[Os Lusiadas]. Poema épico del gran escritor portugués Luis de Camóes (1524-1580) en mil ciento dos octavas divididas en diez cantos. La edición príncipe apareció en Lisboa en 1572. El tema que da unidad a la obra lo constituye «las armas y los guerreros ilustres que desde la costa occidental de Portugal, por mares nunca antes navegados, llegaron más allá de Taprobana»; en otro términos, la primera expedición de Vasco de Gama, empresa que después de una larga serie de tentativas fracasadas había finalmente coronado de éxito las esperanzas de llegar por vía marítima desde Occidente al lejano y fabuloso Oriente y que había parecido, en el fervor unánime de la época, digna de ser celebrada por un nuevo Homero o un nuevo Virgilio.
Camóes dedicó su musa a ésta exaltación, consagrándole gran parte de su vida (quizás desde 1545 a 1570). Pero su propósito fue cantar al mismo tiempo toda la gloria de la patria, «las gestas gloriosas de los soberanos que fueron dilatando la fe y el reino y devastando las tierras infieles de África y Asia». En efecto, gracias al empleo de artificios habituales en la técnica épica clásica al relato del gran viaje se inserta, ocupando más de un tercio del libro, el de todo el pasado portugués, de modo que el viaje aparece a los ojos del poeta como un eslabón, apenas más brillante, de la cadena de la historia imperial de su país, y casi como un pretexto para su vasto empeño de «heraldo del nido nativo». De ahí el título, adecuadísimo para una obra que quería ser y sigue siendo la epopeya nacional de un pueblo; ya que Los Lusiadas vale tanto como decir «los lusitanos» o «los portugueses», cualquiera que sea el origen preciso de este nombre, que nuestro poeta, por otra parte, relaciona con una tradición mitológica difundida entre los escritores del Renacimiento, según la cual Luso, hijo de Baco, habría conquistado el país que de él tomó el nombre de Lusitania. El poema se abre «in medias res», cuando la expedición navega ya por el Océano índico.
A continuación nos enteraremos de las aventuras anteriores, desde la desembocadura del Tajo, a lo largo de las Canarias, Cabo Verde, Sierra Leona y el Congo, por la extrema punta de África y luego siguiendo la costa oriental de este continente; aventuras que el propio Vasco de Gama refiere al rey de Melinde, deteniéndose particularmente en los fenómenos naturales, los desembarcos, los consiguientes encuentros con los negros y un repugnante escorbuto que fue causa de numerosas víctimas entre los navegantes, precisamente allí donde por primera vez habían podido encontrar noticias acerca de las tierras que andaban buscando, o Sea a la desembocadura del río que bautizaron con el nombre de Buenas Noticias. Embarcados de nuevo con nuevas esperanzas y, al mismo tiempo, a causa de los compañeros perdidos, llenos de melancolía, llegan a una isla que resultará ser Mozambique, ocupada por musulmanes, como las vecinas Sofala, Quiloa y Mombasa, y como ellas escala importante del comercio árabe con Levante. Una flota de diminutas embarcaciones, largas y estrechas, con las velas de estera, guiadas por moros vestidos con abigarradas telas que les dejan desnudo el torso, armados de dagas y estiletes y tocados con turbantes, zarpa de la isla tocando grandes trompetas y haciendo a las naves lusitanas señales de que se paren.
A bordo los marineros exultan como si ahora debieran terminar sus fatigas, arrían las velas y echan las anclas. Los moros suben prestamente por las cuerdas; el almirante les acoge cordialmente y les ofrece comida y vino, y cambia informaciones con ellos. Al día siguiente, la escuadra, abanderada y empavesada, recibe con gran fiesta la visita del jeque, entre recíprocas cortesías. A las amigables demostraciones empiezan pronto a mezclarse desconfianzas, envidias y temores, alimentados por el odio religioso, y por fin traiciones y emboscadas, que los portugueses castigan con su artillería, incendiando y destruyendo la población. Guiados después con hostiles intenciones hacia Mombasa, escapan por milagro a nuevos engaños encubiertos y ataques declarados. El día de Pascua entran en la rada de Melinde, donde rey y población, benévolamente dispuestos aunque también mahometanos, les conceden leal hospitalidad, prodigándoles con franca y cálida simpatía toda clase de auxilios. Intercambio de regalos, visitas, fiestas de toda clase, fuegos de artificio a bordo y en tierra, juegos, danzas, partidas de pesca y banquetes acompañan la estancia de los portugueses en Melinde.
