La ruta prohibida (Javier Sierra)

Pocas  veces el lector tiene acceso a lo más profundo del escritor, a las

  razones,  obsesiones  y  deseos  que  dan  como fruto una obra literaria.
  Javier  Sierra, conocido escritor y periodista de lo oculto, ofrece a sus
  lectores  este  regalo único. Aparca su lado fabulador y adopta su faceta
  más  periodística  para  mostrar sus métodos de trabajo. Sierra revela en
  este  libro  el  origen  de las ideas, de la obsesión por esos  misterios
  históricos  que  no  le  dejan  dormir y el arduo y fascinante proceso de
  investigación  e  interpretación  que  lleva a cabo, y que suele terminar
  convertido en novela.
      El afán por conocer lo oculto, por descubrir las incongruencias de un
  hecho  histórico,  de  una fecha, de un personaje oscuro han acompañado a
  Javier  Sierra  a  lo  largo  de  toda su vida y este afán ha tenido unos
  frutos  sobradamente conocidos. La base fundamental es una mente ávida de
  misterios  y  cualquier fisura histórica por donde comenzar a investigar.
  Viajes,  encuentros  fortuitos, documentos que ocultan mensajes secretos,
  informaciones   recopiladas   durante  años,  reflexiones  y  deducciones
  personales.  Toda  esta  riqueza  investigadora  es la que Sierra pone al
  servicio  del  lector  en  un  libro  que  se  lee  como  la  novela  más
  apasionante.
  El  libro  está  estructurado  en  seis  grandes  apartados  que el autor
  denomina  Destinos  y  que  a su vez trata diversos asuntos relacionados.
  Comienza  Sierra  hablando  de  ese  mito  con  el que tantas veces se ha
  especulado.  Ese  supuesto  descubrimiento del continente americano antes
  del  primer  viaje de Colón. Una investigación que tiene varios frentes y
  que  se  inició  para  Javier  Sierra con un anacronismo encontrado en la
  tumba  del  papa  Inocencio  VIII,  muerto  una semana antes de que Colón
  iniciara  su viaje a las Indias. De Roma Sierra viajará a Estambul y allí
  conseguirá  consultar,  a  pesar de la oposición oficial, el mapa de Piri
  Reis,  uno  de  los  documentos  más famosos de la historia, que contiene
  lugares aún no descubiertos en la fecha de su confección.
  Vikingos,  las  tribus perdidas de Israel… el autor sigue las pistas de
  todos   estos  posibles  viajes  al  continente  Americano  a  través  de
  documentos casi desconocidos y fascinantes.
      Pero  no  solo  los  vikingos  pudieron visitar América antes que los
  descubridores  oficiales.  El  autor  analiza una serie de evidencias que
  hablan  de  visitantes  encapuchados  que  viajaron  por  toda Sudamérica
  trasmitiendo la fe religiosa: Las figura del  gigante de Tiahuanaco, o la
  leyenda de los viracocha, dioses culturizadores barbados y de piel blanca
  cuyo  culto  se  extendía  por  todo  el imperio Inca cuando llegaron los
  españoles, avalan estas teorías.
      Todas  estas  anomalías  han  sido  examinadas pormenorizadamente por
  Sierra,  que reflexiona también sobre los intereses ocultos, económicos y
  políticos  que  se  encuentran  detrás  de ciertas tergiversaciones de la
  Historia, como en el caso del descubrimiento de América.
      Bajo  el  segundo  gran epígrafe del libro, Javier Sierra analiza los
  posibles  Códigos Astronómicos ocultos en diversos documentos, monumentos
  y  tradiciones.  Desde  la  Ilíada  de  Homero,  cuya gesta puede ser una
  metáfora  de las constelaciones conocidas en la antigüedad, a la catedral
  de  Chartres,  una  especie  de  reloj  de  precisión  que, junto a otras
  catedrales medievales, conforman el perfil de la constelación de Virgo. O
  los  marcadores  cósmicos  del  Camino  de  Santiago. Egipcios, europeos,
  americanos,  todas las civilizaciones han buscado reflejar el cielo en la
  Tierra,  una tradición que llega incluso a nuestros días en la bandera de
  la Unión Europea, cuyo significado es muy distinto al que se cree.
      El  Tercer  Destino del autor son los Enigmas de la fe. Los milagros,
  las   tradiciones   que   ocultan   misterios,   los  fenómenos  místicos
  inexplicables  como  la  levitación,  los  estigmas,  o la bilocación, es
  decir,  la capacidad para estar en dos sitios a la vez. Fenómeno este que
  Sierra  estudió en profundidad para su primera novela, La dama azul, cuyo
  protagonista,  Sor  María  Jesús  de  Ágreda,  consejera  de  Felipe  IV,
  evangelizó  a comunidades indias que se encontraban a diez mil kilómetros
  de su convento sin salir jamás de su celda.
