Nacido en Aosta en 1033 ó 1034, m. en Canterbury el 21 de abril de 1109. Tres naciones se lo disputan, o mejor dicho, tres naciones veneran su memoria: Italia, Francia e Inglaterra.
Sólo el tiempo de su juventud transcurrió en el Valle de Aosta, donde había nacido en el seno de una ilustre familia emparentada con la condesa Matilde de Toscana y con las más nobles familias del Piamonte; pero los senderos alpinos lo vieron a menudo pasar en su inquieta y juvenil búsqueda de las certezas con que soñaba.
Después de una tormentosa crisis espiritual, Francia le ofreció sus escuelas, sus maestros y sus disciplinas y bien pronto le dio ocasión para encontrarse de un modo decisivo con otro italiano de insigne valor: el beato Lanfraneo, que había de convertirse en su guía y su amigo.
Habiendo entrado a los 26 años en la abadía de Bec-Hellouin, en Norman- día, cuya dirección había asumido Lanfranco, no debía tardar nuestro santo en sustituirlo en la sede abacial y, hasta 1093, vivió, enseñó, rezó y escribió en el seno de la célebre comunidad normanda.
En 1066, Guillermo de Normandía — el glorioso bastardo — había atravesado con sus tropas el canal de la Mancha, Inglaterra había cambiado de dinastía y — a petición del vencedor— Lanfranco había aceptado la sede episcopal de Canterbury.
Tras la muerte de éste, pareció que tan alta dignidad no convendría a nadie mejor que al que el difunto había considerado como su mejor discípulo. De este modo, Anselmo de Aosta, Anselmo de Bec-Hellouin, se convirtió en Anselmo de Canterbury, primado de Inglaterra. Pero el cargo sólo debía reportarle pena y aflicción.
Guillermo II el Rojo (1087- 1100) no tenía la valía de su padre. En especial, adoptó contra la Iglesia una actitud de violencia y de dominación, a la que se opuso Anselmo. El conflicto derivó hacia el drama. Viendo amenazada su propia vida, el arzobispo hubo de huir.
Buscó refugio en Italia, y más tarde en Francia, utilizando su obligado descanso para meditar sobre las cosas divinas y escribir un amplio ensayo sobre el tema de la Encarnación (v. Por qué Dios se hizo hombre). Muerto Guillermo II y vuelto Anselmo a Inglaterra, podía esperarse que éste terminara en paz su misión pastoral.
No ocurrió así, sin embargo. Enrique Beauclerc (1100-1131) —más cauto que su padre— abrigaba las mismas ambiciones. ¿Se tendría que dejar, pues, a la Iglesia bajo la pesada férula de un tirano? Una vez más se levantó la voz del gran obispo.
Tenía entonces 73 años; pero le pareció más digno el camino de un segundo destierro que el de una capitulación adornada con bellas palabras. Muchas condenas explícitas cayeron sobre el rey desde Francia y desde Roma, y al fin hubo de someterse.
Anselmo volvió a su sede: vencedor, pero agotado. Y allí se extinguió. Era un alma dulce, un corazón tierno, una conciencia meditativa. Pero nada le hacía retroceder cuando se trataba de las batallas de Dios. Junto a su actuación apostólica, figura en lugar preeminente su especulación teológica.
Escribió, para la escuela de Bec, fundada por Lanfranco y perfeccionada por él, el diálogo De grammatica, que es un verdadero curso de lógica. A continuación, compuso el Monologio (v.) y el Proslogio (v.), que pueden considerarse como una sola obra.
Contra el monje Gaunilón, que en el libro En defensa del insensato (v.) había opuesto dudas al famoso argumento ontològico de Anselmo, contestó éste con el Apologético (v.). Entre otras muchas obras suyas se encuentran De fide Trinitatis et de incarnatane Verbi, contra Roscellino; De processione Spiritu Sancti contra Graecos, De veritate, De libero arbitrio, De casu diaboli, Cur Deus homo, De concepta verginali et de originali peccato, De concordia praescientiae et praedestinationis necnon gratiae Dei cum libero arbitrio, Meditationes et orationes, y un abundante e importantísimo epistolario que arroja viva luz sobre el hombre y sobre su obra.
H. Daniel-Rops

