Nació en torno a 1430 en Atenas, de donde, según ciertas opiniones, y debido a algunas divergencias con los señores florentinos locales, hubo de trasladarse a Italia; aquí murió probablemente en 1490.
En 1447 se hallaba en Mistra, donde le encontró Ciríaco dei Pizzicolli, de Ancona, con el cual visitó durante algunos días las ruinas de la antigua Esparta. Éste mismo alaba su conocimiento de las literaturas griega y latina.
El joven, que había cambiado por el menos corriente de Laónico su nombre de pila Nicolaos, fue en Mistra discípulo de Gemisto Pleton. Además del griego y el latín aprendió el turco; en efecto, por dos veces el déspota de Morea le envió a Adrianópolis como embajador del sultán Murad II, y tanto en una ocasión como en la otra, éste le retuvo en calidad de prisionero y valióse de él como secretario para la lengua griega.
En el desempeño de tal misión se cree que debió hallarse presente en la batalla de Varna (1444). Las noticias referentes a su vida son escasas. De acuerdo con la opinión más extendida, tras la caída de Constantinopla debió de refugiarse en Italia.
Descendiente de una familia ateniense noble y preparado por una formación grecolatina singularmente cuidadosa, C. llevó a la tradición bizantina un espíritu nuevo, como atestigua su obra. En ella expone, con un criterio de historiador, el epílogo de la historia de Bizancio y la sujeción del helenismo a los turcos. La lenta preparación de tales acontecimientos queda descrita en la aparición y el progresivo afianzamiento del Estado osmanlí.
En los diez libros de sus Demostraciones históricas (v.), los hechos ocurridos entre 1298 y 1463 son narrados a través de una perspectiva dirigida no sólo sobre Anatolia y el horizonte balcánico, sino también hacia los acontecimientos de la Europa occidental. La amplitud del cuadro y de las concepciones llevan a juzgar a C. como un Herodoto de los nuevos tiempos, al menos por lo que respecta a la composición de la obra y al gusto por las digresiones; el autor resulta, en cambio, más bien comparable a Tucídides en cuanto al espíritu imparcial, viril e independiente con que acepta la fatalidad de los hechos y el fin del Imperio.
Libre del prejuicio de los cronógrafos para quienes Bizancio era el centro del mundo, contempla nueva realidad política a través de un criterio moderno y atento, y, en vez de soñar imposibles retornos al pasado, vislumbra con clara lógica la futura posibilidad de un Estado nacional griego. Si Procopio, en el umbral de la Edad Media, es el primero de los historiadores bizantinos, Laónico, con su nombre de púgil (Calcondila = puño de bronce), vuelve la espalda al pasado y se convierte en el primer historiador de la Grecia moderna.
B. Lavagnini

