[Colonel Newcome]. Es el protagonista de la novela Los Newcome (v.) de William Makepeace Thackeray (1811-1863) y parece responder a dos prototipos: el mayor H. W. Carmichael- Smythe, padrastro del autor, y un tal capitán Light, viejo soldado ciego que vivía en el asilo de Charterhouse.
Podría decirse que una irresistible necesidad de escapar a los helados límites de su racionalismo, un extremado afán de melancolía, empujó a Thackeray a fundir esas dos figuras en una sola, la más simpática y sentida de su mundo y la más querida por todos los ingleses. Pero el hecho de que la figura del perfecto «gentleman» inspirada por su padrastro se enlazara en su fantasía con la del pobre asilado de Grey Friars, y no por cierto por efecto de ningún vulgar sentimentalismo, revela en el autor la conciencia de un problema universal, cuyas hondas raíces arrancan de la ética cristiana y que en ciertos aspectos se enlaza con la propia figura de Cristo.
Dostoievski, que en su Idiota (v.) se enfrentó con el mismo problema, o sea el de fijar la conducta y la suerte de una criatura totalmente buena en el mundo, se dio cuenta de que sólo podía concebirla en un estado que, juzgado con los criterios humanos, merecía el nombre de idiotez. Thackeray, que como buen Victoriano evitaba los excesos, «salvó» a su personaje en su pueril ingenuidad. Y le salvó también artísticamente, en cuanto una figura como ésa, paradigma de todas las virtudes, corría el riesgo de quedarse en una abstracta y escueta personificación sin la sal del menor defecto.
Son precisamente sus pueriles defectos, su testarudez derivada de una «monstruosa ignorancia del mundo», y sus pequeñas manías, incomprensiones y vanidades mundanas los que dan a la figura de ese caballero enjuto y bronceado, de grandes bigotes y con el eterno cigarro en la boca, siempre exquisita y siempre desconcertada como si llegara de lejos, toda su vida y su humanidad.
En todas las cosas que nuestro espíritu contempla siente la necesidad de hallar una compensación: la compensación de las excepcionales virtudes del coronel Newcome consiste en su incapacidad para resistir el choque del ambiente y habituarse al clima social, o sea, en conclusión, en el hecho de ser una víctima de la vida social. Preguntarse si esa pasividad es auténticamente un defecto o una virtud todavía más alta, en el fondo carece de sentido. Y de hecho Thackeray, como Dostoievski, no pretende castigar ni premiar a su criatura cuando la aleja de este mundo nuestro, haciéndola desaparecer lentamente en el «supermundo» de la imbecilidad mental, donde la inteligencia se esfuma y sólo queda el puro instinto. Ello no deja de representar para el autor una suprema y beneficiosa traición a su declarado ideal intelectualista.
N. D’Agostino