      Asuntos tan controvertidos como el de María Magdalena y su hija Sara,
  la  cabeza  de  Juan  Bautista, los nazis y la Sociedad de Buscadores del
  Grial;  objetos  de  culto  desaparecidos  con  poderes  mágicos, como el
  candelabro  de  los  siete  brazos  del  templo de Jerusalén o la mesa de
  Salomón,  un "artefacto" tallado, al parecer, en una esmeralda gigantesca
  en el que podía verse "las imágenes de los siete climas del universo".
      De egipcios y masones ocupa el Cuarto Destino del libro. En él Sierra
  nos  habla  de  sus investigaciones y descubrimientos sobre las aventuras
  europeas en suelo egipcio y lo que estas buscaban y encontraron. De todos
  es  conocida  la  relación  de  Napoleón  con  el  Egipto antiguo, que se
  convirtió  en el eje central de la novela de Sierra El secreto egipcio de
  Napoleón,  un  proceso  de  investigación  que  llevó al autor, según sus
  palabras, a "algunas certezas curiosas" que desvela en estas páginas.
      Lugar  importante  ocupa en el libro los aspectos relacionados con lo
  que  Sierra  denomina "la religión de la razón", esa diosa razón a la que
  adoraron  los revolucionarios franceses y que va mucho más allá de lo que
  siempre  se  ha  pensado.  Nos  habla  el  autor  del  plan  oculto de la
  Revolución  francesa,  de  una regeneración basada en la instauración del
  culto a la diosa Isis, fuente de toda razón.
      Y relata también otras aventuras egipcias en suelos europeos, como la
  de  sir  John Soane, el arquitecto del banco de Inglaterra y admirador de
  Napoleón, que mostró en una gran fiesta, un cofre de más de tres mil años
  de antigüedad, un maravilloso sarcófago que casi dos siglos después sigue
  en  el  mismo  lugar  pues el Museo Británico se negó siempre a comprarlo
  ¿por qué?
      Todas  estas aventuras se relacionan muy íntimamente con la masonería
  y  ciertos rituales vinculados con el antiguo Egipto que se han mantenido
  siempre ocultos en la Historia oficial.
      El  Quinto  Destino  trata  de  las civilizaciones perdidas. Aztecas,
  sumerios, hititas… y los enigmas que guardan aún sus imperios. Desde el
  suelo  de  mica  descubierta  en  la Pirámide del Sol de Teotihuacan, que
  oculta  un  misterio  aún  sin  resolver,  a  los  colosos  de Nemrud, en
  Mesopotamia  o  los  laberintos  subterráneos  de  Turquía,  el  reino de
  Derinkuyu,  un  misterio  arqueológico  de  tremendas  implicaciones: Una
  civilización  casi  desconocida,  excavó,  hace miles de años, decenas de
  kilómetros  de túneles en los que se calcula que pudieron vivir más de un
  millón  de  personas. Y, por supuesto, las leyendas de las civilizaciones
  del  mediterráneo  de  hace  más  de  diez mil años que se perdieron para
  siempre  bajo  las  aguas.  Vestigios  de  ello  se  puede encontrar, por
  ejemplo, en los pozos de Cerdeña, como el de Santa Cristina.
      En  el Sexto y último Destino, La cultura secreta, el autor se centra
  en  las  profecías.  Desde  Nostradamus, el hombre que vaticinó su propia
  muerte  y  San  Malaquías,  que  coincide  con  el anterior en profetizar
  grandes  calamidades  y persecuciones para la Iglesia tras Benedicto XVI,
  a  la  Virgen  de Fátima, los vaticinios más o menos oscuros han influido
  mucho más de lo que se conoce en políticos y también en papas.
      La  verdad  de  lo  que  ocurrió  en Fátima es aún uno de los grandes
  enigmas  de  la historia. Sor Lucía, que moriría unos días antes que Juan
  Pablo  II,  estuvo  prácticamente  secuestrada  por  la Iglesia desde que
  siendo niña tuvo la visión de la Virgen o, como describieron los niños en
  su  primera  visión:  "una persona de metro diez, cubierta por un vestido
  ajustado  que  Lucía  describió  como  parecido a una chaqueta, una falda
  cerrada  y  rayas  trasversales  doradas.  Aquella entidad llevaba en sus
  manos  una bola luminosa que más tarde sería descrita como una especie de
  medallón con picos y, finalmente, como el corazón de María."
      Enigmas,   misterios,   anacronismos,  mensajes  ocultos,  profecías,
  técnicas  de  investigación,  viajes  y  encuentros  fortuitos.  Un libro
  apasionante  para  todos  los  amantes de lo oculto, de lo que se esconde
  tras  la  versión oficial de los hechos. Una sorprendente incursión en el
  otro lado del espejo de la Historia.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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TRUMAN CAPOTE. LA BIOGRAFÍA (Gerald Clarke)

