Las serranillas de Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana (1398-1458), representan la parte más original de su Cancionero, que no debe lo mejor de su contenido poético a la inspiración clásica e italiana. Consideradas por regla general como obra juvenil (se hacen remontar al período 1429-40), son unas variaciones sobre el encuentro del caballero y de la pastora, según la tradición de las pastorelas provenzales y de las «cantigas de amigo» o «de ledino» de la poesía lírica galaicoportuguesa, que el marqués tuvo ocasión de conocer de niño. Las dos primeras, la «Serranilla del Moncayo» y la «del Trasovares»/ repiten la forma de la disputa y de la tensón de amor tradicionales: el caballero solicita y la pastora resiste, pero por fin se rinde, cuando no es la propia pastora la que ataca, mientras la escena se anima con alusiones irónicas y maliciosas de depurada sensualidad.
En la tercera, la «Serranilla de Lozoyuela» («Después que nascí, / non vi tal serrana / como esta mañana») el motivo está suavizado por una extrema musicalidad, que en la sexta, la célebre «Serranilla de la Finojosa» («Moza tan fermosa / non vi en la frontera, / como una vaquera / de la Finojosa») se modula en ritmos ligeros y fluidos, que evocan arroyos y prados. En las otras, la «Serranilla de Bedmar», la «del Manzanares», la «de Robledillo», la «de Bores», la «de la moza lepuzcana», en el refinado estilo del motivo folklórico, crea unas imágenes alegres y primaverales, que animan de una manera original antiguos motivos sacados de toda una tradición literaria. Las Serranillas representan en la obra de Santillana, alimentada por tantos jugos humanistas y doctrinarios, la reaparición de una originaria lengua poética que llegará intacta hasta Lope de Vega y Góngora.
C. Capasso
Santillana, en estas estilizaciones de lo popular, ha realizado un arte que Lope de Vega, siglo y medio después, no llegó a superar. (A. Valbuena Prat)

