Ivan Klíma y Philip Roth hablan sobre Kafka

 

ROTH: Kafka. En noviembre, mientras un marginado y ex presidiario, Václav Havel, hablaba a los manifestantes que en aquel momento ocupaban Praga y cuya acción daría lugar al nacimiento de la nueva Checoslovaquia, yo estaba dando un cursillo sobre Kafka en un college de Nueva York. Los alumnos leyeron El castillo, la tediosa e infructífera lucha de K. para conseguir que le sea reconocida la condición de topógrafo por el poderoso e inaccesible dormilón a cuyo cargo esta la burocracia del castillo, el tal señor Klamm. Cuando apareció en el New York Times una foto en que se veía a Havel tendiéndole la mano, de lado a lado de una mesa de conferencias, al antiguo primer ministro del régimen, se la enseñe a mis alumnos. “Bueno”, les dije: “K. por fin consigue reunirse con Klamm.” A los estudiantes les encantó que Havel tomara la decisión de presentarse a las elecciones: así entraba K. en el castillo nada menos que como sucesor del jefe de Klamm.
La clarividencia irónica quizá no sea el mas notable atributo de la obra de Kafka, pero nunca deja de sor prendernos cuando pensamos en ella. Kafka es todo menos una mente fantasiosa creando un sueño o pesadilla, en cuanto pudiera ser lo contrario de una mente realista. Su narrativa insiste, una y otra vez, en un punto: que aquello que se nos antoja una alucinación inimaginable, una paradoja imposible de superar, es precisamente lo que constituye la realidad de cada cual. En obras como La metamorfosis, El proceso y El castillo, nos traza la crónica de como alguien es educado para aceptar—más bien demasiado tarde, en el caso del acusado Joseph K.—que lo que parece fuera de lugar y ridículo e increíble, muy por debajo de la dignidad y de los intereses de una persona, es de hecho lo que esta sucediéndole a uno: esto que se sitúa por debajo de mi dignidad resulta ser mi destino.
“No era un sueño”, escribe Kafka, poco después de que Gregor Samsa despierte al descubrimiento de que ya no es un buen hijo que ayuda a su familia, sino una asquerosa alimaña. El sueño, según Kafka, es un mundo de probabilidad, de proporción, de estabilidad y orden, de causa y efecto: lo que a él le parece absurdamente fantástico es un mundo fiable, hecho de dignidad y de justicia. Cuanto le habría divertido a Kafka la indignación de esos soñadores que nos dicen a diario: “¡No he venido a este mundo a que me insulten!” En el mundo de Kafka, y no únicamente en el mundo de Kafka, la vida solo empieza a tener sentido cuando nos damos cuenta de que para eso precisamente es para lo que estamos aquí.
Me gustaría saber que papel puede haber desempeñado Kafka en tu imaginación durante los años en que estuviste en el mundo para que te insultaran. Los comunistas vetaron los libros de Kafka en las librerías, las bibliotecas, las universidades, incluida la de su propia ciudad natal, y en toda Checoslovaquia. ¿Por qué? ¿Qué los asustaba en Kafka? ¿Qué los irritaba? ¿Qué significaba para vosotros, que teníais un conocimiento íntimo de su obra y que incluso podíais sentiros muy identificados por sus orígenes?
KLIMA: Yo también, como tu, he estudiado la obra de Kafka. No hace mucho escribí un largo ensayo sobre él y sobre una obra de teatro que trataba de su relación amorosa con Felice Bauer. Y yo formularía mi opinión sobre el conflicto entre el mundo onírico y el real en términos ligeramente distintos. Tu dices: “El sueño, según Kafka, es un mundo de probabilidad, de proporción, de estabilidad y orden, de causa y efecto: lo que a él le parece absurdamente fantástico es un mundo fiable, hecho de dignidad y de justicia.” Yo quitaría fantástico y pondría inalcanzable. Lo que tu llamas el mundo del sueño, para Kafka era mas bien el mundo real, el mundo en que impera el orden, en que los seres humanos, al menos a su modo de ver, eran capaces de tenerse afecto, hacer el amor, tener hijos, cumplir ordenadamente con sus obligaciones; pero ese mundo era, para el, inalcanzable en su casi patológica fiabilidad. Lo que hace sufrir a sus personajes no es que no puedan alcanzar sus sueños, sino el hecho de no ser lo suficientemente fuertes como para adentrarse de veras en el mundo real, para cumplir de veras con su obligación.
