Sabiduría

Libro del Antiguo Testamento (v. Biblia), escrito entre el año 100 y el 50 a. de C., no ins­crito en el canon de los hebreos por estar redactado en lengua griega. El autor, cuyo nombre se desconoce, fue probablemente un judío oriundo de Alejandría.

Es un libro tanto más importante por cuanto trata pro­fundamente un asunto que seguidamente recogieron y completaron los evangelistas, los apóstoles y especialmente San Pablo, de acuerdo con las nuevas enseñanzas de Jesús. La sabiduría es el verdadero conoci­miento de Dios y de las cosas divinas; cons­tituye un don divino, tanto la sabiduría es­peculativa como la práctica; es una especie de participación en aquella Sabiduría In­creada por la que Dios creó a todos los se­res y los gobierna. He aquí el tema sublime, desarrollado y demostrado con una claridad casi evangélica. Leyéndolo advertimos que el misterio de la Trinidad está señaladamen­te simbolizado: en efecto, la Sabiduría con­tiene en germen la doctrina del Verbo, por cuyo medio Dios realizó el todo (IX, 1, cfr. San Juan, I, 3). El Verbo es omnipo­tente; y la misma sabiduría que procede de Dios, consustancial con Dios, que en sí reúne la infinita virtud, la infinita bondad divina (VII, 25 seg.) se halla junto al trono de Dios (IX, 4, San Juan, I, 3, «sentada a mi diestra»).

También es insinuada la ter­cera persona: el Espíritu Santo (I, 3), que es el espíritu del Señor (I, 7), el cual desciende del cielo (IX, 17). En el capítulo VIII, versículo 7, se alude también a las cuatro virtudes cardinales: templanza, pru­dencia, justicia y fortaleza. El autor se pro­pone directamente la instrucción del rey en los principios y juicios de este mundo: «Amad la justicia, oh vosotros que juzgáis la tierra», son sus palabras introductivas. En la primera parte, que es teoricopráctica, son reseñados todos los motivos adecuados para hacer estimar y buscar la sabiduría, y se exponen sus ventajas. Salomón, el más sabio de los reyes, es evocado para incitarnos a tal búsqueda. Es eficacísimo en la descripción del Juicio Final, el estilo en el retrato del epicúreo incrédulo (II), en la explicación de la sabiduría (VII, 26-VIII, 1); incisivo y sarcástico cuando trata de la idolatría (XIII, 11-19). Exhortaciones infla­madas, súplicas y ardientes aspiraciones brotan de cuando en cuando del corazón conmovido del autor, en su intento de mos­trar las ventajas de la sabiduría.

La segun­da parte tiene un fondo histórico, y es una especie de paráfrasis de la plegaria que Sa­lomón dirigió al Señor en el primer día de su reinado para implorar la sabiduría. Se describen después los efectos de este don celeste en el ánimo de los patriarcas y entre todo el pueblo elegido de Dios, exponiendo la inconsistencia de la idolatría y la co­rrupción propia del ateísmo. En los prime­ros capítulos del libro (I-VI) se ofrecen esbozos de doctrina cristiana sobre la in­mortalidad del alma, sobre el diverso trata­miento de los buenos y los malos inme­diatamente después de su muerte, sobre el juicio divino y sobre la recompensa y el castigo.

G. Boson