Diástole (Emilio Bueso)

Diástole, de Emilio Bueso

No sé si acierto: clasifico esta novela como gótica porque me de la gana, igual que clasifico al autor como renacentista, por mucho que intente esconderse en un género y aspecto estético más proclive al peludismo iletrado.

Porque todo encaja. Todo encaja en esta obra sobrada de pennsamiento para lo que a veces exigen los lectores. Encaja su estética, la idea que sostiene, y el discurso de un autor que, ya digo, no consigue ocultar que saber de lo que habla y ha reflexionado sobre los temas que aborda.

Como bien dijo Cristina Macía en la presentación de la novela, esta tarde en la Semana Negra de Gijón, Diástole es una novela de vampiros para cuando las fans de Crepúsculo se han hecho mayores.

Emilio Bueso, que intentó en todo momento escapar de las etiquetas de género, no quiso reconocer que se trata de una novela de vampiros y la clasificó, a regañadientes, como un Thriller sobrenatural.

A mí, sin embargo, oyéndolos hablar, me dio la impresión de que se trataba de una novela psicológica, casi costumbrista, en la que la presencia de los vampiros y lo sobrenatural eran simples alegopróas para expresar  lo desmedido dentro de nuestras reacciones o nuestra vida diaria.

Porque Diástole es una novela sobre lo desmedido. Sobre dos hombres que lo han ido perdiendo todo hasta encontrarse, que han ido dejando pedazos de conciencia y existencia y se buscan, quizás para completarse, o para consumar sus destinos. Un poco como el dragón busca al caballero, y viceversa, digo yo, pero con otra estética más cercana a lo infernal que a lo épico. 

No entraré en detalles. No entraré en escenarios, aunque hay mucho de sugerente en su paso por los montes, las mansiones y hasta las centrales nucleares.  Lsa trama es tensa y bien envuelta. Baste con eso.

Por lo demás, el autor nos promete que gran parte del ambiente y del efecto se basan en la precisión que ha buscado en el lenguaje. Tiendo a creerle. Siempre creo al ingeniero que promete poesía.

Y casi nunca me han defraudado.

Javier Pérez

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LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL NO TERMINÓ EN 1945

La retaguardia
Hans Waal
Traducción de Valentín Ugarte
Lengua de Trapo, Madrid, 2010, 423 págs.

