Tratado en cuatro libros de Aristóteles (384-322 antes de Cristo), obra poco ordenada en su composición, que debe considerarse como continuación y complemento de la Física (v.). El cielo (y por el cielo Aristóteles entiende no sólo la sustancia supraterrena, que se mueve circularmente, sino todo el mundo envuelto por el éter) está dotado de movimiento circular; el único perfecto y eterno. El cielo es algo divino, pero no infinito. En efecto, no hay cosa perfecta que no sea finita; el cielo encierra en sí todas las cosas pequeñas y grandes. En cuanto eterno, no puede haber sido creado, pues todo lo que ha sido creado está destinado a perecer un día; goza más bien de un perpetuo presente, como el ser que le da el movimiento y con el cual tal vez se confunde. El centro del movimiento celeste es la tierra inmóvil y pesada; encima de ella están los otros tres elementos constitutivos del cosmos: el fuego, que es el más ligero, y, en medio, el agua y el aire. Todo en la ordenación celeste es perfecto y maravillosamente regular; así la posición de los astros y su movimiento más o menos veloz, según la distancia del astro al centro.
Por analogía con el cielo, que es esférico y se mueve de derecha a izquierda — el porqué de esto está por encima de la comprensión humana—, también los astros tienen forma esférica. En el centro está la tierra, siempre inmóvil. A este propósito Aristóteles examina y confuta las hipótesis pitagóricas en torno a un probable movimiento de la tierra en derredor de su eje. Es curiosa su tentativa de explicar de qué manera puede la tierra, pesada como es, permanecer suspendida, inmóvil, en el centro del universo. Este tratado posee un interés preeminentemente histórico; en él se ha acumulado toda la experiencia científica de la antigüedad acerca del asunto, en una tentativa de sistematización definitiva. Aquí y allá, en medio del cúmulo de errores, relampaguean extrañas intuiciones de la verdad. Es interesante notar cómo aun aceptando la hipótesis de una tierra inmóvil, centro del universo, y haciendo de ello toda la base de una concepción que, a través de la astronomía tolemaica, será acogida sin discusiones por el pensamiento medieval, Aristóteles no oculta alguna duda acerca de la verdad de todo lo que se limita a afirmar.
A. Mattioli