En cuanto a por que prohibieron a Kafka los regímenes comunistas, podemos encontrar la respuesta en una frase que dice el protagonista de mi novela Love and Garbage “Lo que más importa de la personalidad de Kafka es su honradez.” Un régimen edificado sobre el engaño, que obliga a la gente a fingir, que exige aprobación de boca para afuera, sin preocuparse para nada de cuales puedan ser las convicciones internas de aquellos cuyo consentimiento requiere, un régimen a quien le da miedo cualquiera que se pregunte por el sentido de sus propios actos, no puede tolerar que alguien cuya veracidad alcanza un carácter tan fascinantemente completo, tan terrorífico incluso, pueda dirigirse a los demás.
Si me preguntas que significo Kafka para mí, habrá que volver a la cuestión a cuyo alrededor estamos dando vueltas. En conjunto, Kafka es un escritor no político. A este respecto, me gusta citar lo que anoto en su diario el 2 de agosto de 1914. Es muy corto: “alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, escuela de natación.” Aquí, el plano histórico, un hecho que conmociona el mundo, y el personal se sitúan exactamente en el mismo nivel. Estoy seguro de que Kafka escribe por un único motivo, la necesidad de confesar sus crisis personales, resolviendo así lo que de insoluble había en su vida personal: sobre todo, sus relaciones con su padre y su incapacidad para ir mas allá de cierto limite en sus relaciones con las mujeres. Una de las cosas que hago ver en mi ensayo es que la maquina letal de su relato “En la colonia penitenciaria” es una imagen desesperada, apasionada y maravillosa del hecho de estar casado o comprometido. Hacia varios años que había escrito este relato cuando le confió a Milena Jesenska sus sentimientos ante la idea de irse a vivir juntos:
Sabes, cuando intento escribir algo [sobre nuestro compromiso] las espadas cuyas puntas me rodean en circulo empiezan a acercárseme lentamente al cuerpo. Es un completo suplicio. Cuando ya están tan cerca que me arañan, la situación se hace tan terrible que allí mismo, inmediatamente, en el primer grito, me traiciono a mí mismo, te traiciono a ti, lo traiciono todo.
Las metáforas de Kafka eran tan fuertes que iban muchísimo mas allá de su intención original. Me consta que tanto El proceso como “En la colonia penitenciaria” se han entendido como sendas profecías del destino terrible que aguardaba a la nación judía en la segunda guerra mundial, que estalló quince años después de la muerte de Kafka. Pero no eran ninguna profecía genial. Lo único que demuestran ambas obras es que un creador que sabe cómo reflejar sus experiencias mas intimas de un modo profundo y autentico también alcanza la esfera suprapersonal o social. Estoy contestando de nuevo la pregunta relativa al contenido político de la literatura. La literatura no tiene por que ponerse a escarbar en busca de realidades políticas, ni tiene por que preocuparse de los sistemas políticos que van sucediéndose. La literatura puede ir mas allá sin dejar por ello de resolver las cuestiones que el sistema vigente plantee al ser humano. Esta es la con secuencia más importante que yo extraje, para aplicármela, de Kafka.
Extríado del libro El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, De Philip Roth.
Seix Barral, 2003. Traducción de Ramón Buenaventura.

