Único héroe legendario de la épica hispánica, Bernardo del Carpió es la concreción del ideal religioso y universal de la epopeya de Roncesvalles (v. Cantar de Roldan, Roncesvalles) en los términos de la realidad histórica de la España medieval que busca, en los dolores de la reconquista y de la defensa del suelo, el alborear de la conciencia nacional.
La leyenda de Bernardo, que la Primera crónica general (v.) de Alfonso X recoge de las viejas crónicas latinas de Lucas de Tuy y de Rodrigo Ximénez de Rada, se introduce en la realidad sin las místicas aspiraciones que elevan a Roldán (v.) hasta el vértice de la épica, con una concreción humana y moral que pone de manifiesto la fisonomía de la raza. Es el héroe a la medida de los deseos del pueblo.
Lucha, vence y sucumbe por un ideal que no es el del poder: la fiereza indomable de su alma está debilitada en él por una dolorosa compenetración con los afectos humanos que turban la serenidad y la grandeza del héroe y le impiden vivir su destino.
Si se muestra altivo y firme ante los poderosos, no es por ambición, sino en defensa de la justicia y la libertad, que, en un tiempo de individualismo extremado, le convierte en campeón de su pueblo contra el invasor extranjero; en una sociedad imbuida del exclusivismo teocrático, en la que la única postura humana es el vasallaje, asume el carácter de vengador de la justicia violada por la arbitrariedad de los monarcas.
Por esta mescolanza de sentimientos aristocráticos y populares, Bernardo del Carpió, aun antes que el Cid (v.), cuyos sentimientos son algo más prosaicos y utilitarios, es el símbolo de la «hidalguía» española. Y desde los cantares de gesta desaparecidos hasta los más antiguos romances; desde la España defendida, de Cristóbal Suárez de Figueroa, hasta Las mocedades de Bernardo y El casamiento en la muerte, del gran Lope de Vega; desde el Bernardo del Carpio (v.) de Balbuena y La libertad de España de Juan de la Cueva hasta el Alfonso el Casto de Hartzenbusch, ocho siglos de literatura han estado exaltando en este héroe al fundador de la autonomía castellana.
Pero más que en el magnífico y arrogante hidalgo que cabalga en los octosílabos del Romancero (v.), la leyenda de Bernardo se complace en su hijo bastardo que lucha toda la vida por la libertad de su padre, víctima de las arbitrariedades de los monarcas, y al que únicamente en el momento de la muerte consigue unirse. El héroe nos aparece más ensalzado cuando se halla sometido por la injusticia y la iniquidad que en el mismo instante del triunfo.
Con ello se perfila ya en Bernardo del Carpió la cristiana y española predilección por las existencias difíciles y desgraciadas que constituye el carácter dominante en toda la literatura nacional y en su más alto exponente, El Quijote (v.), que, bajo apariencias jocosas, es la oración fúnebre de toda ambición y una amarguísima elegía a la vanidad de las quimeras humanas.
C. Capasso