“Se llora más por las plegarias atendidas
que por las no atendidas” (Santa Teresa)

La vida de Truman Capote puede relatarse en torno al pensamiento de Santa Teresa. Su ansia fue siempre alcanzar el reconocimiento y la aceptación que de niño le negaron sus padres. Con su padre tuvo escaso trato y éste siempre terminaba en una decepción más grande que la anterior. Con su madre tuvo que vivir encerrado en habitaciones de hotel donde veía cómo mantenía relaciones con otros hombres o cómo llegaba bebida y maltrecha. Durante los años que pasó en la casa familiar de Monroeville con sus tías tuvo que vivir inmerso en las relaciones tormentosas que mantenían esas tres mujeres y su tío, y que tan bien reflejaría en “El arpa de hierba”.

Pero su afán de aceptación social y de poder económico, era común a su madre quien le enseñó y transmitió tales valores como objetivos vitales, sobresaliendo de la vulgaridad.; el estilo y la clase eran la clave para elevarse en busca de ese reconocimiento.

La madre de Truman alcanzaría el tan ansiado triunfo mediante el matrimonio con Joe Capote de quien Truman tomaría su apellido; pero la plegaria atendida no logró evitar que murieses alcohólica y destrozada por las continuas sospechas, más o menos certeras, de infidelidades de su marido y su posterior bancarrota. Truman no vio en ello el aviso y la premonición. Por aquel entonces su fama de escritor ya había cruzado fronteras, su ingenio, sus ocurrencias y, sobre todo, las compañías de las que gustaba rodearse (entre lo más selecto de la sociedad de la época) eran la prueba de que él sí lo había conseguido.

Su cima literaria llegó con “A sangre fría”, el espeluznante relato de un crimen en el interior de los Estados Unidos, sin motivo aparente y con una violencia gratuita sin igual. Truman no sólo trabó conocimiento con el entorno de las víctimas (llegó a convertirse en una figura local en Holcomb) sino que mantuvo una larga e intensa relación epistolar y presencial con los dos asesinos, llegando incluso a presenciar su ahorcamiento.

Pero, al mismo tiempo, el crimen permitió que contemplara el reflejo de lo que pudo haber llegado a convertirse. Uno de los asesinos (Perry Smith) era la viva imagen de lo que pudo haber sido Truman de no haber abrazado la religión de la Literatura, salvándole de algún modo. Sus infancias se parecían demasiado como para no sentirse aterrado y culpable por ello; alcohol, abandono, malos tratos, empujaron a Truman y a Perry por caminos diferentes, pero, al fin, Truman vislumbró una fina línea que le separaba del asesino de los Clutter.

