Marguerite Audoux

Nacido en Sancoins (Cher) en 1863, m. en Saint-Raphaél (Var) en 1937. La conocemos a través de María Clara (v.), lanzada con un prólogo de Oc­tave Mirbeau en 1910, y que ya había cau­sado la admiración de Charles-Louis Philippe.

Aparece en ella la infancia triste y melancólica de nuestra autora, pasada en un orfanato, con la única luz afectuosa, pero avara y disputada, de una monja. Más tarde, la vida de pastorcilla en una ha­cienda de Sologne, adonde había sido en­viada a los trece años a causa de los ven­gativos celos de la superiora y en donde fue después criada.

Descubrió por primera vez, en Sologne, el mundo del arte al en­contrar en un granero una manoseada edi­ción de las Aventuras de Telémaco (v.). Después de la desilusión causada por la rup­tura de un amor puro y sencillo con el hijo de la vieja y rígida patrona, huye de la hacienda y a los dieciocho años, sola, sin un céntimo, llega a París en busca de tra­bajo.

Para poder comer, trabajaba de cos­turera, a veces a jornal en casas, o bien en la suya, en una estancia tan minúscula que — según cuenta Mirbeau — para ponerse a la máquina de coser tenía que apartar el maniquí.

Fueron largos años oscuros, tris­tes, a veces sin pan. Enferma, entre otras cosas, de una grave enfermedad de la vista, cuando el médico al fin le prohibió coser bajo pena de volverse ciega, comenzó a es­cribir sus recuerdos en el libro que la dio a conocer en los ambientes literarios, y que ha quedado como su conmovedora obra maestra.

A este libro siguió otro, L’atelier de Marie Claire, y luego otras novelas: De la ville au moulin y Le chaland de la Reine.

E. Cassa Salvi