Durante una recepción, Vasco de Gama, a petición del rey, narra extensamente la historia de su país y las peripecias del viaje. Por fin la expedición se hace nuevamente a la mar, guiada esta vez por un fiel piloto de Melinde, que les indica exactamente el buen camino. De pronto se levanta el viento y aparece una nube negra en el horizonte; apenas el prudente «nostromo» ha ordenado arriar los trinquetes, sobreviene la tempestad, destroza las velas, rompe los mástiles e inunda las naves, que bailan como barquichuelos, ora levantadas sobre las crestas de las olas inmensas, ora precipitadas a las entrañas de los abismos submarinos, entre espantosos relámpagos y horribles truenos. Pero es la última etapa antes de llegar a la meta; por la mañana amaina el viento, el océano se calma y el piloto anuncia la costa de Calicut, la mayor de las ciudades de Malabar, en la suspirada India buscada con tanto obstinado esfuerzo y tanta fatiga. Aquí resulta precioso para los portugueses, por las noticias que les facilita y las funciones de intérprete e intermediario que se brinda a prestar, Monsaide, un sarraceno nacido en Berbería, relacionado con la civilización occidental, buen conocedor del castellano e inclinado al cristianismo, quien al fin se embarcará con Vasco de Gama y se convertirá.
En Calicut se repite el cuadro de Mozambique; primero demostraciones de complacencia por parte del soberano, sus funcionarios y sus súbditos, y luego sospechas, intrigas de los musulmanes temerosos de una futura competencia en su tráfico, calumnias, demoras opuestas a los deseos de Gama de concluir acuerdos comerciales, y maquinaciones que cada vez resultan más peligrosas. Convencido de la inutilidad de ulteriores tentativas, el capitán elude las emboscadas que le amenazan emprendiendo de improviso el viaje de regreso y contentándose con llevar a Lisboa informes seguros y algunos testimonios de su descubrimiento. Venus, genio tutelar de los navegantes lusitanos, decidida a conceder un premio a tantas fatigas y sufrimientos, dispone sobre su ruta, en medio del océano, una isla fresca y risueña, donde reúne para recibirles, ansiosas de amor, a las ninfas oceánicas. De este modo se desarrolla uno de los episodios más vivos y eficaces del poema. En la encantadora isla corren claros ríos entre verde esmalte, que mantienen la vegetación y forman un límpido espejo en que se reflejan agradables bosquecillos; por doquier crecen árboles cargados de fragantes frutos, plantas frondosas, flores, pájaros y alegres y retozones animales. En esta atractiva frescura ponen los pies los nuevos argonautas, que no tardan en darse cuenta de la presencia de las bellas divinidades.
Algunas se fingen dedicadas a la caza, otras tocan dulces instrumentos, otras se bañan en las transparentes ondas. A la llegada de los jóvenes simulan miedo o vergüenza, esconden su cuerpo en el agua o se dan a la fuga entre árboles y matorrales, pero, más astutas que rápidas, poco a poco, chillando y sonriendo a la vez, se dejan alcanzar. «¡Oh, qué dulces besos, en los bosques! ¡ Qué suaves abrazos! ¡ Qué blandas caricias! ¡Qué fieros desdenes prestos trocados en gozosas risas! Lo que probaron los nuestros aquella mañana y aquel mediodía de ardientes voluptuosidades, vale más experimentarlo que imaginarlo, pero quien no pueda sentirlo que lo imagine. En pocas palabras, vencidas ya por sus amados héroes, las graciosas ninfas los adornaron con alegres guirnaldas de laurel, oro y variadas flores; luego les dieron sus blancas manos de esposas, y cada pareja con fórmulas explícitas y solemnes se jura para toda la eternidad recíproca devoción y ternura en vida y muerte». Sobre una altura se yergue un rico palacio, todo de cristal y oro, donde es recibido con pompa real Vasco de Gama, a quien la propia Tetis ofrece sus encantos. Y hasta la noche hay una fiesta espléndida; caballeros y damas toman asiento ante las mesas resplandecientes, a cuya cabecera se sientan la amable reina y el ilustre almirante; circulan platos de oro colmados de exquisitos manjares, bullen vinos aromáticos en vasos de diamante, y una melodiosa voz se eleva cantando y profetizando las futuras empresas de los conquistadores portugueses en la India ahora descubierta por el héroe.