Pero la Literatura que le había salvado hasta entonces, y que le dio (precisamente con esta obra) su gran triunfo, no le logró salvar de sí mismo. Exultante tras el éxito de “A sangre fría” pero dolido por el escaso reconocimiento de los críticos profesionales, se planteó llevar adelante un viejo proyecto (emulación de la obra de Proust “En busca del tiempo perdido”). Describir a la alta sociedad de su tiempo y dejar al descubierto su triste condición valiéndose de su privilegiado status de acompañante y bufón se le antojó como su mayor contribución al Arte. Nadie como él aunaba conocimiento y talento para llevar a buen fin esa obra que dejaría al mundo boquiabierto y supondría su consagración definitiva junto a los más grandes autores de todos los tiempos.

Los capítulos publicados de esta obra (“Plegarias atendidas”) supusieron la condena de Truman al ostracismo social y al alejamiento de los círculos por los que hasta ese momento se movía como centro de todas las atenciones y confidencias. El rechazo pasó a convertirse en norma de obligado cumplimiento para todos aquellos, criticados o no, que antes habían otorgado su confianza a Truman.

Desconcertado, creyendo que su talento estaba por encima del orgullo de sus amigos y despreciando su inteligencia (creyó que ninguno de ellos llegaría a reconocerse), vio cómo, poco a poco, su vida se iba convirtiendo en una farsa de sí mismo.

Su vida sentimental (siempre compleja) pasó a ocasionarle un sinnúmero de problemas al empeñarse en escoger a sus parejas entre hombres incapaces de valorar su obra, vulgares, física e intelectualmente quizá como forma de asegurarse un control sobre ellos (prueba de que la confianza en sí mismo comenzaba a fallarle). Sus borracheras y su continuo coqueteo con pastillas y drogas acabaron por convertirle en un asiduo de las clínicas para desintoxicación probando todo tipo de tratamientos contra el alcohol y otro tipo de adicciones.

Su triste final supuso la definitiva extinción de una voz propia en el mundo literario que, seguramente, pudo habernos dejado mucho más de lo que nos legó y que, sin embargo, aportó a la literatura de la segunda mitad del siglo XX un soplo de originalidad que basta para situarle entre los mejores autores de su generación.

La biografía capital de Truman Capote está escrita por Gerald Clarke. A lo largo de sus numerosas páginas construye el mapa genético del niño afeminado que lucha por hacerse un hueco en el mundo, pese a todos los obstáculos, y lo consigue. Nos describe el proceso creativo de sus primeros trabajos y las dificultades para dar con finales adecuados; su talento para la vida social y su afán por rodearse de mujeres con clase (al final de sus tiempos confesaría que la clase, como él la entendía, ya no existía, y que las nuevas clases privilegiadas sólo tenían dinero y carencia del mínimo estilo y clase. Nos describe sus relaciones íntimas, alumbrando la parte privada de su vida, de la que tanto dependía y que pudo ser la clave de sus últimos años.

El libro está escrito en la más pura tradición anglosajona lo que la convierte en seminovela de apasionante lectura, al tiempo que cuenta con una voluminosa anotación agrupada en sus últimas páginas, que sustenta la credibilidad del trabajo.

No todos los autores presentan una simbiosis entre vida y obra. En el caso de Truman Capote, y tal vez con la excepción de “Desayuno en Tiffany´s”, esa dependencia es total por lo que la lectura de esta biografía permite un nuevo acercamiento a la narrativa de Capote desde una nueva perspectiva.

¿Hubiera sido más feliz en el caso de no haber visto atendidas su plegarias y haber llevado una vida menos pública y brillante?. La respuesta que él nos habría dado sería, sin lugar a dudas, que no.

Confieso que he leido

Memphis Blues Again

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YO QUE HE SERVIDO AL REY DE INGLATERRA (Bohumil Hrabal)

Este libro narra la vida de un joven camarero que descubre a una temprana edad el poder del dinero y aspira a su disfrute. Observando a los clientes de los diferentes hoteles por los que le lleva su ascendente carrera, comprende cómo el dinero brinda admiración, impunidad, mujeres, elegancia, …

Pese a la aparente contradicción entre sus aspiraciones y su humilde trabajo, el pequeño protagonista, no cae en ningún momento en el desaliento sino que prospera, de hotel en hotel y de ciudad en ciudad, hasta llegar a uno de los más lujosos establecimientos de Praga. Sin embargo, su carrera no finaliza en este punto, sino que, en sucesivos avatares construye su propio hotel, envidia de todos los hoteleros de Checoslovaquia y media Europa.

