Cascanueces y Rey de los Ratones, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

[Nussknacher und Mausekóning]. Fábula de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), incluida en los Hermanos de San Serapión (v.), publicados en 1816. En la casa del médico provinciano Stahlbaum se festeja el árbol de Navidad. Los niños, Fritz y María, se entusiasman con los mag­níficos dones. Especialmente su padrino Drosselmeier, un curioso hombrecillo ma­ravillosamente dotado para la mecánica, pero al que los niños tienen un poco de miedo porque es bronco y misterioso, les ha regalado un castillo cuyos habitantes bailan y pasean al son de la música. Pero el ju­guete mecánico cansa pronto a los niños, que terminan por preferir, Fritz sus solda­dos, y María sus muñecas. Pero María se siente también irresistiblemente atraída por un cascanueces: un hombrecito de made­ra, vestido de húsar, con dos esbeltas piernecitas y en la mirada una dulzura melan­cólica que conquista el corazón de la niña. Cuando, terminada la fiesta, todos se van a la cama, María penetra en el cuarto de los juguetes; al dar la media noche los jugue­tes comienzan a vivir, y, dirigidos por Cas­canueces, riñen una batalla contra una le­gión de ratones, guiados por su rey.

María, primero se asusta, luego interviene a favor de su predilecto amenazado gravemente, pero con la violencia de sus movimientos, rompe la vitrina de los juguetes y se hiere gravemente. Mientras está en cama, conva­leciente, el viejo Drosselmeier le cuenta una fábula (artificio frecuente en los románti­cos). La Princesa Pirlipat ha sido embruja­da por el rey de los ratones, que la vuelve fea y paralítica para vengarse de su madre, la reina, que le negó su ración diaria de to­cino. Sólo puede salvarla un joven capaz de romper para ella con los dientes la durí­sima nuez Krakatuk. Después de mucho buscar y viajar por varios continentes, el joven es encontrado en Nüremberg. La prin­cesa se cura, pero, en contra de la promesa hecha, no quiere saber nada de casarse con su salvador, el cual, herido por el mismo maleficio, se ve convertido en un pobre ra­quítico, con dos piernecitas escuchimizadas. María se cura; continúan los combates noc­turnos; la buena María, para aplacar el hambre del rey de los ratones y salvar a Cascanueces, sacrifica sus dulces predilectos, sus libros ilustrados y hasta sus vestidos más hermosos. Por fin logra comprender que el salvador de la princesa Pirlipat es precisa­mente el sobrino de su padrino Drossel­meier, transformado luego en Cascanueces.

Pero cuando afirma convencida que Pirlipat ha hecho muy mal negándose a des­posar a su salvador, el prodigio se realiza, y Cascanueces se convierte en un hermoso joven que será más tarde el esposo de María. De este modo la fábula, iniciada con colo­rido realista de ambiente burgués, pasa lue­go al mundo de lo fabuloso. También el es­tilo del autor funde el elemento racional con el sueño. Lotario (uno de los correli­gionarios de San Serapión, que narra la fá­bula) declara que para componer obras si­milares a ésta se necesita más que para nin­guna otra un ánimo límpido y tranquilo, ya que, como por todas partes, la obra se eleva hacia lo alto, necesita un fuerte núcleo de buen sentido y de humanidad.

B. Allason

*   La fábula de Hoffmann inspiró a Alejan­dro Dumas padre (1803-1870) una de sus numerosas narraciones para niños. Casse- Noisette.

*   De Dumas la tomó el músico ruso Pedro Tchaikowski (Peter Ilijc Caikovskij, 1840- 1893) para el baile del mismo nombre en dos actos y tres escenas op. 71, Cascanue­ces [Casse-Noisette], compuesto y ejecuta­do el mismo año en San Petersburgo, con la ópera Jolanthe. La reducción escénica conserva la misma contraposición de rea­lidad y sueño que caracteriza a la fábula. Clarina y Fritz, junto con muchos regalos de Navidad, reciben de su abuelo, un respe­table consejero alemán, un extraño casca­nueces, un hombrecito con grandes dien­tes. Al salir de la cesta depositada al pie del árbol de Navidad, la consabida pare­ja de la muñeca y el soldado comienzan a danzar en plena fiesta familiar. Pero los encantos comienzan verdaderamente cuan­do la compasiva Clarita se levanta por la noche para ir a ver cómo se hallaba el hombrecillo que había resultado con los dientes rotos por una nuez demasiado dura que le había dado Fritz. Una batalla entre los ratoncitos y las muñecas de mazapán y soldados de estaño precede a la metamorfo­sis de Cascanueces en príncipe de fábula y al viaje-premio de Clarita, a la que él guía por el país de las hadas a través de un vuelo en un bosque de árboles de Navidad donde los copos de nieve bailan elegantísimas dan­zas.

La meta del viaje es el palacio de un hada, en el que Clarita se ve servida por un bufet danzante: chocolate, café, té, con diversas exhibiciones de Polichinela; de Ma­má Cigüeña y de vagas fantasías florales. Para terminar, baile general, natural­mente con ritmo de vals. Los tonos fabulescos del baile tienen el carácter de puro «divertimiento». La idea le fue sugerida a Tchaikowski por el coreógrafo francés Petipa y el músico perfeccionó la experiencia anterior de La Bella Durmiente del bosque (v.) que había sido el primer fruto de la co­laboración con el coreógrafo príncipe de los Ballets Imperiales de San Petersburgo y su revelación como ideal proveedor de música de danza. Siguiendo la serena arbitrariedad de la fábula, con su desenvolvimiento de linterna mágica, el contenido musical se adapta a su función de pista motora con absoluta naturalidad de invención, con me­dida perfectamente realizada. Cuando se hallan reflejos de ella en Stravinski (por ejemplo, la especie de cancioncilla mecánica que sirve de núcleo a la danza de los mis­teriosos Mirlitones, regular y segura como un ejercicio de bailarinas en la barra, y que se halla, más o menos fielmente refleja­da, en Juegos de cartas y también en el Apolo) es debido a su fuerza elemental de música-gesto adecuada al gusto del autor de Noces, gran defensor de Tchailkowski. Pero el valor que le proporcionó la conside­ración oficial del Cascanueces es el instru­mental: del tipo «agradable por excelencia, centrado con tal economía de medios y de manera tan apropiada que se puede llamar magistral». Tchaikowski fue el primero en advertirlo extrayendo del baile, casi al mis­mo tiempo, su redacción de la Suite sinfó­nica (Obertura, Danzas características: a) Marcha; b) Danza del Hada Draga; c) Dan­za rusa o Trepak; d) Danza árabe; e) Danza china; f) Danza de los Mirlitones (Vals de las flores), reducida a fuerza de popularidad a servir de plato fuerte a las músicas lige­ras de todo el mundo.

E. Zanetti