Ernst Cassirer

Nació el 28 de julio de 1874 en Bresíau, alemania (ahora Polonia), murió el 13 de abril de 1945 en Nueva York. Nacido en el seno de una familia judía de elevadas tradiciones culturales, hizo sus primeros estudios en la ciudad natal.

Habien­do pasado en 1892 a la Facultad de Dere­cho de la Universidad de Marburgo, durante el verano de 1894 leyó las obras de Hermann Cohén, tras lo cual decidió consagrar­se por completo a la Filosofía.

A partir de esta fecha entró a formar parte de la co­rriente neokantiana de la escuela de Mar- burgo, lo que no le impidió ocuparse de las relaciones de la Filosofía con las demás cien­cias. Continuó, pues, sus estudios de Juris­prudencia, de Literatura y de Filología ger­mánica en las Universidades de Berlín, Leip­zig y Heidelberg, y hasta 1896 no se ciñó al estudio de la Filosofía propiamente dicha y de las Matemáticas.

Habiendo conseguido el doctorado en 1899, en Marburgo, ante H. Cohén y P. Natorp, con una disertación so­bre la Crítica cartesiana del conocimiento en las ciencias matemáticas y naturales [Descartes Kritik der mathemaíischen und naturwissenschaftlichen Erkennntnis], ense­ñó en la Universidad de Berlín a partir de 1906, desde 1919 fue profesor titular y des­pués de 1930 rector de la Universidad de Hamburgo.

Desterrado de alemania en 1933, enseñó en Oxford hasta 1935 y marchó des­pués a Suecia, donde obtuvo una cátedra en la Universidad de Goteborg. En 1941 llegó a los Estados Unidos; fue profesor en la Yale University y posteriormente en la Columbia University, permaneciendo allí has­ta su muerte.

Discípulo predilecto de Cohén y, después de éste, el representante más caracterizado de la escuela de Marburgo, C. confirma desde el primer momento su ori­ginalidad con la extraordinaria riqueza de su erudición; puede decirse que de la filo­sofía sistemática y de la Epistemología a la historia de la Filosofía, de la Metodología científica y de la Química al estudio de los mitos, de la poesía y de las artes en gene­ral a la teoría einsteniana de la relatividad, no hay aspecto del movimiento de la cultura al que no se haya acercado.

Pertenece a la estirpe de los grandes filósofos enciclo­pédicos, de los Hegel, sobre todo de los Leibniz. Sin embargo, es sobre todo un neo- kantiano y lo muestra de modo patente la predilección que ha demostrado siempre por los problemas del conocimiento, de los que ha dado la historia pormenorizada en El problema del conocimiento (3 vols., 1906-20, v.); si deja el campo de investigación de Kant, es para aplicar los principios kantia­nos e imprimirles un ulterior desarrollo.

Una de las tesis más interesantes de C. es seguramente la expuesta en La filosofía de las formas simbólicas (1923, v.); es decir, por una parte, las diversas concepciones del mundo utilizadas por todo ser para com­prender su propia vida, y más aún, en el sentido kantiano, aquellas «categorías» de las que la escuela de Marburgo había de­mostrado ya que no eran procesos subje­tivos, sino datos objetivos, fundamentales en toda investigación filosófica.

C. compren­dió que la razón pura no debía justificar sólo el «hecho científico», sino también el hecho mítico, todas las formas de creación y de expresión artística y todos los tipos de vida social (cfr. El mito del Estado [The Myth of the State, 1946]). Todo su pensa­miento tiende a plantear el problema antro­pológico (cfr. Ensayo sobre el hombre [An Essay on Man, 1944], aunque naturalmente para este kantiano una antropología meta­física, «substancial», sea imposible y el «pro­ceso cultural» constituya el único camino posible para la experiencia.

C. verá en la teoría de la relatividad de Einstein (Crítica de la teoría einsteniana de la relatividad [Zur Kritik der Einsteinschein Relativitáts Theorie, 1921]) una confirmación de su idea­lismo: la función de la ciencia no consiste en representar su realidad; la ciencia, en sus diversas disciplinas, no es más que el lenguaje del espíritu, un distinto modo de expresión «simbólica» creada por el hombre para poner en claro sus experiencias. Así se mantiene C. fiel al kantismo, pero am­pliándolo, esforzándose en comprender to­das las grandes manifestaciones emotivas, todos los procesos culturales como la ex­presión histórica de las estructuras funda­mentales del espíritu humano.

Como se ha dicho, ha transformado la «crítica de la razón pura» en una crítica de la cultura, cuyos análisis continúan siendo válidos tam­bién para los que no comparten la inspira­ción neokantiana. Entre otras obras del mis­mo, recordemos: Concepto de substancia y concepto de función [Substanzbegriff und Functionbegriff, 1910]; Libertad y forma [Freiheit und Form, 1917]; La vida y la filosofía de Kant [Kants Leben und Lehre, 1918], que continúa hoy siendo clásica so­bre el tema; Idea y forma [Idee und Gestalt, 1921]; Individuo y cosmos en la filosofía del Renacimiento [Individuum und Kosmos in der Philosophie der Renaissance, 1927].

M. Mourre