LUCRECIA SE OSCURECE (Javier Vivancos)

"¿Sabes?, eran cuatro… los delcoche… Todavía hay trabajo que hacer". Con esas palabras, Lucrecia heló la sangre de sus dos únicos amigos. Aquello suponía el regreso del dolor y de la venganza.

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Se trata de una novela ambientada en la época actual en ciudades y pueblos de la Región de Murcia, si bien los sitios y elementos son en su mayor parte ficticios. Está narrada en tercera persona, con un estilo bastante directo, y a un ritmo contenido gozando en su estructura de las peculiaridades del thriller.

            La historia que cuenta es la de la soledad, la de los problemas de la infancia y la adolescencia, y su influencia posterior, la de las malas compañías, la del simbolismo que subyace en todo lo esotérico. Es una novela destinada al lector medio de literatura de suspense (con elementos de novela negra) o incluso de terror psicológico. Pese a contar algo más de lo que en el texto aparece, no exige de grandes elucubraciones mentales, y se puede leer de una sentada pese a su extensión. El núcleo básico de la historia puede resumirse en: chica solitaria acosada por otros jóvenes decide jugar con magia para acabar con sus problemas, alcanza la tranquilidad, incluso la felicidad, pero luego todo se tuerce, renacen las ansias de venganza y se acaban perdiendo los puntos de referencia.

            Como características destacables, como ya he mencionado, el ritmo; también escenas repetidas narradas desde diferentes perspectivas, enlazadas unas con otras de forma complementaria, escenas de verdadero caos psicológico con pensamientos múltiples y diálogos entremezclados…, y aúna las explicaciones racionales con las paranormales sin decantarse por ningún extremo, de hecho, podría haberse contado esta misma historia desde dos explicaciones opuestas, y el desenlace sería el mismo. Ésta es una novela que hace numerosos símiles con los que el lector puede sentirse identificado. Es entretenida, dura, sentimental, con los giros suficientes (no excesivos) para un argumento que parece no acabarse y que no concluye con el final más predecible. Incluso el epílogo es bastante macabro, nos transmite un mensaje positivo, pero nos deja un sabor agridulce.

            En resumen, se trata de una novela entretenida y emocionante hasta el final, con escenas muy impactantes, personajes bien definidos (no clichés al estilo Dan Brown), y plena de elementos de actualidad: el bullying, las drogas, la venganza, la magia negra…, pero entremezclados y conjugados en una historia coherente y con buen ritmo, que logra capturar la atención desde el principio y mantenerla, dado que nunca está claro el desenlace; probable, sí, pero evidente no. Ha sido definida en numerosas ocasiones como “cautivadora”.

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Pequeña gran literatura

Pequeña gran literatura

JOSÉ ABAD

 Lo de "literatura infantil y juvenil" no es sólo una drástica simplificación, como toda etiqueta, sino un marbete impreciso donde los haya que, en vez de presentarnos el producto, hace una valoración equívoca del mismo en virtud de su destinatario potencial. No todas las novelas para jóvenes pueden presumir de juventud, qué más quisieran; infinidad de ellas vienen al mundo con artritis, problemas de vista y acusada sordera, achacosas, irremediablemente asistencia, viejas. Tampoco los libros para niños son siempre infantiles; un adjetivo, además, que en literatura siempre ha arrastrado una estela negativa. Siendo como es para niños, como tal nació, pocos se atreverían a calificar de "infantil" la Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll, un artefacto poético nada inocente, diría subversivo, cuyo objetivo no sólo es construir un universo de fantasía autosuficiente, sino trastocar la concepción de la realidad, más aún: cuestionar el orden social aceptado… Todas estas cuestiones terminológicas son secundarias, ni qué decirlo, pero apuntan la desidia con que la crítica suele afrontar el análisis de un capítulo que atrae a no pocas editoriales e impele a numerosos profesionales, en fin, que mueve muchos dineros.

Las cuestiones principales, por supuesto, se refieren a forma y contenidos: ¿Qué métodos se emplean para retener a un lector joven y, con toda seguridad, tentado por las sirenas de los mil artilugios que hoy ofrece el mercado audiovisual? ¿De qué material poético o narrativo se sirve el escritor para construir su propuesta? Y sobre todo, ¿qué moralejas se enseñan, aunque no sepamos si se aprenden, en este marco literario? A la primera pregunta se responde con una sola palabra: claridad. El escritor que se sube a este tren debe olvidarse de todas las martingalas estilísticas de que es capaz y apostar por la mayor transparencia posible. Al lector bisoño no hay que demostrarle qué bueno se es; más bien al contrario: lo ideal es no hacerse notar. Cuantos menos alardes, mejor. Esto explica por qué un autor como Robert Louis Stevenson o una novela centenaria como La isla del tesoro (1883) todavía hoy consiguen reclutar a enteras generaciones de nuevos lectores. Tiempo tendrán luego éstos, si siguen en la brecha, de extraviarse en esos laberintos revueltos que tanto gustan a algunos adultos. Las otras preguntas pueden responderse, en parte, a través de un ejemplo reciente.

En su última novela, Donde nace el sol, Federico Villalobos, un autor con amplia experiencia en este campo, retoma el argumento milenario de la búsqueda del Vellocino de Oro con un objetivo más que apreciable: rescatar un patrimonio cultural enorme que este tipo de literatura puede descubrirle al joven con mayor eficacia que el mejor de los manuales de Historia (con todos mis respetos por dichos manuales), un material del que aprender, con el que divertirse, al alcance… No obstante, esta herencia no debe (más aún: no puede) recuperarse tal cual; hay que adaptarla, y se adapta, a la sensibilidad hodierna: el niño y el adolescente responden mejor a la identificación que al extrañamiento. Así pues, Jasón ya no es el héroe inmaculado de las antiguas gestas; ahora es un pescador que vive humildemente de su trabajo y se niega a sucumbir al monopolio del ambicioso Pelias, tío suyo para más señas, dueño y señor de la pequeña localidad de Yolco.

