[La Maison Tellier]. Recopilación de novelas cortas de Guy de Maupassant (1850-1893), publicada en París en 1881. Después de la revelación de Bola de sebo (v. Las veladas de Medan) inició el decenio de la mejor producción del autor. El cuento que da el título al volumen es uno de los más característicos suyos, una obra maestra. Las muchachas de una casa de prostitución van a celebrar, en un pueblecito, la primera comunión de una sobrinita de la patrona; allí, en un ambiente completamente distinto, en especial en la iglesia, sienten por un momento la nostalgia de la antigua pureza y su ferviente y conmovida piedad es motivo de santa edificación para los fieles. Pero muy pronto, al volver a su vida, se adaptan a sus alegres costumbres y los clientes las encuentran más alocadas y procaces después de la breve ausencia. Son muy vivas todas las figuras, entre las cuales destaca la comedida señora Tellier, la propietaria, que dirige el local con la prudencia requerida por sus mejores habituales, los burgueses de una pequeña ciudad provinciana. El Maupassant rústico, que describe, sano y robusto, la vida del campo, se afirma magistralmente en la «Historia de una criada de granja». La protagonista es seducida, hecha madre y abandonada por un compañero de servicio; continúa trabajando, más que antes, para mantener al hijo, escondido en otro lugar.
Cuando el patrón quiere casarse con ella, accede sólo después de largas insistencias. Muy pronto él la ofende, la maltrata porque no le da un hijo, y ella entonces revela su secreto, por lo cual precisamente no quería casarse. El buen hombre, contento, recibe en su casa al pequeño. Pero en cuanto reaparecen los burgueses, vuelve el sarcasmo. Un empleaducho vive la vida más miserable, bajo la obsesión de una carrera siempre fracasada; cuando parece que ha muerto la anciana madre que vive en su casa, aparecen todas las ambiciones, surgen las discusiones entre parientes, mientras la vieja, que sólo ha sufrido un síncope, recobra el sentido («En familia»). También son burgueses los que se abandonan por una sola vez a la desconocida alegría del aire libre («Una jira campestre»). En ella, una muchacha, después de una jira en barca, se deja poseer por el joven remero, recién conocido. Siempre le quedará el recuerdo de aquella hora, de aquel lugar, cuando se case con el hombre insignificante que ya le estaba destinado. Luego se leen las páginas sobre el canto del ruiseñor, dignas del «discípulo» de Flaubert y a menudo recordadas por las posteriores del Inocente (v.) de d’Annunzio.
Menor relieve y amplitud tienen las demás novelitas que, sin embargo, muestran todas algún carácter del arte singular del escritor. Hay sencillo humorismo en la fingida viuda que en el cementerio seduce a los hombres («Las funerarias»), en el marido que al pasar la edad del amor pone en guardia a sus iguales contra el peligro que conduce al matrimonio («En primavera»). «El abuelo de Simón» expresa el sentimiento de un chiquillo que en la escuela siente por primera vez la vergüenza de ser hijo de la culpa. Y mientras un arduo y escabroso argumento está tratado con seguridad en «La mujer de Pablo», en «Sobre el agua» se insinúa, ya la pesadilla, el terror, que a continuación y lentamente aparecerá con mayor frecuencia coloreando la inspiración de Maupassant.
C. Cordié
He tenido la impresión de que se trataba de Moliere, sencillamente. Es sin duda lo mejor que ha producido la literatura naturalista. (De Gourmont)