El éxito ha llegado a su vida pero no todo parece encajar. Su condición de millonario no le abre las puertas de la gran clase, sus orígenes humildes y el modo en que logra la fortuna le acarrean odios y envidias. La soledad es lo único que el dinero le ha garantizado. Sus intentos por congraciarse con sus colegas durante el periodo comunista no logran el resultado querido y finalmente decide retirase al paisaje más remoto que haya en el país.

Como contexto histórico, se van sucediendo acontecimientos de la historia checa, desde la ocupación nazi y la consiguiente lucha de resistencia, al periodo comunista. Estos hechos tan desgraciados, son narrados por Hrabal con un total desenfado de modo que, sin ocultar los aspectos más trágicos, el tono de la narración nunca se torna pesaroso. Quizá una de las mejores imágenes de toda la novela sea la parábola de la ocupación comunista reflejada en el encarcelamiento de los millonarios y la vida que llevan en prisión, conviviendo con sus guardianes. Escenas como ésta, mezcla de ternura y surrealismo, son las que, a mi entender, dan la medida de la novela y de la riqueza literaria del autor.

Por ello, lo más destacable de la novela es el tono de la misma. El protagonista se ve envuelta en historias totalmente inverosímiles que asume con plena naturalidad. Sea una comida servida para el rey de Abisinia, un concierto a media noche en una aldea perdida o un niño cuya obsesión es martillear clavos, lo absurdo acaba por imponer su fuerza convirtiendo a los personajes en meros actores-títeres.

El protagonista de la novela es un personaje complejo que comienza como una persona de tremendas ambiciones y numerosas tretas para salvar su escasez de recursos, al modo de la tradición picaresca española, y acaba como una mezcla de Sancho Panza y don Quijote, mediando entre los sueños imposibles y el descubrimiento de la realidad velada. Esta tensión se va poniendo de manifiesto de manera gradual a lo largo de las páginas del libro de manera magistral, acabando por cerrar un círculo imposible.

Como no puede ser de otro modo, la escritura de Hrabal, al igual que la de todo autor checo del siglo XX, no escapa de las comparaciones con la obra de Kafka. Buscando paralelismos, es posible relacionar “Yo que he servido al Rey de Inglaterra” con “América”, en su dimensión dickensiana, si bien, ni el tono de ambas novelas es el mismo, ni la intención de los autores es coincidente. Quizá sea en los pequeños cuentos de Kafka, en los que lo imposible es asumido como real, donde podemos encontrar una escritura similar a la de Hrabal (o viceversa). Por ello, y para hacer justicia a ambos, es preferible no tratar de forzar comparaciones.

Bhoumil Hrabal es un autor clave en el mundo centroeuropeo surgido tras la Segunda Guerra Mundial y su modo de escribir nos enseña, desde una perspectiva diferente, cómo afronta el hombre estos nuevos cambios y, por tanto, qué hay de permanente en él, cuál es su esencia. Su humanismo se pone de manifiesto en el cuidado con que trata a sus personajes y el respeto que siente por los mismos. La elección en sus obras de un tono sencillo, humorísticos en algunos casos, no nos debe llevar a engaño sobre la trascendencia de los temas que plantea.

Confieso que he leído

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Arthur & George (Julian Barnes)

Arthur & George es un díptico que enfrenta la vida de dos contemporáneos cuyas vidas se cruzaron fugazmente pese a su natural divergencia. George es un joven abogado de origen indio que, en la Inglaterra eduardiana de principios del siglo XX, es acusado, juzgado y condenado por rajar el vientre y causar la muerte de varios animales en un condado rural. Su carácter reservado, sus escasas dotes para la comunicación humana, su origen racial y su exclusivo interés por el mundo del Derecho, despreciando otras aficiones más mundanas como las mujeres o el alcohol, le convierten en un espécimen extraño, una rareza en una comunicad intransigente y dispuesta a atribuirle cualquier iniquidad por no querer ser uno más.
Arthur es, naturalmente, el gran escritor Conan Doyle cuya infancia se vio influida por una educación centrada en los elevados principios morales de la Vieja Inglaterra según los cuáles, el ejercicio de deportes físicos servía para templar las tentaciones de la carne, fumar delante de una dama era considerado una absoluta grosería y el honor propio estaba por encima de cualquier otra cuestión terrenal. Pese a que en su infancia conoció la pobreza relativa como consecuencia de la conducta errática y bohemia de su padre – lo que forzó a su pobre y adorada madre a sacar adelante a su parentela- logró abrirse camino, primero como médico, posteriormente como oftalmólogo y, finalmente, dado que la escasez de clientes le permitía escribir en su despacho profesional, como autor de éxito.