por Anna Rossell

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Muchos han sido los intentos de acercarse al nacionalsocialismo: desde el cine, desde el teatro y desde la literatura, sobre todo por parte de los implicados y de sus herederos, víctimas y verdugos. Y ello en una amplia gama de registros, desde el ensayo, la pura autobiografía o la novela autobiográfica –Jean Améry, Más allá de la culpa y la expiación, Jacov Lind, Autobiografía, Primo Levi, Si esto es un hombre, Ruth Klüger, Seguir viviendo– o la ficción realista –Erich Hackel, Adiós a Sidonie, Bernhard Schlink, El lector– hasta el que narra con distancia irónica o grotesco sarcasmo lo inenarrable –Edgar Hilsenrath, El nazi y el peluquero–, incluso en clave de cómic –Art Spiegelmann, Maus–, por nombrar unos pocos y sólo literatura.
Los años del terror nazi han hecho correr mucha tinta, intento de explicar lo inexplicable. Así la temática sigue siendo productiva y, a pesar de ello, innovadora, también para las jóvenes generaciones. Es el caso de La retaguardia, que vuelve sobre el tema desde una perspectiva original. El autor (alemania, 1968), que es periodista en ejercicio –finalista del premio Egon-Erwin-Kisch– y se estrena con este texto como escritor de ficción bajo el seudónimo de Hans Waal, aprovecha sus conocimientos de la historia de su país y del mundillo en torno al periodismo y la política para pergeñar una buena trama sobre la evolución de alemania desde el nacionalsocialismo. Lo que al principio pudiera parecer una novela populista cocinada con ingredientes que aseguran el fervor del gran público, nos sorprende por la dignidad de su planteamiento y el difícil equilibrio que consigue entre humor y seriedad, frescura y reflexión.
El punto de partida hubiera sido ideal para caer en el recurso fácil: cuatro octogenarios miembros de las SS, entusiastas de la causa reclutados a última hora antes de la caída de Berlín, han vivido sesenta años en un búnker ignorando que la guerra terminó, a lo que ha contribuido la ubicación de su escondrijo, que se halla bajo un campo militar de tiro. Al quedarse sin el último abrelatas de que disponían se ven obligados en 2004 a salir al exterior. Vestidos con sus viejos uniformes y pertrechados con sus fusiles, el grotesco grupo emprende un viaje por la región de Brandemburgo buscando rendir informe a Hitler. Una sucesión de absurdas situaciones, que genera otros tantos malentendidos, revierte en un texto divertido, aunque no superficial, que ofrece no sólo la visión de la alemania actual hacia el nacionalsocialismo, sino –y es lo novedoso– la de la alemania nacionalsocialista hacia la actual. Basada en tres perspectivas, la narración discurre a cargo de uno de los cuatro ancianos, que desde su encierro en el búnker lleva un diario dirigido a su amada en el que anota lo acontecido en su vida cotidiana; la de una ex ciudadana de la RDA, ahora jefa de la unidad especial de policía para combatir a los neonazis y la del ayudante de un afamado reportero de un canal privado de televisión a la caza de primicias y reportajes suculentos.
Waal sale bastante airoso de la dificultad de mantener intacta la verosimilitud a lo largo de más de cuatrocientas páginas. Cierto que a veces sólo con pinzas –a más tardar cuando los SS reencuentran a la familia de uno de ellos debiera deshacerse el malentendido del final de la guerra y la capitulación de alemania, y esto sucede en el primer tercio del texto–. Pero ello puede perdonarse dada la clave humorística, que, si bien es la que predomina, no es ni mucho menos la única: aunque menos frecuentes, los momentos de sobriedad reflexiva destacan por contraste con el registro humorístico predominante. Waal no banaliza; el texto se lee también como un retrato de cómo alemania ha vivido y sigue conviviendo con el nacionalsocialismo desde distintas posiciones ideológicas; es también un recorrido sociológico por todos estos años hasta la actualidad.

© Anna Rossell

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LITERATURA DE INTROSPECCIÓN

LITERATURA DE INTROSPECCIÓN

La muerte del adversario
Hans Keilson

Traducción de Carles Andreu,
Editorial Minúscula, Barcelona, 2010, 301 págs.

por Anna Rossell

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Pionera esta novela de Hans Keilson (Bad Freienwalde –alemania-, 1909), la mejor de las tres que escribió y, aunque controvertida, la mejor acogida. Pionero su enfoque en el momento de su gestación, pues si bien no vio la luz hasta 1959, en alemania, el autor había empezado a escribirla en los años 30, coincidiendo con el ascenso de Hitler al poder. Estos años –los del terror nacionalsocialista- sirven de marco histórico al tema que el autor propone: el de la relación entre víctima y verdugo, entre amigo y enemigo, una experiencia que sirve a Keilson para proyectar, a partir de su vivencia personal y de sus conocimientos profesionales, una parábola universal sobre aquella relación. El autor, judío alemán que estudió psiquiatría y educación física en Berlín, emigrado a Holanda en 1936, donde trabajó con el movimiento de la resistencia, ejerció como psicoterapeuta en Ámsterdam en el tratamiento del trauma de supervivientes del nacionalsocialismo. Su mirada hacia el objeto de su análisis no es cualquier mirada.