Villalobos le habla al lector de países y paisajes lejanos, pero reconocibles en sus trazos esenciales; le habla del mar, siempre el mar, de barcos y marineros, de tormentas y horizontes, de empresas donde satisfacer la sed de aventura y aprender un mínimo de honradez, que tampoco está mal. Este autor, que ha confesado en alguna ocasión su apego a la obra de Stevenson, demuestra que este afecto es auténtico. Su prosa es esmerada, limpia, exacta. ¿Y la moraleja? Hay varias. Desde el primer capítulo al último se pondera ese bien precioso que es la amistad. La novela trenza, asimismo, una defensa de la dignidad individual con una denuncia de toda forma de opresión: "Cuando uno es su propio dueño, la buena y la mala suerte le tocan por igual –dice Jasón a Pelias–. Pero cuando el amo es otro, para él es toda la mala suerte, y el amo se queda con la buena". No escasean los apuntes obscuros. Como buen relato iniciático, el protagonista va al encuentro de lo más grato e ingrato de toda existencia; sin embargo, el mensaje último es constructivo, siempre. La llamada "literatura infantil y juvenil" no pertenece a la escuela del desencanto. Y está bien que así sea.

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Los hermanos Karamazov (fedor Dostovievsky)

Esta novela es generalmente considerada una de las mejores novelas del escritor ruso Fiódor Dostoievski y la culminación del trabajo de su vida. Ha sido aclamada, citada y analizada por diversos escritores del mundo entero, tales como Sigmund Freud, Andrew R. MacAndrew, Konstantin Mochulsky y hasta el Papa Benedicto XVI como una obra maestra de la literatura y una de las más grandes novelas jamás escritas.

El libro puede leerse en dos niveles: en el más superficial se encuentra la historia de un parricida con el que todos los hijos del hombre asesinado comparten diversos niveles de complicidad; pero en un nivel más profundo se encuentra el drama espiritual de un conflicto moral que involucra: fe, duda, racionalismo y libre albedrío. La novela fue compuesta en su mayor parte en la localidad de Staraya Russa, al sur de Novgorod, la cual es también el marco principal de la historia. Dostoievski pasó cerca de dos años escribiendo Los hermanos Karamazov, que fue publicada como una serie en El Heraldo Ruso, y completada en noviembre de 1880. El autor murió menos de cuatro meses después de la publicación de esta obra.

Contexto y ambiente

Dostoievsky comenzó sus primeras notas de Los hermanos Karamazov en abril de 1878. Varias de las influencias de Dostoievski se perciben en las primeras etapas del borrador de la novela. En principio se ve el profundo efecto que el filósofo y pensador ruso Nikolai Fiodorovich Fiodorov tuvo en Dostoievski en ese periodo de su vida. Fiodorov abogaba por un Cristianismo en el que la redención y resurrección del ser humano pudiera ocurrir en la tierra cuando los hijos redimieran con sus acciones los pecados de sus padres; de este modo se lograría la unión de la raza humana en una familia universal. La tragedia del parricidio en esta novela se vuelve aún más conmovedor debido a la completa inversión de esta ideología. Los hermanos en la historia no sólo no ganan la resurrección de su padre, también son cómplices en su asesinato, actos que en sí mismos representan la completa desunidad de la humanidad para Dostoievski.

Aunque la religión y la filosofía influyeron profundamente a Dostoievski en su vida y en Los Hermanos Karamazov, una tragedia mucho más personal alteró el curso de esta obra. En mayo de 1878 la creación de la novela de Dostoievsky fue interrumpida por la muerte de su hijo de tres años, Alyosha. Aún cuando este suceso era trágico en cualquiera de las circunstancias, la muerte de Alyosha fue devastadora para Dostoievski a causa de que el niño murió de epilepsia, una condición que había heredado de Dostoievski. El dolor del novelista es palpable al leer el libro. Dostoievski nombró Alyosha al héroe de la novela, además de dotar a éste con todas las cualidades que él mismo admiraba. Esta tragedia también aparece en la novela como la historia del Capitán Snegiryov y su pequeño hijo Ilyushechka.

Una experiencia muy personal también tuvo influencia en la decisión de Dostoievski de que fuera un parricidio el crimen que dominara la acción externa de la novela. Al tiempo que cumplía con su sentencia de katorga (trabajos forzados) en Siberia por hacer circular textos polìticamente subversivos en los 1850s, Dostoievski conoció a un joven llamado Ilyinsky que habìa sido condenado por asesinar a su padre para convertirse en heredero. Casi 10 años después de este encuentro, Dostoievski se enteró de que Ilyinsky había sido injustamente condenado y más tarde exonerado cuando el verdadero asesino confesó su crimen. El impacto de este encuentro en el autor es bien claro en la novela, ya que es el principal vehículo de la trama. Muchas de las características físicas y emocionales del personaje Dmitri Karamazov son muy parecidas a las de Ilyinsky.

Estructura

A pesar de haber sido escrita en el siglo XIX, Los hermanos Karamazov presenta un cierto número de elementos modernos. Dostoievski compuso el libro con una variedad de técnicas literarias que llevaron a muchos de sus críticos a llamarlo "descuidado". El ejemplo más relevante que puede mostrarse al lector es la narración omnisciente. Aunque el autor evita mezclarse con muchos de los pensamientos y sentimientos de los personajes protagonistas, se auto-proclama escritor, y caracteriza sus propios manerismos de tal forma que a menudo, a lo largo de la novela, él mismo se transforma en un personaje. A través de sus descripciones, la voz del narrador emerge imperceptiblemente en la de las personas que describe. Así, no existe una voz autoritaria en la historia.

El lenguaje es otra técnica única que Dostoievski emplea en su obra. Cada personaje tiene una manera particular de hablar que expresa mucho de la personalidad íntima de una persona. También tenemos que la novela se aparta de la trama en ciertas ocasiones para penetrar en la historia y la personalidad de otros personajes que en un principio ni siquiera podían ser considerados importantes para el lector. La narrativa en el sexto libro está casi enteramente dedicada a la biografía de Zosima, la cual también contiene una confesión de un hombre que Zosima conoció muchos años atrás, lo cual no tiene ninguna relación con los eventos que suceden en la trama principal.

Traducciones

Los diferentes tipos de técnicas literarias y distintas voces usadas en la novela hacen que la elección de una buena traducción sea de vital importancia. Los hermanos Karamazov ha sido traducida del original en ruso a varios idiomas.

Traducciones al inglés

En inglés, la traducción de Constance Garnett probablemente continua siendo la más extendida. Sin embargo, Garnett ha sido criticado por tomarse la libertad de traducir el texto de forma victoriana. Un ejemplo de esto es el que en la traducción de Garnett los personajes de clase baja hablan en cockney. En 1990, Richard Pevear y Larissa Volokhonsky publicaron una nueva traducción que se esfuerza más en acercarse a la calidad estilística del texto original y que ha sido mucho más aclamada por distintas fuentes tales como The New York Times y la Universidad de Illinois.