Es conocida la aversión que Conan Doyle acabó desarrollando por Sherlock Holmes a quien mató y posteriormente resucitó ante los ruegos de su público (y de su propia madre). Arthur siempre prefirió sus novelas medievales en las que el ideal caballeresco era la esencia. Precisamente ese ideal es el que le llevó a lo largo de su vida a consagrar sus esfuerzos a diversas causas que consideraba justas. Así, organizó numerosas colectas a favor de desvalidos que llamaban su atención por cualquier motivo- por ejemplo el ganador de la maratón de las olimpiadas de Londres descalificado por haber sido ayudado a levantarse a pocos metros de la meta-, se manifestó en contra del sufragio femenino, tomó partido por la mayoría de asuntos públicos de la Inglaterra de su época e intervino activamente en diversos casos judiciales.

En esta última faceta es donde se encuentran fugazmente la vida de estos dos hombres. Arthur Conan Doyle investigó, escribió artículos, promocionó una comisión del gobierno y logró, finalmente, la anulación de la sentencia que condenaba a siete años de trabajos forzados al bueno de George Edalji, incapaz por otro lado de acercarse a una vaca, no digamos ya de abrirle la panza.

A primera vista se podría establecer una relación natural entre las labores “reales” de investigador justiciero de Conan Doyle y las “ficticias” de su creación literaria. Sin embargo, y a diferencia de lo que señalan facilonamente la mayoría de las críticas que se han publicado de este libro, creo que el origen de este impulso está más relacionado con el carácter de desfacedor de entuertos, casi quijotesco, propio de sus ideales elevados. Su interés era limpiar la vergüenza que sentía como inglés por el estrepitoso fracaso que la administración pública (policía, jueces, jurado popular y políticos) había jugado en este episodio. De hecho, a partir de este suceso, y con el fin de prevenir injusticias similares se crearon los Tribunales de Apelación.

Sin duda, y pese a que el título parece mostrarnos a dos personajes en igualdad de condiciones, el libro gira inevitablemente en torno a la vida de Conan Doyle, no sólo por ser más conocida, sino porque su carácter, su infinita energía, su concepción del honor y la visión que de sí mismo tenía (no precisamente modesta) son un poderoso imán al que Barnes sabe sacar un brillo especial que le hace aún más atrayente.

Sin embargo, y a un nivel puramente literario, es la recreación de la vida de George Edalji, cómo se construye ante nuestros ojos asombrados la personalidad y el esbozo de sus pensamientos más íntimos, lo que da la medida del enorme talento de Julian Barnes. El autor sabe tomar una historia real y trocarla, más allá de la pura anécdota, en un territorio literario propio. Mediante un estilo engañosamente sencillo (apenas parece advertirse el trabajo del autor) y con precisión aritmética, se nos desgrana en paralelo el curso de la vida de estos dos hombres ejemplificando dos formas de entender la vida y afrontar sus desafíos.

Confieso que he leído
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PARA QUIÉN ESCRIBO

 

SIGLO XXI, 15 de octubre de 2006 

Para quién escribo, la duda de siempre

El ganador del premio Nobel reflexionó recientemente en The New York Times

  Orhan Pamuk, Tomado de GDA, La Nación

Nueva York. Durante los últimos 30 años –desde que me convertí en escritor–, la pregunta que me han planteado con mayor frecuencia, tanto lectores como periodistas, es ésta: "¿Para quién escribe usted?" Sus motivos dependen de la época y el lugar, pero todos emplean el mismo tono de voz, suspicaz y desdeñoso.

A mediados de la década de 1970, cuando decidí convertirme en novelista, la pregunta reflejaba la difundida idea filistea de que el arte y la literatura eran lujos en un país no occidental pobre, aquejado por problemas premodernos. También incluía la insinuación de que alguien "tan educado y cultivado como usted" podría ser más útil a la nación como médico dedicado a combatir las epidemias o como ingeniero abocado a la construcción de puentes.

