Protagonista de la comedia de su nombre (v.), de Tirso de Molina (Fray Gabriel Téllez, 15849-1648). Don Gil no posee ni carácter ni caracteres, a pesar de ser un hombre, o mejor dicho, una mujer, ya que don Gil es en realidad doña Juana, que, abandonada por el prometido a quien su padre quiere hacer contraer un matrimonio más ventajoso, se propone reconquistarle a costa de las más impensadas estratagemas.
Doña Juana es sin duda una joven seria, fuerte, inteligente, de corazón fiel y audaz, pero el presunto don Gil sólo tiene un rasgo típico y un propósito: la intriga; la intriga más descarada e insolente, la más picara que la cola del Diablo haya dibujado jamás en el aire con sus más caprichosos serpenteos. Y por ello no le basta disfrazarse de don Gil, y en algún caso considera oportuno asumir otra personalidad y convertirse en doña Elvira, presta como don Gil a decir mentira sobre mentira y a urdir engaños, trampas y cartas falsas. Así acaba presa en sus propios enredos absurdos e inútiles, que ni la más sutil lógica logra desenmarañar.
Éste es, empero, su programa: enredar ante todo la madeja de manera que sus adversarios queden encerrados en ella como peces en la red. Inútil decir que logra su intento. Don Gil es un caleidoscopio, un incesante juego de prestidigitación, un deslumbrante surtidor de mil colores, un caprichoso gorgorito, una cascada de encaje, una cabriola, una guirnalda de fuegos de artificio, una de aquellas jaulas con un tambor giratorio donde una ardilla — que resulta ser nuestra cabeza — corre sin cesar como persiguiendo a una sombra o como persiguiéndose a sí misma, y cree haber andado cien leguas sin haberse movido de sitio.
F. Carlesi