Traducción al catalán

Una de las más notables traducciones es considerada la realizada por Joan Sales al catalán, la cual recibió buenas críticas.

Lista de los personajes principales

  • Fyodor Pavlovich Karamazov. Bufón y oportunista de 55 años que tiene 3 hijos en el transcurso de sus dos matrimonios. Se rumora también que es el padre de un cuarto hijo, ilegítimo, a quien contrató como su sirviente. Fyodor no tuvo ningún interés en ninguno de sus hijos, por lo que, como resultado de esto, crecieron apartados entre ellos, y también de su padre. El asesinato de Fyodor y la implicación que sobreviene de su primogénito proporciona la mayor parte de la trama en la novela.
  • Dmitri Fiodorovich Karamazov (Mitya, Mitka, Mitenka). Único hijo del primer matrimonio de Fyodor con Adelaila Ivanovna Miusov. De los tres hijos, la personalidad de Dmitri es la más parecida a la de su papá; tiene una insaciable lujuria por la vida, es un sensualista en todos los sentidos, y apuesta y desplifarra enormes cantidades de dinero. En su juventud Dmitri también fue soldado, participó en un duelo, y generalmente se deshonraba de numerosas maneras. Al principio de la novela Dmitri se enreda en una amarga discusión con su padre sobre su herencia y una mujer local que los tiene encaprichados a ambos. El altercado entre el padre y el hijo es un factor que lleva a Dmitri a ser el principal sospechoso en el asesinato de su padre.
  • Iván Fiodorovich Karamazov (Vanya, Vanka, Vanechka). Segundo hijo de Fyodor, pero el primero de su segundo matrimonio con Sofía Ivanovna. Racionalista ferviente y también ateo. Desde una edad temprana se le apartó y alejó de todos alrededor de él. Iván tiene un odio hacia su padre que no expresa abiertamente pero que lo conduce a su propia culpabilidad moral sobre el asesinato de Fyodor y contribuye a su locura más reciente. Algunos de los pasajes más memorables y aclamados de la novela involucran a Iván, incluyendo el capítulo "Rebelión", El Gran Inquisidor, y su pesadilla acerca del diablo en el libro 11.
  • Alexei Fiodorovich Karamazov (Alyoshka, Alyosha, Alyoshenka). El más pequeño de los hermanos Karamazov, hijo de Fyodor Palovitch y Sofía Ivanovna. En el capítulo de apertura el narrador lo proclama como el héroe de la novela. Al principio de los acontecimientos narrados en la historia, Alyosha es un aprendiz en el monasterio local. De esta manera Alyosha actúa como equilibrio al ateísmo de su hermano Iván. El monje principal lo envía a la ciudad y posteriormente se enreda en los míseros detalles de la disfunción de su familia. Alyosha también está involucrado en una historia lateral en la cual se hace amigo de un grupo de muchachos de la escuela quienes su destino agrega un mensaje de esperanza a la conclusión de esta novela que de otra manera sería trágica.
  • Pavel Smerdyakov. Hijo de una mujer muda de la calle, se rumora extensamente que es un vástago ilegítimo de Fyodor Karamazov. Cuando la novela comienza Smerdyakov es sirviente y cocinero de Fyodor. Es un hombre muy antipático y huraño. De niño recogía gatos perdidos para después poder colgarlos y más adelante enterrarlos. Smerdyakov es distante con la mayoría de la gente pero tiene una especial admiración por Iván y comparte su ideología atea. Más adelante le confiesa a Iván que él, y no Dmitri, era el asesino de Fyodor y asegura haber actuado con la bendición de Iván.
  • Agrafena Alexandrovna Svetlova (Grushenka, Grusha, Grushka). Es un personaje al estilo del personaje bíblico de Jezebel. Tiene un extraño encanto entre los hombres. Un oficial polaco la dejó plantada en su juventud y quedó bajo la protección de un avaro tirano. Grushenka inspira la completa admiración y lujuria en Fyodor y Dmitri Karamazov. Su rivalidad por su afecto es uno de los motivos más perjudiciales que lleva a Dmitri a la convicción del asesinato de su padre.
  • Katerina Ivanovna Verhovtseva (Katya, Katka, Katenka). Prometida de Dmitri a pesar de sus aventuras muy abiertas con Grushenka. Se comprometió con Dmitri después de que él sacó bajo fianza a su padre a causa de una deuda. Katerina produce otro triángulo amoroso entre los hermanos Karamazov cuando se enteran de que Iván está enamorado de ella. Se caracteriza por ser excesivamente orgullosa y su magnanimidad es una fuente constante de tormento para Dmitri.
  • Zosima. Líder espiritual (starets) de Alyosha en el monasterio de la ciudad. Se podría decir que es famoso entre los ciudadanos pues muestra ciertas habilidades proféticas y curativas. Este hecho inspira tanto admiración como celos entre sus compañeros monjes. La tarea de refutar las poderosas discusiones ateas de Iván es dejada a lo espiritual, que se apoya de la vida y las enseñanzas de Zosima.
  • Ilusha. Uno de los estudiantes de la escuela local, y el protagonista de la trama secundaria más importante de la novela. Su padre, el Capitán Snegiryov, es un funcionario empobrecido que es insultado por Dmitri cuando Fyodor lo contrata para amenazar a éste último para que pague sus deudas, y esto lleva a la familia a la vergüenza. Nos conducen a creer que es la razón por la que, en parte, Ilusha cae enfermo, para eventualmente morir (su funeral es el capítulo de conclusión de la novela), para ilustrar indudablemente el tema que incluso las acciones de menor importancia pueden dejar una profunda huella en las vidas de otros, y que "somos todos responsables los unos con los otros".
Sinopsis

Libro primero: Una Pequeña y Agradable Familia [editar]

Introduce la familia Karamazov y relata la historia de su pasado reciente y distante. Se describe en esta crónica, algunos detalles de los dos matrimonios de Fyodor así como su indiferencia hacia sus tres hijos. El narrador también establece las personalidades ampliamente variadas de los tres hermanos y las circunstancias que los conducen a regresar al pueblo de Fyodor. El primer libro concluye describiendo el misterioso orden religioso de los Élderes de la cual se vuelve devoto Alyosha..

