Protagonista de la tragedia de su nombre (v.) del romántico danés Adam Oehlenschláger (1779-1850), escrita en Roma en 1809. Oehlenschláger, en la elección de un famoso artista italiano como personaje trágico, siguió el ejemplo de Goethe en el Torquato Tasso (v.), y en él se inspiró para ciertos detalles, y en su predilección romántica y ochocentista hacia los personajes históricos, ya famosos por su acción y pasión o bien ilustres en la poesía y el arte: Miguel Ángel y fray Filippo Lippi, Palestrina y Paganini, Dante, Petrarca y, sobre todo, Tasso (v.).
En Correggio, Oehlenschláger puso en escena las tesis del Primitivismo romántico, cual habían sido enunciadas en Efusiones del corazón de un monje enamorado del arte (v.) y Fantasías sobre el arte para los amigos del arte (v.) de W. H. Wackenroder y llevadas luego a la pintura por F. Overbeck y otros colegas suyos que trabajaron en Roma a principios del siglo XIX y tomaron los nombres de «nazarenos» y «puristas».
El arte une la tierra al cielo. La obra del artista no consiste tanto en el estudio y el saber como en la bondad del corazón, la humildad sencilla y un sentimiento infantil. De aquí la predilección, fundamentada en la más o menos exacta interpretación del contenido, por los artistas ingenuos y devotos, «mártires» y «santos», frente a los triunfadores, los racionalistas y todo cuanto se concreta en el «gran estilo» de Miguel Ángel.
Por este motivo, el Correggio de Oehlenschláger es un hombre virtuoso y honrado (lo que equivale a decir todo lo contrario de trágico), que no se ha formado en modelos ni a través del estudio, sino que, en gracia a su «alma bella», hace descender el cielo a la tierra, así como Rafael había elevado la tierra hacia el cielo. Por ello aparece puesto en oposición con Miguel Ángel. En la elección de Correggio como representante de sus ideales, Oehlenschláger dejóse guiar por la admiración de los neoclásicos alemanes y Goethe hacia este pintor.
Aun cuando más tarde los pintores puristas habrían de manifestar igual aversión para con Correggio que para con Miguel Ángel, Mengs, no obstante, había situado al pintor emiliano inmediatamente después de Rafael, el dulce y sublime artista en quien los primitivos románticos, como Wackenroder, vieran al inspirado por Dios, al perfecto representante del arte religioso ideal.
V. Santoli

