Dióptrica, Johannes Kepler

[Diopírica]. Obra científica publicada en 1611 en la que el astrónomo se propuso dar una teoría del anteojo, instrumento cuya invención era aún muy reciente. (Lo había descrito G. B. Della Porta en su Magia natural (v.); la primera realización se había llevado a cabo en Holanda, en Middelburg, entre el 1591 y el 1608 tal vez por obra de varios fabricantes de lentes entre los cuales descuellan Zacarías Janssen y Lippershey).

Kepler comprendió perfectamente que, para formular una teoría del nuevo instrumento que entonces era objeto de la admiración universal, era necesario conocer la ley que nosotros llamamos «ley de re­fracción» (descubierta solamente mucho más tarde por el holandés W. Snellius en 1615). Por esto ideó y construyó un dispo­sitivo al cual llamó «instrumento anelástico» formado por dos tableros perpendiculares dispuestos uno horizontalmente y el otro verticalmente. En el ángulo diedro que forman, ponía un cubo de cristal de la misma altura que la del tablero vertical.

El aparato era expuesto a los rayos sola­res y era facilísimo comprobar que (por efecto de la refracción en el vidrio) los rayos solares r formaban un ángulo B A C (llamado «ángulo de incidencia» en nues­tra ley de la refracción), mayor que el ángulo A’ B’ C’ (llamado «ángulo de re­fracción»). El dispositivo era ciertamente ingenioso, pero Kepler, a pesar de las re­petidas medidas con rayos de variada inclinación, en vez de la ley exacta encontró otra bastante más complicada e imprecisa. Con todo, en el caso de los telescopios nos encontramos con ángulos re­lativamente pequeños y, entonces, la ley de refracción presupuesta por Kepler es válida por aproximación.

Por eso el gran astrónomo consiguió resolver en algunos casos particulares el problema de la dis­tancia focal de las lentes y pudo establecer las bases, por lo menos, de una teoría correcta del anteojo. Luego B. Cavalieri consiguió resolver de una manera más com­pleta estos difíciles problemas. En la mis­ma obra el autor describe el dispositivo conocido precisamente con el nombre de anteojo de Kepler (o «astronómico»: que da imágenes invertidas), distinto del prece­dente dispositivo de Galileo (o anteojo te­rrestre de imágenes directas): los radios R1 R2 casi paralelos, puesto que provienen de un objeto sumamente lejano (por ejem­plo. un planeta), dan lugar, pasando por la lente L, de foco F, a una imagen A’ B’, invertida y empequeñecida.

Pero tal ima­gen cae entre la lente L y su foco O, de manera que el ojo, puesto detrás de la lente, ve no A’ B’, sino su imagen A» B” bastante aumentada según la conocida cons­trucción. La lente L dirigida hacia el ob­jeto llámase «objetivo»; la O (al cual se aplica el ojo) llámase «ocular». En el dis­positivo de Galileo en vez del ocular se encuentra una lente divergente que pro­voca análogo efecto de aumento, pero «en­dereza» la imagen. En esta obra Kepler explica con bastante exactitud el fenómeno de la visión completando todo lo que había sido descubierto antes de él por Rufo de Efeso, médico de la época de Trajano, has­ta Leonardo y Maurólico, investigadores todos ellos que ya habían puesto de relie­ve la forma y función del cristalino, in­tentando — los dos últimos — una «expli­cación» de los lentes, que llegó a ser «cua­litativamente» exacta en Maurólico. Kepler fue el primero en indicar que la forma­ción de las imágenes tiene lugar en la retina misma, y que en los miopes se for­ma «delante» de la retina, mientras que sucede lo contrario con los hipermétropes.

U. Forti