Keilson, autor también de poemas y ensayos en los que predomina esta temática, construye una novela analítica y reflexiva de ademán teórico con vocación universal –a este fin, la novela no menciona años ni nombres, a pesar de dejar muy clara la situación histórica-, al proponer una tesis general aplicable en cualquier contexto. A los iniciados en el tema su tesis no ha de resultarles nueva; hace mucho es sabida la interpretación del genocidio nazi por parte de algunos sectores judíos como una especie de destino, un castigo divino del que se habrían hecho merecedores -una culpa que había que purgar-. También se ha tratado literariamente (Imre Kertesz, Sin destino; Fiasco; Kaddish para un hijo no nacido; Friedrich Dürrenmatt, El juez y su verdugo; Edgar Hilsenrath, El nazi y el peluquero; entre otros muchos) y filosóficamente -incluso antes del fin de Hitler (Hannah Arendt, Culpa organizada)- la cuestión de la fina línea que separa la víctima del verdugo sugiriendo la intercambiabilidad de los papeles. Sí era novedosa sin embargo en los años treinta. De ahí su originalidad.

La de Keilson es una historia de base autobiográfica y el marco en el que se encuadran los hechos –una historia dentro de otra historia- apunta deliberadamente en esta dirección. Narrada en primera persona, la voz del protagonista es un claro trasunto del autor, como él exiliado por la misma razón en Holanda y como él en los mismos años escritor de las reflexiones más tarde susceptibles de convertirse en novela.
La cuestión de fondo es la del engaño, concretamente el autoengaño, que impregnaría los sentimientos y los actos humanos. En diferentes variantes – las múltiples y dilatadas consideraciones introspectivas a que se entrega el narrador acerca del carácter ilusorio de las razones de la actuación del enemigo y de las del grupo por él amenazado, la falsificación en general: de sellos, fotografías o documentos oficiales-, todo conduce a la tesis de que, como sostiene el psicoanálisis, nada a nuestro alrededor y en la actuación humana es en realidad lo que parece. En coherencia con la voluntad ensayístico-filosófica del texto, la voz narradora es ecuánime, nada da entender sufrimiento alguno. El narrador es el observador distante –lo cual da literariamente unos pasajes muy logrados- que, incapaz para la empatía con quienes corren su misma suerte, se autoexcluye para mantenerse fiel a la intuición en la que basa su tesis: que entre víctima y verdugo hay una relación dialéctica de amor-odio -en el caso de la víctima de tintes masoquistas-, que radica en las propias frustraciones. La existencia del enemigo serviría para el conocimiento de sí mismo; la muerte del enemigo equivaldría a la propia muerte. Consecuencia congruente es entender la ira del enemigo como un destino inevitable. De ahí que la novela levantara ampollas en su momento, a pesar de la clamorosa acogida que ha tenido por parte de la crítica en los Estados Unidos, donde ésta y otra de sus novelas, Komödie in Moll (Comedia en clave menor) han sido reeditadas recientemente con motivo del centenario del nacimiento del autor. En alemania la editorial Fischer publicó en 2005 sus obras completas. En España se edita por primera vez.

© Anna Rossell

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NO HAY SILENCIO QUE NO TERMINE

NO HAY SILENCIO QUE NO TERMINE
Berta Lucía Estrada Estrada
Escritora y crítica literaria

