Manuel Crisoloras

Nació en Constantinopla a mediados del siglo XIV y murió en Constanza el 15 de septiembre de 1415. En su agitada existencia se reflejan los epi­sodios finales del helenismo último.

Des­de 1361, el Imperio turco, establecida su nueva capitalidad en Adrianópolis, amena­zaba de cerca la existencia de la supervi­viente capital bizantina. Bajo la presión de los acontecimientos, Bizancio intensificó sus tentativas de lograr un acuerdo con Occi­dente mediante la unión de las Iglesias y al cual siguiera la obtención de ayuda militar en la lucha común contra los infieles.

En tales circunstancias, los eruditos bizantinos eran los embajadores más apreciados por las naciones occidentales, deseosas de beber una vez más, tras el olvido medieval, en las fuentes de la cultura griega. En 1391, C., quien había establecido en Constantinopla una escuela particular de cultura lite­raria, fue enviado por el emperador Ma­nuel Paleólogo a la corte pontificia en demanda de auxilio para la capital amenazada.

Los sabios italianos le rogaron entonces que permaneciera en el país entregado a la en­señanza del griego, cosa que entonces no aceptó y sólo llevó a cabo durante breve tiempo en Venecia. No lograda la realiza­ción de sus deseos, regresó a Constantinopla. En 1396 se encontraba en Florencia, donde actuaba de profesor de letras griegas.

A instancias de su emperador, al cabo de tres años se trasladó a Milán; allí se dedicó durante breve tiempo a la enseñanza, y contó entre sus discípulos a Francesco Filelfo, quien se casó con la hermana de C. Luego enseñó también en Pavía. En 1404 dirigióse a Venecia como embajador del Paleólogo.

Posteriormente, en 1408, mar­chó a Roma, y desde allí, una vez más como enviado de su emperador, a Inglaterra y París. En la corte pontificia estuvo en con­tacto con el papa Alejandro V; por encargo de éste fue a Constantinopla para tratar de la unión de las Iglesias. Vuelto a Italia, se detuvo en Roma, donde el nuevo pontífice, Juan XXIII, le nombró cardenal.

En 1413 formó parte de la legación que con el em­perador alemán Segismundo determinó la fecha y condiciones del Concilio de Cons­tanza. En esta ciudad, a la cual acompañó luego al Papa y donde participó en las ta­reas conciliares, le sorprendió la muerte y recibió sepultura. C. fue uno de los prime­ros y más importantes propulsores del es­tudio del griego en Italia.

A tal fin se diri­gieron su labor docente, que promovió focos de cultura helénica en muchos puntos del país, y su traducción al latín de obras grie­gas, entre las cuales figura La República (v.) de Platón, publicada con carácter póstumo por su discípulo Decembrio. Para uso de sus alumnos compuso una gramática grie­ga en forma catequística, o sea a base de preguntas y respuestas: Erotemas (v.).

B. Lavagnini