En años posteriores, los que me preguntaban: "¿Para quién escribe usted?" estaban más interesados por descubrir qué parte de la sociedad era la que yo esperaba que leyera y disfrutara de mi trabajo. Sabía que esa pregunta era una trampa, porque si no contestaba: "Escribo para los miembros más pobres y oprimidos de la sociedad", me acusarían de proteger los intereses de los terratenientes turcos y de la burguesía. Y esto, a pesar del hecho de que cualquier escritor de buen corazón que fuera tan ingenuo como para afirmar que escribía para los obreros y los campesinos recibía rápidamente la respuesta de que era muy poco probable que sus libros fueran leídos por personas apenas alfabetizadas.

Treinta años más tarde, escucho más que nunca esa misma pregunta. Pero ahora tiene más que ver con el hecho de que mis novelas se traducen a más de 40 idiomas.
Durante los últimos 10 años, mis cada vez más numerosos interrogadores parecen preocupados de que yo pueda malentender la pregunta, de manera que suelen agregar: "Usted escribe en turco. Entonces, ¿escribe para los turcos, o ahora también piensa en el público más amplio al que llega gracias a las traducciones?" Y la pregunta siempre está acompañada por la misma sonrisa suspicaz y desdeñosa, que me lleva a la conclusión de que, si quiero garantizar la autenticidad de mi obra, debo contestar: "Sólo escribo para los turcos".

Antes de ocuparnos de la pregunta en sí misma, debemos recordar que la aparición de la novela como forma de arte coincidió con la emergencia del Estado-nación. Cuando se escribían las grandes novelas del siglo XIX, el arte de la novela era en todos los sentidos un arte nacional. Balzac, Dickens, Dostoievski y Tolstoi escribían para las clases medias emergentes de sus naciones, que podían abrir los libros y reconocer cada ciudad, cada calle, cada casa, cada habitación y cada silla; podían compartir los mismos gustos y discutir las mismas ideas.

En el siglo XIX, las novelas de esos grandes autores aparecían primero en los suplementos culturales de los periódicos nacionales, pues los autores le estaban hablando a la nación. Para fines del siglo XIX, leer y escribir novelas era participar en una discusión nacional cerrada al exterior.

Pero hoy la escritura de novelas conlleva un significado diferente, al igual que la lectura de novelas literarias. Hoy, los lectores esperan un nuevo libro de García Márquez, Coetzee o Paul Auster, de la misma manera que sus predecesores esperaban la nueva novela de Dickens… como si fueran las últimas noticias. El público lector de novelistas como éstos, a nivel mundial es mucho más grande que el público al que llegan sus libros en sus países de origen.

Los escritores escriben para su lector ideal, para sus seres queridos, para ellos mismos o para nadie. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que los escritores literarios de hoy también escriben para los que los leen. De modo que las preguntas incisivas y las sospechas sobre las verdaderas intenciones de estos escritores reflejan cierta inquietud sobre este nuevo orden cultural que ha logrado existencia durante los pasados 30 años.

La gente a la que este orden le resulta más perturbador son los representantes de las naciones no occidentales y de sus instituciones culturales. Los Estados no occidentales atormentados por las crisis, angustiados por su identidad nacional -y reticentes a enfrentar las zonas negras de su historia- se muestran suspicaces con los novelistas creativos que enfocan la historia y el nacionalismo desde una perspectiva no nacional. Según estos críticos, los novelistas que no escriben para su público nacional están exotizando su país para "consumo externo" e inventando problemas que no tienen una base en la realidad.

Existe una sospecha paralela en Occidente, donde muchos lectores creen que las literaturas locales deben seguir siendo locales, puras y fieles a sus raíces nacionales. Su secreto temor es que un escritor que se dirige a un público internacional y que hace uso de tradiciones externas a su propia cultura, termine por perder su autenticidad.

Y porque todos los escritores sienten un profundo deseo de ser auténticos es que todavía me gusta que me pregunten para quién escribo. Pero aunque la autenticidad de un escritor depende de su capacidad de abrir su corazón al mundo en el que vive, también depende de su capacidad de entender su propia posición cambiante dentro de ese mundo.

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