“No hay silencio que no termine”, es un verso de Pablo Neruda, que pareciera que hubiese sido escrito para darle un título al libro de Ingrid Betancourt. Confieso que no he sentido ningún deseo de leer los testimonios que desde hace aproximadamente dos años están apareciendo en las librerías colombianas, supuestamente escritos por las personas que han sufrido el oprobio del secuestro. No obstante, la entrevista de Héctor Abad Faciolince a la autora, y su comentario lúcido, como todo lo que él dice o escribe, que se trata de una verdadera obra literaria, me sembró el interés por su lectura; el cual se incrementó con el artículo de Santiago Gamboa. Sin embargo, es sólo ahora que lo he leído. La razón de la espera es muy simple, deseaba hacerlo en la lengua en la que originalmente fue concebido, el francés; por lo que debía esperar para poder adquirirlo. Lo que fue posible ya que desde hace unas semanas estoy en Francia. Lo leí en un espacio de 7 días, no le dediqué las horas de lectura que normalmente hago cuando el libro me apasiona. Lo leí despacio, tratando de sumergirme en el horror descrito en las 689 páginas de “Même le silence a une fin”, Ediciones Gallimard, 2010.
Mi relación con Ingrid ha pasado por diferentes etapas, primero de una gran admiración por su valentía, me refiero a las huelgas de hambre que hizo en el Senado colombiano o como cuando se postuló como candidata a la Presidencia de la República. Seguí con mucho interés su campaña, en la que creo recordar que distribuía condones en la calle; uno de los aspectos que influyó en mi decisión de votar por ella, ya que apruebo las posturas contestarias. Pero cuando fue secuestrada, debo confesarlo, sentí cólera y rechazo, ya que creía que ella había buscado ser secuestrada, no para quedarse 6 ½ años de su vida pudriéndose en la selva, sino para ser liberada en 48 o 72 horas con un comunicado de las FARC, lo que en ese entonces sucedía con alguna frecuencia, y lo que habría aumentado su popularidad. Durante esos años de infortunio me llegó a desestabilizar que sólo preguntaran por ella; ya que era consciente que habían muchas otras personas que estaban sufriendo el mismo calvario. Pero luego hubo un cambio en mi actitud. Cuando viajé a Francia en 2005 y vi su rostro en las Alcaldías de ciudades y pueblos por los que pasaba, entendí que ella visibilizaba la infamia del secuestro. Poco tiempo después yo misma hacía parte de uno de los grupos de apoyo a Ingrid Betancourt. El día de su liberación lloré, sentí que el terror que había vivido, era el mismo que mi país ha experimentado en esta larga guerra fratricida en la que estamos inmersos hace ya más de cincuenta años.
“No hay silencio que no termine”, es un libro muy bien escrito, con una gran riqueza de lenguaje, que muestra el gran dominio que Ingrid tiene del francés. No obstante, no pude sumergirme en él como yo lo hubiese esperado. Creo que le falta “alma”, es posible que sea a causa de la lengua en el que originariamente fue escrito. Es como si la autora hubiese querido utilizar un filtro que la protegiese de los recuerdos del cautiverio. No hay que olvidar que la lengua materna de Ingrid Betancourt es el castellano. Y al filtrar las palabras en un idioma que es más lógico que el nuestro, aunque sea también de origen latino, permitió que el dolor se atenuara. Ese filtro, al llegar a mí, volvió a operar. Lo leí con sangre fría, antes de leerlo creí que iba a llorar, que me iba a estremecer pensando en la ignominia que le había tocado enfrentar y a la cual yo jamás podría sobrevivir. Pero no, no lloré, ni se me puso la carne de gallina. El velo que Ingrid utilizó para no exponer su dolor en una vitrina como si fuese una herida supurante, sino más bien como un velo de una textura fina, cuyo material es el pudor, le permitió mostrar la adversidad y el delirio humano. Pienso que esa es la gran estrategia literaria que hace que su libro no sea un simple testimonio de una víctima, sino un libro sobre la condición humana.
“No hay silencio que no termine”, nos muestra la vileza en toda su dimensión. Es un fresco de las bajezas y de la humillación, a las que somos capaces de llegar cuando la frontera entre la razón y la locura se hace tan tenue como una simple vara en la que caminamos como funámbulos. Pero también es el fresco del deseo de poder que puede apoderarse de nosotros cuando somos incapaces de ver en el otro a un ser humano con nuestras mismas debilidades, necesidades, angustias. Estoy convencida que para las FARC este libro es un golpe enorme, como si se tratase de un bombardeo de gran magnitud; puesto que nos muestra que todo el supuesto argumento “revolucionario” y “los deseos por una sociedad más justa y equitativa” son una gran falacia en el corazón de una guerrilla que hace tiempo está en los estertores de una enfermedad terminal, pero que por una u otra razón, se niega a morir. Aunque todos conocemos la verdadera razón. Sabemos que el narcotráfico, la guerra y las ganancias, con multitud de ceros a la derecha, evitan que haya una luz al final del túnel.