www.cumbresborrascosas.net

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Manual para ser niño (Gabriel García Márquez)

Aspiro a que estas reflexiones sean un manual para que los niños se atrevan a defenderse de los adultos en el aprendizaje de las artes y las letras. No tienen una base científica sino emocional o sentimental, si se quiere, y se fundan en una premisa improbable: si a un niño se le pone frente a una serie de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno que le guste más. Creo que esa preferencia no es casual, sino que revela en el niño una vocación y una aptitud que tal vez pasarían inadvertidas para sus padres despistados y sus fatigados maestros.

Creo que ambas le vienen de nacimiento, y sería importante identificarlas a tiempo y tomarlas en cuenta para ayudarlo a elegir su profesión. Más aun: creo que algunos niños a una cierta edad, y en ciertas condiciones, tienen facultades congénitas que les permiten ver más alla de la realidad admitida por los adultos. Podrían ser residuos de algún poder adivinatorio que el género humano agotó en etapas anteriores, o manifestaciones extraordinarias de la intuición casi clarividente de los artistas durante la soledad del crecimiento, y que desaparecen, como la glándula del timo, cuando ya no son necesarias.

Creo que se nace escritor, pintor o músico. Se nace con la vocación y en muchos casos con las condiciones físicas para la danza y el teatro, y con un talento propicio para el periodismo escrito, entendido como un género literario, y para el cine, entendido como una síntesis de la ficción y la plástica. En ese sentido soy un platónico: aprender es recordar. Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa. Y tal vez no lo sepa nunca, pero su destino puede ser mejor si alguien lo ayuda a descubrirlo. No para forzarlo en ningún sentido, sino para crearle condiciones favorables y alentarlo a gozar sin temores de su juguete preferido. Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y sólo eso, es la formula magistral para una vida larga y feliz.

Para sustentar esa alegre suposición no tengo más fundamento que la experiencia difícil y empecinada de haber aprendido el oficio de escritor contra un medio adverso, y no sólo al margen de la educación formal sino contra ella, pero a partir de dos condiciones sin alternativas: una aptitud bien definida y una vocación arrasadora. Nada me complacería más si esa aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo para el aprendizaje de este oficio de las letras, sino para el de todos los oficios de las artes.

La vocación sin don y el don sin vocación

Georges Bernanos, escritor católico francés, dijo: "Toda vocación es un llamado". El Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Real Academia en 1726, la definió como "la inspiración con que Dios llama a algún estado de perfección". Era, desde luego, una generalización a partir de las vocaciones religiosas. La aptitud, según el mismo diccionario, es "la habilidad y facilidad y modo para hacer alguna cosa". Dos siglos y medio después, el Diccionario de la Real Academia conserva estas definiciones con retoques mínimos. Lo que no dice es que una vocación inequívoca y asumida a fondo llega a ser insaciable y eterna, y resistente a toda fuerza contraria: la única disposición del espíritu capaz de derrotar al amor.

Las aptitudes vienen a menudo acompañadas de sus atributos físicos. Si se les canta la misma nota musical a varios niños, unos la repetirán exacta, otros no. Los maestros de música dicen que los primeros tienen lo que se llama el oído primario, importante para ser músicos. Antonio Sarasate, a los cuatro años, dio con su violín de juguete una nota que su padre, gran virtuoso, no lograba dar con el suyo. Siempre existirá el riesgo, sin embargo, de que los adultos destruyan tales virtudes porque no les parecen primordiales, y terminen por encasillar a sus hijos en la realidad amurallada en que los padres los encasillaron a ellos. El rigor de muchos padres con los hijos artistas suele ser el mismo con que tratan a los hijos homosexuales.

Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica, y un poder de superación para toda la vida.

Para los narradores hay una prueba que no falla. Si se le pide a un grupo de personas de cualquier edad que cuenten una película, los resultados serán reveladores. Unos daran sus impresiones emocionales, políticas o filosóficas, pero no sabrán contar la historia completa y en orden. Otros contaran el argumento, tan detallado como recuerden, con la seguridad de que será suficiente para transmitir la emoción del original. Los primeros podrán tener un porvenir brillante en cualquier materia, divina o humana, pero no serán narradores. A los segundos les falta todavía mucho para serlo -base cultural, técnica, estilo propio, rigor mental- pero pueden llegar a serlo. Es decir: hay quienes saben contar un cuento desde que empiezan a hablar, y hay quienes no sabrán nunca. En los niños es una prueba que merece tomarse en serio.

Las ventajas de no obedecer a los padres

La encuesta adelantada para estas reflexiones ha demostrado que en Colombia no existen sistemas establecidos de captación precoz de aptitudes y vocaciones tempranas, como punto de partida para una carrera artística desde la cuna hasta la tumba. Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas. Los menos drásticos les proponen a los hijos estudiar una carrera segura, y conservar el arte para entretenerse en las horas libres. Por fortuna para la humanidad, los niños les hacen poco caso a los padres en materia grave, y menos en lo que tiene que ver con el futuro.

Por eso los que tienen vocaciones escondidas asumen actitudes engañosas para salirse con la suya. Hay los que no rinden en la escuela porque no les gusta lo que estudian, y sin embargo podrían descollar en lo que les gusta si alguien los ayudara. Pero también puede darse que obtengan buenas calificaciones, no porque les guste la escuela, sino para que sus padres y sus maestros no los obliguen a abandonar el juguete favorito que llevan escondido en el corazón. También es cierto el drama de los que tienen que sentarse en el piano durante los recreos, sin aptitudes ni vocación, sólo por imposición de sus padres. Un buen maestro de música, escandalizado con la impiedad del método, dijo que el piano hay que tenerlo en la casa, pero no para que los niños lo estudien a la fuerza, sino para que jueguen con él.

