De la Jerarquia Eclesiástica, Anónimo

Cuarta parte de aquel «corpus areopagiticum» que gozó de tanto crédito en la Edad Media y tanta influencia ejerció en la mística cris­tiana desde el final del siglo V hasta la época del Humanismo italiano. Las tres pri­meras partes del «Corpus», tituladas respec­tivamente De los nombres divinos (v.), De la teología mística (v.), De la jerarquía celeste (v.), trataban del valor de las deno­minaciones atribuidas a Dios en la Sagrada Escritura; de la unión del alma con Dios, gracias a la evasión del alma de toda forma de actividad, para reposar en la plena pasi­vidad estática, que conduce a la visión ín­tima e identificante de Dios; del reino de los espíritus celestes y de su naturaleza, y su distribución jerárquica en tres tríadas que constituyen así los nueve coros (Sera­fines, Querubines, Tronos, Virtudes, Potesta­des, Dominaciones, Principados, Arcángeles, Ángeles).

Esta cuarta parte, en siete capí­tulos, describe la Iglesia como una imagen y un dechado de la jerarquía celeste. A se­mejanza de la distribución jerárquica de los seres celestes, el escritor señala en la Igle­sia análogamente las tríadas. Éstas quedan así individualizadas y celebradas. Ante todo, la tríada «de las divinas celebraciones sacra­mentales»: el bautismo, la eucaristía y la confirmación. Sigue la tríada de los órdenes jerárquicos: obispos, sacerdotes, diáconos. Por fin, viene la tríada de los órdenes infe­riores y de sus ministros formada por los monjes, cofrades y la clase que comprende a un tiempo catecúmenos, sirvientes y peni­tentes. Una especie de apéndice cierra esta cuarta parte del «Corpus», acerca de las costumbres practicadas en las exequias de los difuntos, que representa en el conjunto de la obra una especie de escatología. A las cuatro secciones de la obra siguen en la tra­dición manuscrita del «Corpus» diez cartas. La obra se presenta como compuesta por aquel Dionisio, miembro del Areópago, de que se habla en el capítulo XVII de los Hechos de los Apóstoles; y durante toda la Edad Media se ha creído en esta paternidad de Dionisio respecto al «Corpus».

La crítica del Renacimiento, a partir de Lorenzo Valla, a quien siguió la del oratoriano Morin a mediados del siglo XVII, había comenzado a suscitar dudas más que razonables acerca del acierto de semejante atribución. La crí­tica contemporánea por obra, sobre todo, de Koch y de Styglmayr, no se ha propues­to tanto individualizar al verdadero autor del «Corpus» como determinar el ambiente cultural a que la obra puede ser referida. En cuanto a la época del escrito, su compi­lación no puede asignarse sino a fines del siglo V, y ya en los primeros lustros del siglo VI la encontramos citada en los escri­tos del jefe de escuela monofisita, Severo. Éste, citando el «Corpus», señala al autor con estas palabras: «Dionisio el Areopagita, que fue obispo de Atenas». En el contra­dictorio confesional que tuvo lugar a fines del 532 o a comienzos del 533 en Constantinopla, entre ortodoxos y monofisitas, los segundos adujeron, en favor de su doctrina de la «naturaleza una del Dios verbo des­pués de la unión», también la autoridad de Dionisio el Areopagita. La existencia del «Corpus» en su forma actual queda atesti­guada por vez primera de manera incontro­vertible por la traducción siríaca de Sergio de Resaina, realizada en 536. En la determinación de la tendencia y de la época del «Corpus», la cuarta parte, es decir, el tra­tado de la «jerarquía eclesiástica», no es de escaso significado.

Se trata pues, de una obra pseudónima intencionalmente arquitecturada para introducir, bajo un nombre ve­nerado, en el ámbito de la especulación misticoteológica cristiana, el mundo de las configuraciones neoplatónicas con la idea central del Uno del cual todas las cosas promanan para volver en definitiva al Uno. La presencia y el conocimiento del «Corpus areopagiticum» en Occidente datan ya de la época del papa Martín I. Máximo el Con­fesor contribuyó eficazmente a su propaga­ción con su Comentario. Entre las traduc­ciones latinas sobresale la escrita por Escoto Erigena, en la época de Carlos el Calvo. La edición príncipe del texto griego se pu­blicó en Florencia en 1516, lo cual es tam­bién señal del crédito de que la obra gozaba en el mundo humanista italiano de fines del siglo XV y principios del XVI. El jesuita Corderius nos dio una edición cuidadísima, en Amberes, en 1634. Esta edición se reeditó en Venecia, en 1755, y está reproducida en el Migne (Patrología griega, III-IV).

E. Buonaiutt