Libro segundo: Una Reunión Inapropiada

Se inicia cuando la familia Karamazov llega al monasterio local para que el Élder Zosima puede actuar de mediador en relación a la herencia de Dmitri. Irónicamente, fue idea del ateo Iván que se organizase esta reunión en tan sagrado lugar con la presencia del famoso Élder. Dmitri, como es usual en él llega tarde y la reunión pronto degenera logrando únicamente exacerbar las diferencias entre Dmitri y Fyodor. Este libro contiene también una escena conmovedora cuando el Élder Zosima consuela a una mujer que llora la muerte de su hijo de tres años. La pobre mujer refleja un paralelo con la tragedia de que sufrió Dostoievski al perder a su pequeño hijo Alyosha.

Libro tercero: Sensualistas

Ofrece mayores detalles del triángulo amoroso que se ha formado entre Fyodor, su hijo Dmitri y Grushenka. Se explora la personalidad de Dmitri en la conversación entre el y Alyosha mientras Dmitri se esconde cerca de la casa de su padre para ver si llega Grushenka. Más tarde esa noche, Dmitri irrumpe en la casa de su padre y lo ataca mientras lo amenaza con regresar y matarlo en el futuro. Este libro introduce también a Smerdyakov y sus orígenes, así como la historia de su madre Stinking Lizaveta. En la conclusión de este libro, Alyosha es testigo de la amarga humillación de Katerina, la prometida de Dimitri, por parte de Grushenka, lo que conlleva a una terrible vergüenza y escándalo para esta orgullosa mujer.

Libro cuarto: Raíces

Introduce una historia colateral en la novela que resurgirá nuevamente más adelante en la trama. Se inicia con Alyosha observando a un grupo de escolares que lanzan piedras a un compañero enfermizo llamado Ilyushechka. Cuando Alyosha regaña a los chicos y trata de ayudar, Ilyushechka muerde el dedo de Alyosha. Más adelante el padre de Ilyushechka, un jefe de personal retirado de nombre Snegiryov, fue atacado por Dmitri quén lo empujó fuera de un bar. Alyosha escucha sobre los problemas que tienen en casa de los Snegiryov y le ofrece al padre dinero como disculpa por los actos de su hermano. El padre del niño inicialmente acepta el dinero, pero luego se lo arroja a Alyosha y lo expulsa de su casa.

Libro quinto: Pros y Contras

Fue descrito por Dostoievski como el punto culminante de la novela. Ivan Karamazov defendía y adoptaba la ideología racionalista y nihilista que avanzaba en Rusia en esa época mientras discutía con Alyosha en un café. En el libro llamado "Rebelión" Iván proclama que rechaza el mundo que Dios creó debido a que está construido sobre las bases del sufrimiento de niños inocentes. Más adelante, en el capítulo probablemente más conocido de la novela, El Gran Inquisidor, Iván le lee a Alyosha un poema suyo que describe a un representante de la Inquisición española y su encuentro con Jesús, quien ha retornado a La Tierra. El inquisidor cuestiona a Jesús afirmando que al darle libre albedrío a la humanidad lo que se ha obtenido es la condena de la humanidad a la miseria y al desespero.

Libro sexto: El Monje Ruso

Relaciona la vida y la historia del Zosima, el líder espiritual, mientras que está tendido en su celda a punto de morir. Zosima describe su juventud rebelde, cómo descubrió su fe a la mitad de un duelo, y cómo, debido a esto, decididó convertirse en monje. Algunas de las doctrinas y de las enseñanzas de Zosima son las de predicar que la gente debe perdonar a otros al reconocer sus propios pecados y su culpabilidad ante los demás. Zosima enseña que ningún pecado se encuentra aislado y de esta manera cada uno es responsable de los pecados del otro. Dostoevsky escribió este libro como respuesta y refutación al desafío de Ivan por la creación de Dios descrita en el libro anterior.

Libro séptimo: Alyosha

Comienza inmediatamente después de la muerte de Zosima. Una opinión que comúnmente tienen en la ciudad, así como en el monasterio, es que los cuerpos de los hombres excesivamente santos no sucumben a la putrefacción. Así la expectativa para el Zosima líder es que su cuerpo muerto tampoco se descompondrá. Es una gran sorpresa para la ciudad entera que el cuerpo de Zosima no solamente decae, sino que también comienza el proceso casi inmediatamente después de su muerte. Desde el primer día el olor del cuerpo de Zosima es ya insoportable. Para muchos esto les hace cuestionar su anterior respeto y admiración hacia Zosima. Alyosha está devastado particularmente por la violación del nombre de Zosima debido nada más que a la corrupción de su cuerpo muerto. Uno de los compañeros de Alyosha en el monasterio de nombre Rakitin utiliza la vulnerabilidad de Alyosha para preparar una reunión entre él y Grushenka. El libro termina con la regeneración espiritual de Alyosha mientras que él besa la tierra fuera del monasterio y llora estremecivamente hasta que finalmente sale al mundo, renovado.

Libro octavo: Mitya

Trata principalmente de la búsqueda salvaje y loca de Dmitri por el dinero para poder huir con Grushenka. Dmitri le debe dinero a su prometida Katerina y se considerará un ladrón si no encuentra el dinero para pagarle antes de emprender su búsqueda por Grushenka. Esta loca búsqueda por el dinero lleva a Dmitri del benefactor de Grushenka a una ciudad vecina con una falsa promesa de un negocio. Todo el tiempo Dmitri está aterrorizado de que Grushenka pueda ir con su padre Fyodor y casarse con él porque éste ya tiene los medios monetarios para satisfacerla. Cuando Dmitri regresa del fracaso con el negocio en la ciudad vecina se entera que el antiguo prometido de Grushenka ha vuelto y que se la ha llevado a una casa de campo cerca de donde acababa de estar Dmitri. Tan pronto como se enteró de esto, Dmitri carga un carro completo de comida y vino y paga por una orgía enorme, para finalmente enfrentar a Grushenka en presencia de su viejo amor. En el transcurso de esta disputa Grushenka promete que ella realmente está enamorada de Dmitri. Pero justo en la conclusión del libro, la policía entra a la casa de campo e informa a Dmitri que está bajo arresto por el asesinato de su padre.

