[’Eleāzār]. En el Pentateuco (v.), Eleazar es el tercer hijo de Aarón (v.), a quien sucede en el pontificado: «Y Moisés, luego que hubo desnudado a Aarón de sus vestiduras, revistió con ellas a Eleazar, su hijo, y Aarón murió en la cumbre del monte».
Su humanidad permaneció siempre cubierta por aquel manto levítico, que, a pesar de todo, no llegó a destruirla; aunque se hallara trágicamente negada bajo el peso de Dios y del pueblo que se encontraban en él. «No descubráis vuestra cabeza ni desgarréis vuestras vestiduras… Lloren vuestros hermanos y todo Israel… Pero vosotros no salgáis de la puerta del Tabernáculo».
Y en medio de la impasibilidad de los querubines de oro, Eleazar ofreció su doble sacrificio, el de la víctima y el de su dolor, mientras Misael y Elisafán se llevaban al desierto los cadáveres de Nadab y Abiu, sus hermanos, a quienes el Señor había dado muerte. Pero la carne se quedó sobre el altar: «¿Por qué no habéis consumido la víctima en el lugar sagrado?» La respuesta de Aarón a Eleazar tiene el vigor de un salmo davídico que se clava en el corazón: « ¿Cómo podía comer… si mi alma estaba sumida en llanto?» Después de la muerte de sus hermanos, Eleazar no halla ningún consuelo en Dios, pero tampoco aparece ninguna sombra en el rostro que es el espejo del pueblo: no hay más que «el alma en llanto».
En esa soledad pontifical, Eleazar camina entre los muertos, recoge los incensarios de los levitas malditos que la tierra se ha tragado, y con la voz de Aarón bendice al pueblo por primera vez, dejando su dolor al lado de su padre, «en la cumbre del monte».
P. De Benedetti

