Aunque en la novela Fortunata y Jacinta (v.), de Benito Pérez Galdós (1845-1920), el verdadero protagonista es el pueblo madrileño, éste se concentra y encarna en la espléndida figura de Fortunata, la guapísima chula unida apasionadamente al marido de Jacinta, la señora de «clase bien».
Pero Fortunata se casó como por escarnio, después de una borrascosa época de aventuras, con el ridículo e incapaz Maximiliano Rubín, el encanijado boticario, dudosamente apto para su papel de marido. Fortunata es un personaje sencillo, sin recovecos espirituales: toda su naturaleza se concentra en el amor con el «señorito», el insípido Juanito Santa Cruz, del que tiene un hijo, y a cuyo lado se siente la verdadera mujer, más que la exquisita Jacinta, que, desairada también en su esterilidad, sabe, sin embargo, tener un gesto sereno de perdón comprensivo ante su triunfante rival.
Fortunata parece simbolizar el sentido no sólo social de su ambiente, sino de la propia obra literaria de Galdós: el triunfo en humanidad de los personajes sencillos frente a los que no son para él sino «clase», representación y poder. Así, ella vale sobre todo como representación activa de la galería de inolvidables tipos que Galdós acumula en esta novela: pequeños comerciantes, empleadillos, mujeres de rompe y rasga, comadres temibles… A Fortunata le basta apenas un rasgo para asumir la realidad viva de tantos personajillos, trasladándola al núcleo del argumento: una sola pincelada, la chulapona sorbiéndose un huevo y llamando a gritos por una escalera, deja ya en marcha todo un papel.
Pero Galdós no ha dado a Fortunata una posibilidad de reserva humana fuera de su función dramática: por eso ha de morir, desencadenado el nudo de la acción, después de haber sido el genio de todo un mundillo que debe continuar, sin embargo, idéntico en sus acciones repetidas y sus fisonomías acuñadas. Glorioso pretexto, pues, para la irrupción de una atmósfera y una muchedumbre de retratos, alguno de. ellos capaz de dar origen por sí solo a otros volúmenes de narración, como el usurero Torquemada; tantos de ellos redondos y acabados en su corporeidad visible, como doña Lupe, la pequeña financiera, o Mauricia «la Dura», la recia mujer de vida airada, brutal en su energía… Fortunata, pues, casi es más un símbolo típico que una persona individual, arbitraria e inagotable en los repliegues de su carácter. Pero ahí está el modo de su grandeza.
J. M.a Val verde