Los padres quisiéramos siempre que nuestros hijos fueran mejores que nosotros, aunque no siempre sabemos cómo. Ni los hijos de familias de artistas están a salvo de esa incertidumbre. En unos casos, porque los padres quieren que sean artistas como ellos, y los niños tienen una vocación distinta. En otros, porque a los padres les fue mal en las artes, y quieren preservar de una suerte igual aun a los hijos cuya vocación indudable son las artes. No es menor el riesgo de los niños de familias ajenas a las artes, cuyos padres quisieran empezar una estirpe que sea lo que ellos no pudieron. En el extremo opuesto no faltan los niños contrariados que aprenden el instrumento a escondidas, y cuando los padres los descubren ya son estrellas de una orquesta de autodidactas.

Maestros y alumnos concuerdan contra los métodos academicos, pero no tienen un criterio común sobre cuál puede ser mejor. La mayoría rechazaron los métodos vigentes, por su carácter rígido y su escasa atención a la creatividad, y prefieren ser empíricos e independientes. Otros consideran que su destino no dependió tanto de lo que aprendieron en la escuela como de la astucia y la tozudez con que burlaron los obstáculos de padres y maestros. En general, la lucha por la supervivencia y la falta de estímulos han forzado a la mayoría a hacerse solos y a la brava.

Los criterios sobre la disciplina son divergentes. Unos no admiten sino la completa libertad, y otros tratan incluso de sacralizar el empirismo absoluto. Quienes hablan de la no disciplina reconocen su utilidad, pero piensan que nace espontánea como fruto de una necesidad interna, y por tanto no hay que forzarla. Otros echan de menos la formación humanística y los fundamentos teóricos de su arte. Otros dicen que sobra la teoría. La mayoría, al cabo de años de esfuerzos, se sublevan contra el desprestigio y las penurias de los artistas en una sociedad que niega el carácter profesional de las artes.

No obstante, las voces más duras de la encuesta fueron contra la escuela, como un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas, y es un escollo para aprender cualquier cosa. Y en especial para las artes. Piensan que ha habido un despilfarro de talentos por la repetición infinita y sin alteraciones de los dogmas académicos, mientras que los mejor dotados sólo pudieron ser grandes y creadores cuando no tuvieron que volver a las aulas. "Se educa de espaldas al arte", han dicho al unísono maestros y alumnos. A éstos les complace sentir que se hicieron solos. Los maestros lo resienten, pero admiten que también ellos lo dirían. Tal vez lo más justo sea decir que todos tienen razón. Pues tanto los maestros como los alumnos, y en última instancia la sociedad entera, son víctimas de un sistema de enseñanza que está muy lejos de la realidad del país.

De modo que antes de pensar en la enseñanza artística, hay que definir lo más pronto posible una política cultural que no hemos tenido nunca. Que obedezca a una concepción moderna de lo que es la cultura, para qué sirve, cuánto cuesta, para quién es, y que se tome en cuenta que la educación artística no es un fin en sí misma, sino un medio para la preservación y fomento de las culturas regionales, cuya circulación natural es de la periferia hacia el centro y de abajo hacia arriba.

No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.

No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.

¿Con qué se comen las letras?

Los colombianos, desde siempre, nos hemos visto como un país de letrados. Tal vez a eso se deba que los programas del bachillerato hagan más enfasis en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de la memorización cronológica de autores y de obras, a los alumnos no les cultivan el hábito de la lectura, sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas de los libros programados. Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. Para las sinopsis, por desgracia, no tuvieron problemas, porque en los periódicos encontraron anuncios como éste: "Cambio sinopsis de El Quijote por sinopsis de La Odisea". Así es: en Colombia hay un mercado tan próspero y un tráfico tan intenso de resúmenes fotostáticos, que los escritores armamos mejor negocio no escribiendo los libros originales sino escribiendo de una vez las sinopsis para bachilleres. Es este método de enseñanza -y no tanto la televisión y los malos libros-, lo que está acabando con el hábito de la lectura. Estoy de acuerdo en que un buen curso de literatura sólo puede ser una gema para lectores. Pero es imposible que los niños lean una novela, escriban la sinopsis y preparen una exposición reflexiva para el martes siguiente. Sería ideal que un niño dedicara parte de su fin de semana a leer un libro hasta donde pueda y hasta donde le guste -que es la única condición para leer un libro-, pero es criminal, para él mismo y para el libro, que lo lea a la fuerza en sus horas de juego y con la angustia de las otras tareas.

