañas que ningún otro hombre hubiera podido llevar a cabo. Pero la tan anhelada vida eterna se le escapa de las manos por un incidente casual e insignificante. La tristeza que ello le produce imprime a su figura, a partir de ese momento, un ligero matiz de melancolía, que se agrava cuando muere su querido amigo Enkidu.
Gilgamesh aparece también en algunos conjuros, se le ofrecen sacrificios como dios y se le considera como uno de los jueces de los muertos. No teme a nadie, ni siquiera a los dioses, y un día insulta con atroces palabras a la propia Istar (v.). La figura griega de Hércules (v.) deriva en buena parte de la del Gilgamesh mesopotámico. También los hititas y los hurritas le consideraban un gran héroe.
G. Furlani