Libro noveno: La investigación preliminar
Introduce los detalles del asesinato de Fyodor y describe el interrogatorio y tormento de Dmitri mientras que es cuestionado y sospechoso de un crimen que él no cometió. El lector descubre que Dmitri tuvo la oportunidad de matar a su padre, e incluso lo deseó, pero no lo hizo. En lugar de esto casi mata al criado de la familia, Grigory, aporreándolo en la cabeza con la mano de un mortero, mientras que escalaba sobre la cerca en el jardín de Fyodor. Toda la evidencia apunta hacia Dmitri; la única otra persona que estaba en la casa a la hora del asesinato era Smerdyakov y estaba incapacitado debido a un ataque epiléptico que sufrió el día anterior. De hecho, Smerdyakov fingió este ataque y, se sabe más adelante, que él fue quien mató a Fyodor. Como resultado de la evidencia abrumadora en contra de él, Dmitri es formalmente culpado de parricidio y llevado a prisión para aguardar el juicio.

Libro décimo: Muchachos

Reintroduce la historia de los estudiantes e Ilyushechka mencionado por último en el libro 4. El libro comienza con la introducción del muchacho joven Kolya Krasotkin. Kolya es un muchacho brillante que proclama su ateísmo y creencia en las ideas de Europa. Parece estar destinado a seguir los pasos espirituales de Ivan Karamazov; Kolya está aburrido con la vida y constantemente atormenta a su pobre madre poniéndose en peligro. Como parte de una travesura, Kolya se acuesta debajo de ls vías del ferrocarril mientras que un tren pasa sobre él y se convierte en algo así como una leyenda por dicha hazaña. El resto de los muchachos admiran a Kolya, especialmente a Ilyushechka. Puesto que la narración dejó a Ilyushechka en el libro 4, su enfermedad ha empeorado progresivamente y el doctor indica que no se recuperará. Kolya e Ilyushechka tuvieron un altercado acerca de la humillación que Dimitri hizo al padre de Ilyushechka. Pero gracias a la intervención de Alyosha los otros estudiantes se reconciliaron con Ilyushechka y, Kolya pronto los acompaña al lado de su cama. Es aquí cuando Kolya conoce a Alyosha por primera vez y comienza a valorar de nuevo su creencia nihilista.

Libro undécimo: El hermano Ivan Fyodorovich [editar]

Narra la influencia destructiva de Ivan Karamazov a aquéllos alrededor de él y su caída a la locura. Es en este libro cuando Ivan se reúne tres veces con Smerdyakov, la última reunión culmina en la confesión dramática de Smerdyakov de haber asesinado a Fyodor Karamazov. Smerdyakov expresa incredulidad en la ignorancia y sorpresa profesadas de Ivan. Smerdyakov asegura que Ivan fue complice en el asesinato debido a que le dijo a Smerdyakov cuando él iba a salir de la casa de Fyodor, y más importante, debido a que inculcó en Smerdyakov la creencia de que en un mundo sin Dios "todo se permite". El libro termina cuando Ivan tiene una alucinación en la cual lo visita el diablo, quien lo atormenta al burlarse de sus creencias. Alyosha encuentra a Ivan delirando y le informa que Smerdyakov se mató poco después de su última reunión.

Libro duodécimo: Un error judicial [editar]

Detalla el juicio de Dmitri Karamazov por el asesinato de su padre Fyodor. El drama de la Corte es satirizado agudamente por Dostoevsky. Los hombres en en la audiencia son descritos como resentidos y vengativos, y las mujeres están irracionalmente envueltas en el romanticismo del triángulo amoroso de Dmitri entre sí mismo, Katerina, y Grushenka. El momento crucial en el juicio ocurre con el testimonio de Katerina que condena a Dmitri, en el cual ella reproduce una carta que él le escribió a ella cuando estaba borracho, diciendo que él mataría a Fyodor. La tragedia continúa cuando la locura de Ivan toma su asimiento final sobre él y lo sacan de la Corte después de hablar de su última reunión con Smerdyakov y de la confesión ya mencionada. El libro concluye con las apasionadas observaciones de cierre del fiscal y de la defensa, y el veredicto final de que Dmitri es culpable.

Epílogo

Durante el epílogo se narran los hechos posteriores al juicio de Dimitri, en el cual se remarca la idea de la posible fuga de éste. También se muestra el entierro del pequeño Iliushechka y se deja entrever el posible futuro de Aliosha lejos de la ciudad.

La influencia de la novela Los hermanos Karamazov ha tenido una gran influencia sobre algunos de los mayores escritores y filósofos que le siguieron. Sigmund Freud la llamó "la más magnífica novela jamás escrita" y se encontraba fascinado con el libro por su temática edípica y parricida. En 1928 Freud publicó un ensayo titulado "Dostoevsky y el parricidio" en el cual investigaba las propias neurosis de Dostoievski y cómo contribuyeron a la novela. Freud sostuvo que la epilepsia de Dostoeivski no era una condición natural sino una manifestación física de la culpa escondida del autor sobre la muerte de su padre. Según Freud, Dostoievski (y todos los hijos venido el caso) deseaba la muerte de su padre por un deseo latente por su madre, y como evidencia Freud cita el hecho de que los ataques de epilepsia de Dostoievski no comenzaron hasta que cumplió 18, el año en que su padre falleció. La temática del parricidio y la culpa, especialmente en la forma de culpa moral ilustrada por Iván Karamazov, sería luego obviamente utilizada por Freud como evidencia literaria de su teoría.

Franz Kafka es otro escritor quien se sintió inmensamente endeudado con Dostoievski y Los hermanos Karamazov por influir en su trabajo. Kafka se llamó a él y a Dostoievski "parientes de sangre", tal vez debido a los motivos existencialistas de Dostoievski. Kafka también luchó con su propia enfermedad debilitante, la tuberculosis, mientras que Dostoievski sufría epilepsia. Otro paralelo interesante entre los dos autores fueron sus relaciones tensas con sus padres. Kafka se sintió inmensamente atraído hacia el odio que los hijos de Fyodor le demostraban en Los hermanos Karamazov y lidió con la temática de padres e hijos en muchas de sus obras, pero de forma más explícita en su historia corta "El juicio".

Curiosidades

En un principio, la obra final de Dostoievsky constaría de dos tomos, el primero como preludio del segundo, el cual sería de mayor trascendencia e importancia que su antecesor. El héroe del primer relato, Aliosha, sería tomado como principal protagonista del segundo tomo, 20 años después de lo acaecido con el parricidio, periodo en el cual el joven se ve envuelto en el mundo revolucionario y en un crimen político, además del retorno a casa de su hermano Mitia. No obstante, esta obra nunca fue escrita debido a la muerte de Fiodor, y sólo quedan estas notas recogidas por sus editores, entre ellos A.G Dostoievskaia y A.S Suvorin.