Haría falta -como falta todavía para todas las artes- una franja especial en el bachillerato con clases de literatura que sólo pretendan ser guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores. Porque formar escritores es otro cantar. Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de trabajo es lo poco que un escritor consagrado puede transmitir a los aprendices si éstos tienen todavía un mínimo de humildad para creer que alguien puede saber más que ellos. Para eso no haría falta una universidad, sino talleres prácticos y participativos, donde escritores artesanos discutan con los alumnos la carpintería del oficio: cómo se les ocurrieron sus argumentos, cómo imaginaron sus personajes, cómo resolvieron sus problemas técnicos de estructura, de estilo, de tono, que es lo único concreto que a veces puede sacarse en limpio del gran misterio de la creación. El mismo sistema de talleres está ya probado para algunos géneros del periodismo, el cine y la televisión, y en particular para reportajes y guiones. Y sin exámenes ni diplomas ni nada. Que la vida decida quién sirve y quién no sirve, como de todos modos ocurre.

Lo que debe plantearse para Colombia, sin embargo, no es sólo un cambio de forma y de fondo en las escuelas de arte, sino que la educación artística se imparta dentro de un sistema autónomo, que dependa de un organismo propio de la cultura y no del Ministerio de la Educación. Que no esté centralizado, sino al contrario, que sea el coordinador del desarrollo cultural desde las distintas regiones del país, pues cada una de ellas tiene su personalidad cultural, su historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones artísticas propias. Que empiece por educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, y los prepare para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales. Todo esto, desde luego, sin muchas ilusiones. De todos modos, por arte de las artes, los que han de ser ya lo son. Aun si no lo sabrán nunca.

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La joven de las naranjas (Jostein Gaarder)

A sus quince años, Georg Roed, descubre que su padre muerto, hace más de una década, le dejó una extensa carta escrita antes de morir. Su madre (la joven de las naranjas) casada ya con otro hombre, sorprendida por el descubrimiento encontrado dentro del forro de la silla en donde paseaban a su hijo, espera con ansias, mientras Georg lee encerrado en su cuarto el inesperado mensaje. ¿Qué dice la carta? ¿Qué puede decir una carta para un hijo escrita por un padre antes de morir? ¿Qué descubre? Ese es el libro. Atrapa desde el principio. ¿Qué lector no querrá saber ese misterio?

El libro es un relato escrito a dos manos, el niño que cuenta cómo le impactó esa comunicación de su padre, y lo hace en primera persona y la carta misma que va siendo develada entre comentarios del niño: “Mi padre murió hace once años, cuando yo sólo tenía cuatro. Creí que no volvería a saber nada de él, pero ahora estamos escribiendo un libro juntos …”

El trasfondo de esta reciente novela de Jostein Gaarder es la intensidad de la Vida, y por supuesto es también sobre la muerte. Aborda el tiempo y trata de indagar en la profundidad de lo que somos en verdad y de qué hacemos en este inescrutable universo. En la carta le formula al hijo la pregunta: ¿Elegirías nacer, y conocer la vida en toda su intensidad sabiendo que quizá sea para permanecer sólo un instante en ella? O ¿Rechazaríamos la oferta? Las respuestas a esa pregunta son exquisitas y sin duda nos dejará con un gran ánimo por vivir y un deseo enorme de abrazar y dar un beso a quienes amamos. Georg, a sus quince años es un gran apasionado por las estrellas y todo lo que hay en el universo, en ese ambiente encuentra la carta de su padre escrita antes de morir.

La carta es la historia de amor de su padre con la joven de las naranjas, su madre, y cómo lo concibieron, en ella le formula esas preguntas que debe el niño responder, y mientras le responde Georg ha escrito este libro.

¿Qué sentido tiene vivir? ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor? La trama y el contenido mismo de esta novela va directamente al corazón de quien la lea, es sobre el amor y a esas dudas permanentes de los seres humanos. ¿Valió la pena mi opción? ¿Tiene sentido todo esto que estoy viviendo? ¿Qué debo elegir? Para esas personas que cayeron en el tedio de su amor o los atrapo la cotidianidad en una telaraña de necesidades y problemas, convirtiendo en desdichas su amor, es una buena oportunidad para encontrarse. Ese dilema que habita en toda la existencia: ¿Cuál es la mirada que debemos adoptar para mirar el mundo? son preguntas a las que encontraremos respuestas en esta novela.

