[Il sabato del Villaggio]. «Idilio» de Giacomo Leopardi (1798-1837), compuesto en 1829 y publicado en la edición de los Cantos (v.) de 1831. Es la más famosa composición de Leopardi. El encanto que la ha hecho célebre, sin duda no dejará de sorprender a quien advierta en el Sabato del villaggio lo que hay de menos feliz y natural.
Es intensa la belleza persuasiva de los pormenores, en aquella luz de alegre anochecer que parece envolver todas las imágenes y, en aquella unidad del paisaje, justificar hasta cierto exceso conceptual. La viejecita caminando hacia donde se pierde el día — vaga distancia que parece traducir la lejanía del tiempo juvenil de donde surgen sus recuerdos —, la blancura de la recién salida luna, los niños en la plazuela llena de gente, y aquella insistencia, grave y patética: «Mañana tristeza y hastío traerán las horas», son los rasgos más lozanos y juveniles de esta poesía, y con todo, la composición gira en torno al tema de la «fiesta próxima», con una insistencia cargada de pormenores, expresando una alegría de la vida humana, la cual no comporta semejante comparación, porque la vida no puede ser comparada a un aspecto ‘de sí misma, y llegamos a leer «al día de fiesta, los días de fiesta, de la fiesta que viene, a la fiesta de tu vida, pero tu fiesta», sin contar las perífrasis para decir lo mismo. Porque a diferencia de lo que hizo en la Calma después de la tempestad (v.), aquí el poeta ha intentado introducir en la misma escena descrita el significado alegórico que se propone sacar de ella, y después no vacila en repetirlo en la sentencia y moraleja de sus últimos versos.
Éste no es un sábado cualquiera, sino el sábado: con la doncellita que lleva el ramito de rosas y violetas para adornarse con él — nueva imagen pintoresca — el pecho y el cabello. Y la viejecita, el sábado por la noche habla de los días festivos en que solía danzar, en sus años de juventud, y el labrador, silbando, piensa en el día festivo de su reposo, y el herrero, y el leñador trabajan para terminar su labor antes del alba festiva. Parece que la vida se desenvuelve como en un coro de drama musical. Divina pintura al óleo, podemos decir, y si por intensidad y elegancia sobrepasa a todos los cuadritos de género de los siglos XVII y XVIII, no es seguro que quepa preferir el Sabato del villaggio a algunas famosas baladas de Sacchetti donde se describen imágenes de vida cordial y popular campestre. Y a quien opusiese que éstas viven por la sola gracia de una festiva representación, mientras Leopardi emplea el Sábado para significar la juventud y el destino de la vida humana, será menester contestar que precisamente esta significación sabe a artificioso y hasta a abstracto.
Lo que en el Sábado queda más vivo es la representación de una noche de mayo en una aldea; y para percibirla más pura es menester borrar mentalmente las alusiones a la tesis leopardiana que se inserta en cada uno de los personajes, desde la joven a la viejecita, al herrero, al poeta que mira y saca su moraleja para los muchachos. Entonces es cuando se capta aquella ternura doliente que parece casi una alegoría, con la relación que hay entre la sonrisa y la risa.
F. Flora
Dos idilios deliciosos (Sábado de la aldea, Calma después de la tempestad) salidos de una serena imaginación apenas oscurecida por la habitual tristeza de la reflexión… Descripción y reflexión se hallan una fuera de otra, cada cual en su sitio. La reflexión viene después, como la moraleja de la fábula, que nada tiene de amargo ni de personal, con el aspecto de una mera consideración filosófica. (De Sanctis)
Al contenido sentimental de su poesía, Leopardi debió sobre todo el poder salvar sin esfuerzo los obstáculos que debían por lo demás oponerse a un escritor muy culto, de clásico y docto lenguaje, de clásico comedimiento, en aquella época de férvido romanticismo literario… Y por ese contenido sentimental y pesimista él consiguió notoriedad y estimación europea. (B. Croce)