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FRANCIS SCOTT & ZELDA FITZGERALD

 

Cuando se conocieron eran jóvenes y hermosos. Una vez casados, alternaron estancias en Nueva York con viajes a París y a la Costa Azul y pertenecieron al grupo de artistas e intelectuales norteamericanos que veraneaban en La Riviera. Y, sin embargo, en ocasiones se vislumbra también, ya desde el principio, que hubo algo febril y precipitado en el impulso que llevó al escritor a unirse a aquella diosa desasosegante.

Su estilo cosmopolita, sus continuos viajes y su dorada bohemia no fueron alicientes suficientes para sostener su vertiginosa y finalmente inestable vida en común. En ella se transparenta un ajetreo en parte lógico por ser él escritor y necesitar de otros escenarios, los de la mítica Europa, pero también se aprecia un ir y venir ciego e inquietante que no pudo frenar el tedio primero y más tarde el permanente tributo al alcohol de Scott y la locura de Zelda. Como tampoco evitó que el prometedor Fitzgerald, autor de obras como El gran Gatsby, Hermosos y malditos o Suave es la noche, se sumergiera en un mundo de amargura que marcó el tono maldito de muchos de sus personajes. ¿Cómo no iba a saber contar él esa mezcla de hastío e infelicidad de las clases medias más privilegiadas? ¿Cómo no iba a fabricar perdedores y ganadores que se intercambiaban los papeles en pocas horas, si estaba retratando el desmoronamiento de sus sueños y la imposible comunión con Zelda? La obsesión por el éxito y el sentimiento enfermizo de que todo lo que hacía le conducía al fracaso le hizo cada vez más vulnerable. En Suave es la noche se adivina a Scott y Zelda y a sus amigos de La Riviera en la piel de unos personajes que esperan algo, no se sabe qué, mientras se desplazan por la costa francesa y alternan amantes y borracheras.

    

Francis Scott Fitzgerald nació el 24 de septiembre de 1896 en Minnesota, y supo muy pronto que iba a ser escritor. Su padre procedía de una distinguida familia sudista arruinada, católica y conservadora. A pesar de ciertos apuros económicos, Scott Fitzgerald tuvo una educación elitista, primero en el internado Newman y luego en la Universidad de Princeton. Fue el resultado del quiero y no puedo que animaba a su familia, poco dispuesta a que su hijo bajara algún peldaño en el escalafón social que le correspondía. Pero fue también en la Universidad donde el joven tomó conciencia de la profunda división de clases. Escribir se convirtió en una vocación, pero también en una forma de prosperar y de asentar su futuro.

   

A Zelda Sayre, hija de un juez del Tribunal Supremo de Alabama, la conoció en un baile del Club de Campo de Montgomery. Corría julio de 1918 y Scott había interrumpido sus estudios en Princeton para incorporarse al ejército. Cuando su campamento se instaló en Montgomery no imaginaba que allí iba a conocer a la mujer que le deslumbraría: una chica guapa y poco convencional que, a pesar de haber sido educada en el conservadurismo que se le supone a la hija de un juez, presumía de no tener prejuicios. Tampoco tenía reparos en emborracharse en público o en coquetear con los jóvenes que la cortejaban.

Rubio, bien parecido y con deseos de brillar, Scott había hecho estragos en el campus, pero la literatura y el afán de prosperar había restado protagonismo a aquellos amores universitarios. Con Zelda Sayre fue distinto: ella era sin duda la chica que él buscaba. La hija del juez, nacida en 1990, tenía tan solo dieciocho años cuando encontró a Fitzgerald. Ese mismo año, el del baile en Montgomery, había terminado sus estudios en el Instituto. Pero, más allá de su edad, era ya una chica avispada, intuitiva, llena de humor y de iniciativa.

Respondía al tipo de mujer emancipada de posguerra y correspondió al joven escritor desde el principio. Cuando el campamento militar abandonó Montgomery no dejaron de mandarse cartas casi a diario, de una forma entusiasta y enfermiza. En esa primera correspondencia se muestran ya algunos de sus rasgos contradictorios, aquellos que el tiempo iba a agudizar, causándoles dolor. Fitzgerald multiplica sus atenciones hasta el agobio, como si temiera que ella pudiera reprocharle algo o se sintiera culpable por su ausencia. Zelda, por el contrario, vive toda esa exhibición a veces con ilusión, otras con un cansancio que su carácter franco y cambiante no puede ocultar.

Llegaron a romper su relación durante unos meses, en el verano de 1919, en parte porque la familia de Zelda dudaba de la solvencia económica del narrador, en parte porque la propia joven quería asegurar más su amor y empujar a Scott a plantearse su vida con más ambición. En aquellos meses de ruptura no fueron pocos los amigos de Fitzgerald que le aconsejaron que se olvidara de aquella chica audaz, snob y caprichosa. Pero, como él escribió en febrero de 1920 a una amiga, no podía evitar seguir enamorado de ella:"Cualquier chica que se emborrache en público, que disfrute francamente y cuente historias escandalosas, que fume sin parar y que cuente que ha besado a miles de hombres y que piensa besar a otros tantos, no puede considerarse intachable, aunque no tenga tacha".

Pese a todo, él estaba enamorado "de su coraje, de su sinceridad y su dignidad apasionada". Y por si fuera poco, le confiesa a su amiga: "tú eres católica, pero a mí el único Dios que me queda es Zelda". En realidad, cuando Scott escribió aquella carta ya había vuelto con Zelda. La reconciliación se había producido en el otoño de 1919 y a partir de entonces la boda se convirtió en un hecho inevitable. "Sin ti no soy absolutamente nada. Sólo una muñeca boba", le escribe ella poco antes de contraer matrimonio. Se casaron el 3 de abril de 1920 en la catedral de San Patricio de Nueva York.

La felicidad, sin embargo, sólo duró unos cuatro años. El resto, desde 1925 hasta el internamiento de Zelda en una clínica mental, fue un tedioso camino de altibajos hasta llegar al declive. Claro que fueron cuatro años en los que pasaron demasiadas cosas. Poco antes de su boda Scott había empezado a trabajar en una agencia de publicidad en Nueva York. Al mismo tiempo, un editor aceptó, por fin, su primera novela, A este lado del Paraíso.