La joven de las naranjas.

“Estas cómodo, Georg? Es importante que estés bien sentado, porque voy a contarte una inquietante historia. Pero tal vez te hayas acomodado ya en el sofá de piel amarillo. Bueno, si es que no lo habéis cambiado por uno nuevo, qué se yo. O también puedes haberte sentado en la vieja mecedora del jardín de invierno que tanto te gustaba….. varias veces he intentado imaginarme cómo será el mundo dentro de unos años, pero nunca he conseguido forjarme una buena imagen de ti y de cómo eres ahora. Sólo se que fuiste. Ni siquiera sé la edad que tienes a leer esto..” así comienza la carta que le deja el padre. Es la historia de amor de él con su esposa, cómo la conoció, cómo la sedujo, el enamoramiento, la pasión entre ambos, es una linda historia de dos jóvenes que lo dan todo y se entregan de verdad y de cómo cada uno fue buscando al otro hasta encontrarse. La joven de las naranjas es ella, pues cuando la conoció, en un tren, iba cargando una bolsa con enormes naranjas y la segunda vez que la ve también va cargada con una enorme bolsa de naranjas, para qué tantas naranjas, al final, cuando ya se aman descubre que ella era pintora y estaba pintando una cesta de naranjas, de ahí el título de la novela. También habla de otros novios anteriores de la joven de las naranjas, uno de ellos será luego el padrastro de Georg, y será uno de los grandes misterios que se irán descubriendo en el relato.

La Novela

Es una novela exquisita, sabrosa, es un deleite, si se les puede calificar con eruditos pero para mí fue un deleite, un verdadero disfrute mientras mi hija jugaba a saltar la cuerda y correteaba a su mascota, leer una historia en donde el papá, a punto de morir de una enfermedad terminal, le escribe a su hijo a quien dejará y no volverá a ver, y él al momento de escribir –a sabiendas que va a morir- dice que lo hace mientras su hijo juega con su tren en el piso y yo ,mientras leo, – a sabiendo que tengo que vivir- lo hago mientras ella juega. Esos son los juegos de la literatura.

Lo exquisito es que habla de la vida misma desde la muerte. Eso no es fácil, lograrlo con musicalidad y ternura en el lenguaje escrito esa es la magia que logra el autor. Las preguntas que le va formulando a su hijo son indudablemente para el lector y así como el hijo las responde nosotros tendremos también que respondérnoslas.

Los grandes temas:

El tiempo

– Llegaría primero la tarde y luego la noche, pues el día tiene su propio ritmo, su propio ritmo cíclico, pero el día siguiente podría empezar exactamente donde empezó el anterior.

– Pero ¿qué es un ser humano,? ¿Cuál es el valor de un ser humano? No somos más que polvo que se levanta del suelo y se esparce por el mundo? – ¿Qué es este gran cuento en el que vivimos y del que cada uno de nosotros sólo podrá disfrutar un breve tiempo?

Vida

– Ya no siento necesidad de ver o vivir más cosas de las que he vivido. Lo que sí desearía fervientemente es mantener lo que tengo… porque estoy muriendo. Unos huéspedes que jamás han sido invitados han empezado a chuparme la energía vital.

– El agitado juego de la vida no tiene espacio para el recuerdo ni para la reflexión, tiene de sobra consigo mismo. – Cada individuo es un arca de tesoros viva, repleta de pensamientos y recuerdos, sueños y deseos. – Algunas veces en la vida tenemos que aprender a echar de menos. Intenté darte fuerzas para que esperaras un poco más. Esa frase es interesante porque surge en un momento en que él se le declara y ella le dice que tiene que esperar, el fenomenal diálogo es este:

“Y pregunto. “¿Cuándo podemos volver a vernos?. Ella permanece un instante observando el asfalto antes de levantar la vista y mirarme. Sus pupilas bailan intranquilas, me parece ver temblar sus labios. Y me propone un acertijo sobre el que reflexioné mucho. Dice:

¿Cuánto tiempo puedes esperar?

¿Qué podía responder a esa pregunta, Georg? Tal vez fuera una trampa. Si contestara que dos o tres días, sería demostrarme demasiado impaciente, y si contestara “toda la vida”, pensaría que no la quería de verdad o simplemente que no era sincero. De modo que tuve que ingeniarme algo intermedio.