Al final del convite Tetis da a Vasco de Gama una lección de geografía tolemaica, describiéndole sobre un globo, en un recinto apartado, el universo y los continentes terrestres, particularmente las regiones asiáticas. Luego los portugueses, aprovechando la tranquilidad del viento y del mar, reembarcan y zarpan de aquella alegre isla del amor. Surcan el plácido océano con viento constantemente propicio hasta que llegan a la vista de la tierra patria, entran en la boca del Tajo y llevan a su país, con el feliz éxito de la empresa que se les confió, una recompensa de los sacrificios hechos y un nuevo título de orgullo. Con exhortaciones y palabras de aliento al joven rey don Sebastián, el poeta concluye aquí su obra. La narración del viaje, así como las exposiciones históricas intercaladas, siguen de cerca las crónicas. Pero, como se comprende, quieren ser una celebración poética, y a ello tiende una elocución que se propone ser en todo momento solemne y elevada, y que se vale de todos los recursos técnicos de las epopeyas clásicas: descripciones, invenciones fantásticas, intermedios narrativos, digresiones gnómicas, apostrofes, vaticinios, intervenciones sobrenaturales, etc.
La participación de los númenes paganos no queda limitada al episodio de la isla del Amor, sino que acompaña a toda la aventura, ya que, mientras Venus y Marte protegen a los portugueses, Baco se les opone tenazmente, de donde resultan disputados consejos en el Olimpo y repetidas intervenciones de las divinidades antagonistas, que mueven ora en un sentido, ora en otro a las demás, especialmente a las marinas. Semejante empleo de la mitología antigua valió a Camóes acerbas censuras, pues ello se consideró completamente impropio de un exaltador de la fe cristiana. Pero muchos escritores cristianos se han servido de la misma mitología sin incurrir en censuras análogas. La realidad es que en nuestro caso bajo la crítica piadosa se oculta un justificado desencanto de naturaleza artística; en efecto, los dioses de Camóes, lejos de ser símbolos o colores retóricos o material arqueológico o puros pretextos literarios, son verdaderas divinidades que inciden en la acción, a pesar de que son tan extrañas a la conciencia del autor como a la de los personajes y al mundo histórico representado; de aquí que nos parezcan absurdas y grotescas. Independientemente de ello, la continua búsqueda del estilo trágico y la fastuosa sonoridad de las notas altas y sostenidas, están obstinadamente acompañadas y como corroídas por un pedestre prosaísmo, cuyas verdaderas raíces, más allá de su falta de refinamiento, están en la índole del autor, poco épica a pesar de sus ambiciosos propósitos, y por lo tanto con constantes vacilaciones y menguas en la calidad.
En los fragmentos más logrados y más célebres del poema se deja ver un temperamento bucólico- lírico y elegiaco, como en el episodio de Inés de Castro, la infeliz esposa morganática del príncipe Pedro, destinada a ser reina después de morir, cuya vida poética, en las estrofas de Camóes queda toda encerrada en las campiñas del Mondego, y cuyo fin, bajo el acero homicida clavado en su cuello alabastrino, no es más que un marchitarse las rosas de su rostro, un desvanecerse su color rojo y blanco; «¡tú solo, tú, Amor, con la fuerza terrible que .tanto acongoja a los corazones humanos, causaste su atroz muerte!». O como en el episodio de Adamastor, personificación del Cabo de las Tormentas, llamado luego Cabo de Buena Esperanza, monstruosa figura, maciza, gallarda, de gigantesca estatura, rostro cruel, barba hirsuta, ojos hundidos, torva actitud, color terroso, cabellos fangosos, labios negros, y dientes amarillentos, que primero hiela a Vasco de Gama con sus terribles predicciones de luctuosos acontecimientos, pero luego se deshace en lagrimosas y nostálgicas confesiones, manifestando ser uno de los gigantes sublevados contra Júpiter, haberse enamorado de la bella esposa de Peleo y haber sido cruelmente burlado por ésta; cuando creía estrechar sobre su pecho sus angélicos miembros desnudos se encontró abrazado a una dura montaña recubierta de ásperos bosques y luego, en castigo a su audacia, quedó petrificado: «los dioses convirtieron su gigantesco cuerpo en este remoto promontorio, y para colmo de los tormentos Tetis va golpeándole con estas aguas».