Comenzó a publicar sus cuentos en "The Sunday Evening Post". Durante los primeros meses de matrimonio alquilaron una casa en Connecticut, pero antes de fin de año se trasladaron a Nueva York, donde Fitzgerald alternaba con editores y guionistas. Seis meses más tarde embarcan por primera vez a Europa: Inglaterra, Francia e Italia. Regresaron a América al final del verano y permanecieron unos dos años en su país, mientras Fitzgerald iba publicando por entregas lo que luego sería Hermosos y malditos. Para entonces había nacido su hija Frances Scott, a quien llamaban Scottie, y la vitalista Zelda disfrutaba todavía de aquel ajetreo de amistades y fiestas.

Su espíritu aventurero le hizo ver en Fitzgerald no sólo el escritor que luchaba por publicar, sino el héroe dispuesto a estar en la cima. Pero pronto empezó a echar en falta algo de lo que ocuparse. Algo que tuviera que ver con lo que ella llamaba su temperamento artístico, ensombrecido por ser Scott el genio de la familia. Algo que ella no quería que se perdiera y que pugnaba por salir a la luz. Algo que, sin duda, no resultaba fácil pues, si Zelda y Scott formaban ya parte de la leyenda de Nueva York, ella sólo era el bello e inteligente apéndice del escritor.

Brillante y con gancho para muchos, y excéntrica para otros, cuando John Dos Passos la conoció en 1922, exclamó: "¡Está loca!". Sin duda era una premonición. En la primavera de 1924 embarcan de nuevo hacia Europa, esta vez para una temporada más larga. Un recorrido por París, la Costa Azul, Roma y Capri en el que afloran las primeras riñas serias de la pareja. Y junto a ellas las progresivas deudas por el tren de vida que se asemejaba en parte al de unos nuevos ricos, con sus estancias en hoteles de lujo, las institutrices de Scottie y el servicio que requerían las casas que alquilaban en sus diferentes desplazamientos. Aunque a la vez no renunciaron a cierta bohemia y sentido de provisionalidad. En cualquier caso, era un estilo de vida caro en el que el dinero se gastaba conforme entraba. Y a menudo escaseaba, pues Scott no disponía de ingresos fijos. Su obra más difundida, El gran Gatsby, se publicaría en 1925, pero a partir de entonces concentrarse en producir cosas nuevas iba a convertirse en un tormento. Su adicción al alcohol le dejaba varios días fuera de combate.

Más de una vez culpó a Zelda de su dependencia de la bebida. Antes de conocerla, confesó en una ocasión que él sólo tomaba café; su mente no necesitaba empaparse de otra cosa distinta que las palabras que escribía. Fue Zelda quien le descubrió el placer de beber, si bien con el tiempo ella moderó su afición y él, sin embargo, no pudo parar. Desde el principio, Scott había confesado que era un maníaco depresivo propenso a la irritabilidad: su estado de ánimo dependía en buena parte de que la obra que producía tuviera una aceptación continuada y segura. Una ansiedad que el alcohol atemperaba, mientras que el comportamiento de Zelda la exacerbaba.

 Durante el verano de 1924, Zelda mantuvo un romance con el aviador francés Edouard Jozan, la gota que colmaría el vaso en aquella relación que agonizaba. Sin duda, fue más que un coqueteo: "algo había sucedido que no podría ser reparado", anotaría Scott años después al recordar el incidente.

En esta larga estancia europea, las grietas entre la pareja eran evidentes. Aunque hubo momentos felices, como cuando recorrieron Capri y el sur de Italia, los desencuentros fueron la tónica. La fisura se agrandó cuando llegaron a París y Scott conoció a Ernest Hemingway, entonces un autor novel, y a otros amigos del mundo literario. Se encontraba en el período más pleno y creativo de su carrera. "Era el hombre más grande de mi profesión, todos me admiraban y me sentía muy orgulloso de haber logrado algo tan bueno", confesó él mismo años después. Aun así, se pasaba parte del día bebiendo con Hemingway en los asistencia, viejos cafetuchos de la orilla izquierda del Sena, alejado de Zelda.

O ella estaba enferma, o él desaparecía, a veces incluso durante varios días. En ocasiones tenía que recurrir a que un taxista le devolviera a casa después de haber perdido el norte algunas horas. "Nos destrozamos nosotros mismos. Sinceramente, nunca he creído que nos destrozáramos el uno al otro", escribió él en torno a 1930, cuando Zelda se encontraba internada en una clínica suiza.

Regresaron a América en las navidades de 1926. Fitzgerald inicia su primera colaboración con Hollywood, aunque el guión en el que trabajó no llegó a hacerse. Zelda, obsesionada con sacar fuera su talento artístico, estudia baile. Dos años más tarde vuelven a embarcarse rumbo a Europa y alquilan un apartamento en París por unos meses. Zelda continúa sus lecciones de ballet, esta vez bajo la tutela de Lubov Egorova. Vuelven a Estados Unidos por un corto período y de nuevo, en 1922, toman un barco hacia Génova y pasan por La Riviera camino de París, donde vuelven a alquilar un apartamento. Desde allí realizan una corta incursión en África al comienzo de 1930, pero meses después, ya en París, Zelda sufre una depresión nerviosa. Ingresa en la Clínica Malmaison de París, primero, más tarde se traslada a Valmont (Suiza), y a continuación a la Clínica Prangins, a orillas del lago Ginebra, donde permanece varios meses. Este internamiento marca el fin del matrimonio, aunque no se rompiera formalmente.

Ese verano Scott vive entre Lausana y Ginebra, cerca de Zelda, pero su padre muere en 1931 y viaja solo a Estados Unidos. Después de asistir al entierro visita Montgomery para darles cuenta a sus suegros del estado de Zelda. Poco después vuelve a Suiza, pasa algunos días con Zelda cada vez que ésta sale de la clínica ‘de permiso’ e incluso se animan a realizar un corto viaje a Francia. Finalmente, cuando Zelda parece estar recuperada, regresan a Estados Unidos y se instalan en Montgomery.

En apariencia todo vuelve a ser normal sin llegar a serlo en ningún momento; aunque efectivamente hay instantes de felicidad entre ellos, los resquemores continúan. Ella quiere que él no beba demasiado, y que le permita escribir, pintar y realizarse como artista. Scott, por su parte, trata de que la mezcla de encanto e inestabilidad que caracteriza a su mujer no le arrastre a él –y sobre todo a su escritura- a un caos mayor del que de por sí ha de soportar.