Contesté: “Podré esperar hasta que mi corazón sangre de pena”.

Sonrió algo indecisa y me acarició los labios con un dedo. Luego preguntó:

“¿Cuánto tiempo es eso?”

Hice un gesto de desesperación con la cabeza y opté por decir la verdad: “Tal vez sólo cinco minutos”, dije.

Pareció alegrarse por lo que acababa de oír, pero susurró: “Estaría bien si pudieras aguantar un poco más…” Ahora me tocó a mí pedir una respuesta. Pregunté:

¿Cuánto?

“Tendrás que ser capaz de esperarme seis meses”, Creo que dejé escapar un suspiro.

¿Por qué tanto tiempo?.

“Porque es exactamente el tiempo que tendrás que esperar… Si lo consigues, podremos estar juntos todos los días…”

– Sólo estamos en este mundo una vez. Estamos aquí ahora.

Qué les parece, sencillamente es sabroso. He leído muchos diálogos en literatura pero ninguno tan excelente como éste. Hacer diálogos que parecen reales en literatura no es fácil, incluso cuando un autor abusa del diálogo y se excede –como hay muchos- cae en lo chocarrero, ( otra cosa es el teatro) pero en narrativa lograr un diálogo perfecto sólo es posible en los escritores que saben lo que hacen. Jostein es uno de ellos.

Sobre el amor a la joven de las naranjas:

– No sabía quien era ni cómo se llamaba, pero desde el primer momento ejerció sobre mí un inquietante poder. – Cómo por arte de magia ella había conseguido meterse entre yo y el resto del mundo. – Me dedicó una cálida sonrisa, y esa sonrisa, Georg, podría haber derretido el mundo entero, porque si el mundo entero la hubiera visto, ella habría tenido la fuerza suficiente para acabar con todas las guerras y toda la enemistad del planeta o al menos habría dado lugar a una tremenda tregua. No me quedaba otro remedio tenía que acercarme a ella. – Es como si todo el resplandor navideño se hubiera concentrado en una sola mujer. – No existe una intimidad más grande que la de dos miradas que se encuentran con firmeza y determinación, y sencillamente se niegan a apartarse. – No podemos ser dueños del pasado del otro, la cuestión es si tenemos un futuro juntos. – Me enseñó a descubrir los pequeños intrígulos de la naturaleza. Hay muchos. Cuando cogíamos flores en el campo, nos quedábamos a veces mucho rato estudiando los pequeños milagros. ¿No es el mundo en sí un increíble cuento?… Espero que tú también hayas heredado una mente receptiva a esos pequeños misterios. No son menos sugerentes que las estrellas y galaxias en el cielo. Creo que se precisa más inteligencia para crear un abejorro que para hacer un agujero negro. Mi padre fue quien me abrió esa perspectiva. El me enseñó a levantar la mirada de todas las miserias de aquí abajo. Sus ojos habían visto algo que nadie más había visto.

Recomendación

¡Qué puedo yo decir de una novela excelente! ¿Para qué hacer una reseña? Sólo invitarles a que la lean. Entre las toneladas de páginas que se publican a diario de repente surgen milagros como este. Este libro es de esos sorbos que la vida nos da a leer de vez en cuando. Al final el hijo optó por la vida, aunque sepa que estará en este mundo por un corto tiempo.

El autor

Jostein Gaarder nació en 1954 en Oslo, Noruega. Durante 11 años fue profesor de Filosofía e Historia de las Ideas en un instituto de Bergen, en Noruega. Se casó y tiene dos hijos. Siempre escribió cuentos, El Misterio del Solitario recibió el premio de la crítica literaria de Noruega, pero fue la publicación de El Mundo de Sofía en 1991, con 25 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo y traducido a cuarenta y cuatro idiomas, el que le dió a conocer internacionalmente. Con los beneficios ha montado una fundación ecologista, la Fundación Sofía.

