[Yahvé le ha ensalzado]. Atribuido al profeta Jeremías (siglos VII-VI a. de C.). Si Isaías es el profeta de la voluntad, Jeremías es el del sometimiento. Su nombre, Jeremías, de una raíz «ser alto», no corresponde a su obrar, humilde, modesto, sumiso, todo él a tono con la lamentable caída de Jerusalén. Este libro inspirado, contiene discursos, oráculos pronunciados en el espacio de cuarenta años, disquisiciones históricas y dilucidaciones o confirmaciones de los oráculos y algunos datos relativos al profeta. El orden de su materia no es el mismo en el texto hebreo (seguido por la Vulgata) que en la versión de los Setenta. Por lo general el texto griego es más breve que el hebreo.
Hay, sin embargo, diferencias de poca importancia: la sustancia en ambas versiones es idéntica. No hay sucesión cronológica en las agrupaciones de los diversos oráculos que parecen haber sido reunidos con el intento de hacer resaltar la idea principal: el tema dominante de la justicia divina, de la cual Jeremías será heraldo. Analizando el material del libro hallamos en él pasajes que se repiten en lugares diferentes; breves trozos entremezclados a manera de explicación en el desarrollo de una poesía o de una narración; pero que no se corresponden métricamente ni estilísticamente con el contexto; poesías y narraciones estrechamente afines con otros escritos bíblicos; se pasa súbitamente de la tercera a la primera persona en el curso de la narración, etc. Esta última observación muestra que el primero de los redactores debió ser el compañero del propio Jeremías, es decir, Baruc, al cual, en efecto, muchos críticos hacen remontar buena parte de los trozos narrativos en prosa. La versión de los Setenta es más breve en una octava parte que la hebrea.
Da comienzo Jeremías a sus profecías narrando dos visiones espeluznantes y simbólicas acerca de los males que abaten a la ciudad santa. Oye después la voz del Señor que le asegura su protección y le infunde atrevimiento (cap. I): Yahvé se lamenta de la enorme ingratitud de su pueblo (cap. II), y el profeta, con acentos patéticos y vivas imágenes, hace eco a las lamentaciones de su Dios (cap. III). Está desolado: «¿Hay tal vez un justo entre los habitantes de Jerusalén, capaz de alcanzar la gracia del Señor y alejar los divinos azotes?» (cap. V). «Delicada y graciosa fue en un tiempo Sión» — añade con el mismo tono vivo y suplicante el profeta—. «Pero ahora, ¿quién podrá salvarla de la extrema ruina?». Estas ardientes expresiones de dolor al final del capítulo IX dan lugar a exhortaciones enérgicas con que Jeremías quiere disuadir a sus hermanos de gloriarse de su sabiduría, más aparente que real, de confiar en su propio valor y en sus riquezas, y quiere en cambio, incitarles a reconocer en toda contingencia la mano omnipotente de Dios. El capítulo X es una poderosa requisitoria contra la idolatría; suspendiendo luego por poco espacio sus funestos oráculos, nos cuenta las persecuciones de que había sido objeto por parte de sus mismos coterráneos, prorrumpiendo, al final, en la sublimes palabras en que se alude al misterio de la Cruz: «Yo, como manso cordero conducido a la muerte, conocí los engaños de éstos cuando susurraban: démosle leña en lugar de pan, borremos su nombre del mundo de los vivos, y su nombre no será recordado jamás» (cap. XI).
Siguen episodios, anécdotas históricas que se convierten en símbolo del desgraciado fin de Jerusalén. Después de un vivo diálogo entre Dios enojado y el profeta que suplica perdón y piedad, éste, afligido se lamenta de su condición de hombre odiado y acosado a muerte, calumniado como enemigo peligroso de la nación, como usurero y pendenciero (cap. XV). Cansado de anunciar cada vez nuevas desgracias, se detiene a contemplar el sumo beneficio que concederá el Señor a Israel, cuando liberte a su pueblo de una esclavitud más dura que la de Egipto. Después pasa a contemplar otra liberación; la de la nueva Sión de la esclavitud del pecado, y aquí entona un himno, en que, con afecto y simpatía, predice la conversión de las gentes instruidas por el Mesías (cap. XVI). El capítulo XXIII está dedicado a los malos pastores y a los falsos profetas que son desenmascarados y castigados con violentos azotes. Después del capítulo XXIV se pasa, de hecho, a una nueva parte, puesto que al juicio severo lanzado contra Judá sigue un juicio igualmente severo contra las naciones infieles (cap. XXV); pero esta separación no es clara, porque después del capítulo XXVI, 1, el primer tema reaparece y se prolonga hasta el capítulo XXIX. En los capítulos XXX-XXXIII, de las horribles amenazas se pasa a más alegres augurios. Jeremías, con proféticos acentos canta el retorno de sus ya libres hermanos. «Si bien la destrucción de Israel parece inevitable, y maligna la llaga, eterna la ceguera, con todo el Señor cicatrizará su llaga, curará sus heridas, y Sión no será jamás la repudiada…».
Los capítulos XXXIV-XXXV nos narran los últimos destinos del profeta y de la ciudad hasta la emigración forzada a Egipto. Jeremías pone fin a su libro prediciendo en seis capítulos los castigos del Señor contra las gentes extranjeras, para las cuales también, como él mismo afirma, había sido llamado al oficio de profeta. En el último capítulo (LII), escribe sucintamente lo que está registrado al final del IV libro de los Reyes (v.), es decir, la última destrucción de Jerusalén, tantas veces predicha, el destierro de los judíos y la exaltación de Joaquín. San Jerónimo afirma que el estilo de Jeremías es casi rústico. Pero si su lengua no reviste la belleza y majestad por la que adquirió fama la lengua de Isaías, y a menudo parece casi descuidada, con todo no escasean los fragmentos en que se eleva hasta la sublimidad isaítica. Jeremías se nos muestra en su libro profundamente piadoso, completamente penetrado de su debilidad e impotencia. Pero cuando Dios le dice que anuncie su voluntad al pueblo, él se transforma; ni amenazas, ni insultos, ni suplicios le apartan de su ministerio. En vida no encontró más que contradictores e insidiosos; después de muerto adquirió gran popularidad y su nombre fue venerado por todo el pueblo de Dios.
G. Boson