El fantasma de la esquizofrenia de Zelda planea de forma permanente en sus vidas, pero Scott se centra en su trabajo y se desplaza de vez en cuando a Hollywood para hacer un guión para la Metro. A principios de 1932 fallece el padre de Zelda y ésta sufre una recaída. Es internada en la clínica Phillips de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, hasta el verano, en que vuelve a reunirse con Scott y su hija Scottie en una hacienda, La Paix, que el escritor ha alquilado cerca del sanatorio.

Zelda ha conseguido también escribir y publicar una novela, Save me the Waltz. Por fin ha logrado salirse con la suya y mostrar al mundo su talento. Sin embargo, la enfermedad mental ya no la abandona, y en 1934 vuelve a ingresar en un hospital de Baltimore. Puesto que esta vez parece no avanzar, es trasladada durante un tiempo a una clínica más cara, pero al poco regresa al mismo hospital. Los reencuentros de la pareja son cada vez más forzados: ella pide que vaya a verla o que se reúnan en los períodos en que se encuentra más lúcida y los médicos lo aconsejan y él alquila de tarde en tarde una casa próxima al hospital, pero se aloja habitualmente en hoteles, centrado únicamente en su escritura.

A partir de 1935 Scott desconfía de que ella vaya a curarse de forma definitiva y trata de salvarse a sí mismo de una manera un tanto egoísta, pero sin desentenderse de las costosas sumas que le cuesta la estancia de su esposa en la clínica. El mismo cree que tiene tuberculosis, empieza a cuidarse. Un nuevo encargo para trabajar en Hollywood durante seis meses le permite conocer a la periodista y cronista social Sheila Graham, con quien empieza a vivir en pareja, pero sin dejar de visitar y atender a Zelda. De vez en cuando se reúnen, pasan las vacaciones juntos y hasta realizan un viaje a Cuba en 1939. Es la última vez que se ven. Scott es hospitalizado en Nueva York, resentido de su problema pulmonar, y Zelda vuelve a ingresar en su clínica. Una vez recuperado, Fitzgerald se gana la vida haciendo guiones y relatos y comienza a escribir El último magnate, una obra incompleta que se publicaría en 1941, un año después de su muerte. Ésta le sobrevino el 21 de diciembre de 1940, a los 44 años.

Un ataque al corazón acabó con su vida cuando se encontraba en el apartamento de Sheila Graham, en Hollywood. Entre tanto, Zelda se había ido a vivir una temporada con su madre a Montgomery. Será en 1947 cuando vuelva a ser internada por última vez en el hospital Highland. Sin saberlo, aquel ingreso no iba a ser una nueva pausa en su vida, sino la antesala de la muerte. Tres meses después, en marzo de 1948, se declaró un incendio en el hospital durante la noche y nueve mujeres perecieron entre las llamas. Una de ellas era Zelda. Con ella ardieron sus últimas fantasías. Y esa noche, por fin, acabó todo.
 
Es posible que la obsesión por el dinero y por triunfar a toda costa que marcó a Scott toda su vida fuera consecuencia de su experiencia familiar: un padre procedente de una notable familia de Maryland venida a menos y una madre de origen irlandés, sin distinción pero con más dinero. Él le inculcó su amor a la literatura, ella el ansia de llegar lejos. Pero fue en la Universidad donde se fraguó su conciencia de advenedizo en un mundo marcado por los privilegios que él se apresuró rápidamente a conquistar.
 

En nuestros días, los psiquiatras hubieran llamado a la enfermedad de Zelda un trastorno de personalidad simple o, tal vez, debido a sus alucinaciones auditivas y visuales, epilepsia temporal. Lo cierto es que los especialistas qie la trataron entonces calificaron su mal como esquizofrenia y le prescribieron altas dosis de morfina, insulina, psicoterapia e hipnosis. Un tratamiento inútil para un proceso mental que no dejó de deteriorarse. En sus últimas cartas a Scott, aquella eterna adolescente se muestra incapaz de aceptar su derrota y sigue insistiendo en lograr una unión imposible con el que considerará hasta el final su marido: "Si te fueras con otra mujer y me hicieras pasar hambre y me pegaras, sabes que seguiría queriéndote", escribe en un momento de arrebato.

En los años 20, durante su segundo viaje a Europa, Scott conoce a Ernest Hemingway, a Gertrude Stein y a otros muchos artistas e intelectuales. En ellos busca el calor que no encuentra ya en Zelda. Con Hemingway, a quien animó a escribir, compartió además su devoción por el alcohol. Pero años más tarde, cuando el autor de Fiesta o El viejo y el mar era famoso y había olvidado la fascinación juvenil que sintió por Scott, diría que había en Fitzgerald algo blando y femenino. La supuesta homosexualidad de Scott también la creía Zelda. Es posible que el duro Hemingway encontrara a Fitzgerald demasiado delicado. Las sospechas de Zelda fueron de otro tipo. Al ver que su marido se alejaba de ella y que frecuentaba demasiado a sus amigos, intuyó una homosexualidad latente en él. El fantasma de esa duda, que tanto ofendió a Fitzgerald, permaneció en Zelda durante años.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo (Haruki Murakami)

Tooru Okada abandona un trabajo que no le satisface y se dedica a las tareas del hogar mientras su mujer trabaja. Un día deja de oír al pájaro que da cuerda al mundo, después desaparece el gato, y por último su mujer. A partir de ese momento Tooru se verá empujado por una serie de personas a la búsqueda de su mujer. Su vecina May Kasahara, cuyo novio murió en un accidente de moto y vive recluida por su familia, Malta Kaano, vidente y su hermana Creta violada en sueños por el cuñado de Tooru, y que por veleidades de la magia abren la puerta que le permite a Tooru adquirir poderes curativos, poderes que  comparte con Nutmeg Akasaka, que da entrada a otro personaje peculiar, el joven Cinnamon, que dejó de hablar en su infancia, y la presencia inolvidable en la novela del teniente Mamiya, cuya incursión en Mongolia durante la guerra chino-japonesa merecería un libro aparte.

Estamos ante un libro que contiene varios relatos, y por eso en cierta manera inexplicable, y también irregular, pero con pasajes de gran intensidad. Me atrevo a recomendarlo con entusiasmo. Si queréis saber lo que se siente permaneciendo en el fondo de un pozo varios días, o el horror que supone ver como despellejan a un ser humano ante tus ojos, o las puertas cerradas que no debemos abrir, puertas de hoteles imaginarios y puertas de la mente, no dejéis de leer Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Haruki Murakami.

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