Una vena de cálida y sentimental sensualidad palpita entre la onda de octavas; frenada y contenida, pero aflorando en cuanto puede. Venus, para seducir a su padre, se le presenta como en otro tiempo se presentó a Paris en las selvas del Ida: por su cuello más blanco que la nieve le caen los rizos de oro, al andar le palpitan los lácteos pechos con que Cupido juega sin ser visto; con un sutil cendal cubre las partes de que la vergüenza es natural velo; pero no las cubre tanto que las oculte por completo, «sino que opone aquella transparente defensa al deseo para avivarlo y redoblarlo todavía. No de otro modo la esposa de Neptuno lleva una túnica de tela sutil, que deja transparentar su cuerpo cristalino, ya que tanto bien no merece ser escondido. Los limones sugieren a la fantasía virginales senos. Las ninfas de la isla de las delicias muestran cuanto puede la alta escuela de Venus en el arte de esconder enseñando y de conciliar simulado pudor y disimulados deseos: a su paso el viento levanta a una los cabellos de oro, a otra las finas vestiduras, y este repentino llamear de las cándidas carnes enciende y fomenta el deseo; otras, sorprendidas mientras se bañaban sin velo, fingiendo temer menos la vergüenza ,que la violencia, huyen desnudas hacia el bosque, concediendo así a los ojos aquello que niegan a las codiciosas manos. Es curioso que un poeta de la Contrarreforma se deleitase en descripciones tan lascivas.
Con mayor naturalidad se abandona Camoes al éxtasis de los colores vivos, de la luz intensa, de los sonidos clamorosos. Toda la gama de los encarnados, rojo, rubí, bermejo, escarlata, púrpura; las cosas tersas y resplandecientes; oro, plata, joyas, cristal, diamantes, estrellas, perlas, rocío, lágrimas, bombas incandescentes, cohetes, flores, rubios cabellos, sedas de varios colores, el verde de los prados, puras aguas corrientes; los rumores agudos, redoblar de tambores, tintineo de címbalos, resonar de trompetas, griterío de los marineros al zarpar y al atracar, disparos de artillería: todo esto vuelve una y otra vez a sus versos con una insistencia algo monótona y elemental, casi infantil, a causa de la poco consistente fantasía del poeta, que en cambio es ingenua y espontánea y se acompaña manifiestamente de una alegría que la materia exótica le permite apagar y repetir con frecuencia. Si tuviésemos que caracterizar este poema con una sola palabra lo haríamos como esencialmente «escenográfico»: los Lusiadas constituyen un genuino ejemplar del arte barroco; baste representarse mentalmente la figura de Adamastor o la de Tritón: los pelos de la barba y los cabellos de este muchacho son de barro empapado en agua, de sus puntas penden negras conchas y a la cabeza, como sombrero, lleva un enorme caparazón de langosta; su cuerpo, para no impedirle nadar, está desnudo, y lo mismo sus partes genitales, pero todo está cubierto de centenares de pequeños animales marinos: gambas, percebes, almejas, ostras, y otros moluscos de todas clases; una gran concha curvada en la que sopla con fuerza le sirve de trompeta.
No contradice a la definición que acabamos de proponer otro aspecto no desdeñable de la personalidad de nuestro poeta: el reflexivo, apoyado en su conciencia digna y limpia, expresado con lenguaje grandilocuente, rotundo, arquitectónico, como se puede admirar en la larga invectiva del viejo al final del canto cuarto, y continuamente en sentencias, advertencias, apostrofes, invocaciones y lamentos. [La primera traducción castellana es la versión clásica en octavas de Luis Gómez dé Tapia con el título de La Lusiada (Salamanca, 1580) reimpresa modernamente (Barcelona, 1913). En el mismo año se publicó la traducción, también en octavas, de Benito Caldera con el título de Los Lusiadas (Alcalá de Henares, 1580) y posteriormente apareció la versión de Enrique Garcés (Madrid, 1591), reeditada por Martín de Riquer (Barcelona, 1945). En el siglo XIX la traducción más divulgada es la de Lamberto Gil (Madrid, 1818) varias veces reimpresa e incluida más tarde en la Biblioteca Clásica Hernando (Madrid, 1887). Es preciso citar, además, la mediocre traducción en verso del Conde de Cheste (Madrid, 1872) y la traducción en prosa de Pedro González Blanco (Madrid, 1934). Recientemente se ha publicado una excelente versión en octavas de Ildefonso Manuel Gil (Madrid, 1955).]
S. Pellegrini
Exhala un vivo y embriagador perfume este poema ideado bajo el cielo de la India y lleno de esplendor meridional. (Schlegel)
Sobre el esquema de este juicio de Schlegel se han escrito casi todos los demás acerca de Los Lusiadas, que podrían resumirse así: «como fuerza de poesía, en verdad, no valen mucho; pero son el mayor poema heroico moderno y de todos los tiempos». (Croce)

