Nació en Amiens el 2 de septiembre de 1852 y murió en París el 26 de diciembre de 1935. Fue hijo de una familia muy modesta, y, dejados los estudios de medicina para dedicarse a las letras, ejerció durante algún tiempo actividades docentes en una escuela particular.
Escribía ya delicadas poesías (Au bord de la mer, 1872; La vie inquiète, 1875; Édel, 1878; Les aveux, 1882) cuando sus primeras novelas, Cruelle énigme (1885), Un crime d’amour (1886), Mentiras (1887, v.) y André Comélis (1887, v.), le consagraron psicólogo de la alta burguesía.
El discípulo (1889, v.), que denunciaba en el diletantismo escéptico las consecuencias más graves del positivismo, en cuya escuela habíase también formado el autor, suscitó duras polémicas entre los defensores de la libertad incondicional del espíritu.
Alcanzada la fama y académico de Francia a los cuarenta y dos años, Bourget amplió su experiencia humana con largos viajes, y enriqueció una producción literaria que hasta la vejez permaneció regularísima: Cosmopolis (1893), La etapa (1902, v.), en la que afirma su tradicionalismo conservador, Un divorcio (1904, v.), L’Émigré (1907) y El demonio del mediodía (1914, v.), que pone fin a lo mejor de su obra, en adelante llena de inquietudes no solamente morales, sino también sociales y religiosas (v. El sentido de la muerte, 1915) e inspirada por una tendencia didáctica más o menos transparente y a veces pesada.
Próximo espiritualmente al clima nacionalista de la Action Française, Bourget propugnaba un retomo a las seguras fuerzas del pasado. Vivió su prolongada vejez en París y en sus tierras de Provenza, siempre abierto a los jóvenes que acudían a su larga experiencia en busca de consejo o de una esperanza, y su vida superó el amplio éxito que acompañara a algunas de sus novelas, demasiado vinculadas a ciertos ideales de las generaciones intermedias de la Tercera República.
Más que estas obras narrativas, en las que procuró, según los modelos de Constant y Stendhal, hallar de nuevo el profundo sentido del realismo psicológico francés en oposición al fanatismo documental de los naturalistas, pero sin que pudiera eludir el riesgo de ahogar la materia humana bajo el peso de las ideas, son recordados sus Ensayos de psicología contemporánea (1883, v.), a los que siguió la segunda serie Nouveaux essais de psychologie contemporaine (1885); inspirados en la fórmula de Taine, para quien la literatura es una «psicología viviente», revelan, sobre todo el dedicado a Stendhal, un espíritu agudo, aun cuando no siempre original.
De temperamento enérgico, austero y honesto, Bourget mereció ser apreciado como «bon ouvrier des lettres».
A. Bruzzi