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Los cuclillos de Midwich, JOHN WYNDHAM

midwich_0_previewPara esta novela –escrita en los comienzos de la era del rock and roll, cuando los «Teddy Boys» de amenazadora apariencia mero-deaban por las calles de Gran Bretaña–, Wyndham concibió una idea in­teligente que se resuelve en la imagen perfecta de la pesadilla de los años cincuenta, la brecha generacional. La novela (The Midwich Cuckoos) no tiene nada que ver ni con la música rock ni con los «Teddy Boys»: comienza como si fuera otra de las «seductoras ca­tástrofes» (frase apropiada, cortesía de Brian Aldiss) en un tran­quilo y bucólico escenario inglés.

El narrador y su esposa regresan a su casa en la pequeña aldea de Midwich. Son detenidos por un policía, mientras un camión del ejército pasa por allí. «¿Revolución en Midwich?», bromea el na­rrador. En realidad, lo que ha ocurrido es mucho más serio. Una nave espacial extraterrestre ha aterrizado en la aldea, y durante una noche y un día ha hechizado misteriosamente a la población. Como en el cuento de la Bella Durmiente, todo el mundo se ador­mece. El área afectada es un círculo perfecto de tres kilómetros de diámetro, y todo aquel que intenta entrar en él pierde de inmediato la conciencia. El ejército no puede hacer nada, pero cuando la nave espacial se va, todo el mundo despierta de golpe. Ha habido algu­nas muertes por exponerse a los extraterrestres, pero el resto de la población no ha sufrido apa-rentemente ningún daño. Los poblado­res bautizan la experiencia con el nombre de «día menos».

Las consecuencias del «día menos» sólo se manifiestan nueve meses después. Todas las mujeres de Midwich en edad de concebir han quedado embarazadas, lo que sugiere que cada una de ellas ha sido fecundada por los visitantes extraterrestres, a quienes nadie ha visto. Todas tienen bebés perfectos y hermosos, pero con un rasgo insólito: ojos dorados. Otra consecuencia extraña es que unas cuantas madres que se habían ido de Midwich, vuelven al lugar, con sus bebés, argumentando que los niños las han obligado a vol­ver. La aldea parece haberse convertido en el nido adoptivo de una camada de «cucos» superhumanos. A medida que los niños crecen, sus temibles poderes se hacen cada vez más evidentes. Se comunican telepáticamente entre sí, y tal vez compartan una conciencia común. A los nueve años, tienen la contextura física de un adoles­cente: son altos, rubios y de ojos dorados, se mantienen unidos y parecen envueltos en un aura ligeramente amenazadora.

En determinado momento, estos enigmáticos delincuentes ju­veniles comienzan a matar. Un joven normal de Midwich es obli­gado a estrellar su coche contra una pared: cuando su hermano quiere vengarse, termina volviendo el revólver contra sí mismo y los niños extraterrestres lo fuerzan a suicidarse. La gente del pueblo decide tomar medidas, con el apoyo espiritual del párroco: «Tienen el aspecto del genus homo, pero no su naturaleza. Dado que son de otra clase, y que asesinar es, por definición, matar a los de la propia clase, ¿puede calificarse como asesinato la muerte de alguno de ellos…? Si pertenecen a otra especie, ¿no estamos plenamente facultados a luchar contra ellos y proteger nuestra propia especie? O, incluso, ¿no es ése nuestro deber?». Cuando una multitud trata de atacar a los niños, éstos se limitan a utilizar sus poderes persuasivos para ha­cer que los pobladores se peleen entre sí, con el saldo de cuatro muertos. Después de este incidente, hasta los pobladores más racio­nales y humanos se ven obligados a tomar la decisión de destruir a los niños. Finalmente, por medio de engaños, se consigue este bru­tal objetivo.

La novela plantea un incómodo dilema moral, y llega a una cruel conclusión. Al final, no se puede evitar una punzada de dolor, a pesar de que Wyndham ha tenido el cuidado de estimular la sim­patía del lector por la raza humana. Si el libro se leyera como una parábola de la brecha generacional, aunque dudo que ése haya sido el propósito del autor, sería en verdad terrorífico.

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