Jostein Gaarder, publicó en 1986 «El diagnóstico», una colección de relatos al que siguieron dos libros para jóvenes: «Los chicos de Sukhavati» (1987) y «El palacio de la rana» (1988). En 1990 recibió el Premio Nacional de Crítica Literaria en Noruega y el Premio Literario del Ministerio de Asuntos Sociales y Científicos por «El misterio del solitario» y al año siguiente el Premio Europeo de Literatura Juvenil. En España, Jostein Gaarder ha recibido los premios Arzobispo Juan de San Clemente y Conde de Barcelona. En 1992 publicó «El misterio de la Navidad» y al «año siguiente escribió El enigma y el espejo». Otras obras suyas son: Maya y Vita Brevis, entre otras.

www.rebelion.org

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Muerte en La Fenice (Donna Leon)

El renombrado director de orquesta Helmut Wellauer aparece muerto, envenenado con cianuro potásico, durante una representación de La Traviata en el célebre teatro veneciano de La Fenice. Hasta el comisario Guido Brunetti, acostumbrado a la laberíntica criminalidad de Venecia, se asombra de la cantidad de enemigos que el músico ha dejado en su camino a la cumbre. Pero, ¿cuántos tenían motivos suficientes para matarle?
Conocido y querido ya por miles de lectores, el comisario Brunetti, armado tan sólo con su paciencia y sagacidad, resuelve en esta sugerente novela policiaca su primer caso. Muerte en La Fenice fue galardonada en Japón con el prestigioso Premio Suntory a la mejor novela de intriga y convirtió en poco tiempo a Donna Leon en el gran boom de la novela policiaca en Europa. Un excelente comienzo.

Me ha parecido una novela muy entretenida,me ha recordado un poco a Agatha Christie que como en muchas de sus novelas hay un montón de sospechosos,todos ellos con motivo para asesinar pero el final siempre desvela una sorpresa.

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LA OTRA PARTE (Alfred Kubin)

La labor de reedición de antiguas joyitas fantásticas por parte de Minotauro casi está llegando al nivel de ONG.
Tras reeditar un puñado de utopías, distopias, obras de teatro y demás obras casi inencontrables, ha reeditado esta cuasigótica historia fantástica, única obra de Kubin e influencia para muchas obras posteriores (entre ellas, según dicen, "El castillo" de Kafka). La trama en sí es clasicota y sencilla: un buen día, mientras el protagonista está en su despacho, aparece un hombrecillo que le ofrece el viaje de su vida a una especie de País de Nunca Jamás llamado Reino de los Sueños, gobernado por un antiguo compañero de clase. No sólo eso: además le ofrecen muchísimo dinero por ir. El protagonista convence a su mujer, débil de salud, y viaja por toda Europa hasta llegar a esa zona oriental siempre brumosa donde está este extraño país. Allí pasará del asombro a la decepción, de ahí a la rutina, la tristeza, la depresión y la locura, a medida que este territorio va perdiendo las reglas y se va derrumbando.

"La otra parte" es una novela tremendamente compleja, aunque su narrativa es siempre fluida y llena de imágenes sencillas (adornadas por sombríos dibujos del autor). Por un lado está la utopía, que no acaba de funcionar como tal pero que forma una parte fundamental en la trama: un territorio a la vez comunista y tremendamente capitalista, con unos órganos tan burocráticos como los kafkianos, y reglas y divisiones de territorio propias. Por otro lado está la fantasía, algo que invade a la mente del protagonista poco a poco, que pasa de unas pequeñas paranoias a ver luchas de gigantes, que ve intrigado cómo la población rodea una torre del reloj a una hora concreta como en un ritual, y en realidad les envidia por sentirse tan hipnotizados, en un extraño anhelo de alienamiento.Por otro es uno de los libros más cargaditos de simbolismos con los que me he cruzado, algunos muy obvios (el regidor de la zona se apellida Patera), otros ambiguos y con más carga dirigida al subconsciente. La trama en sí es bastante ballardiana: un espacio reducido donde al final todo se dirige a la entropía de la forma más escatológica y sangrienta, aunque esta vez esto es causado por la entrada de un elemento extraño, un hombre rico y poderoso que intenta conquistar ese Reino. La ambigüedad de la novela es casi asfixiante: todo se dirige hacia una especie de parábola de los mitos católicos (el dios vengativo, el apocalipsis, el demonio, casi el infierno dantesco) pero el libro está coherentemente narrado en primera persona, sin dejarte ninguna pista de dónde puede comenzar el relato real y dónde el fantástico. Y el libro te deja sin aliento; quizás Kubin se exceda en sus imágenes de destrucción y sangre, y su visión de lo que pueda ser lo más depravado de la sociedad parezca hoy anacrónica, pero se te graban las imágenes, los olores y la caída de la ciudad de Perla en el Reino de los Sueños. En definitiva, indefinible y muy recomendable.

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Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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