El asno de oro (Apuleyo)

La fama de Apuleyo va unida más a su novela El Asno de oro que a sus obras filosóficas y oratorias. El autor construye en once libros, probablemente en el momento de su madurez creadora, una novela de aventuras con un fondo místico-religioso. El episodio central de la obra es la transformación por arte de magia en asno de Lucio, un joven de Corinto, y las peripecias que sufre hasta recuperar su forma humana gracias a la intervención milagrosa de Isis. Los estudiosos de la novela latina han centrado sus discusiones en torno a varias cuestiones fundamentales: el título de la obra, las fuentes utilizadas por su autor y, por último, el género al que la obra se adscribe.
El título que originariamente llevó el libro y que nos transmite la tradición manuscrita es el de Metamorfosis, con el que se alude tanto a la transformación del protagonista en asno, núcleo central de la obra, como a otros cambios y hechizos de los que el libro está lleno. Ya desde la Antigüedad se popularizó un segundo título, que hizo mayor fortuna: El Asno de oro. San Agustín (354-430), buen conocedor de la obra de Apuleyo, se refiere a la novela como "los libros que con el titulo de Asno de Oro escribió Apuleyo" (La ciudad de Dios XVIII,18). Una vez admitido el título, se discute si el adjetivo "aureus" (de oro) hace referencia al carácter excepcional del asno que piensa y razona como un hombre, o más bien tiene otro significado dentro de la simbología de los cultos de Isis.
Fuera de toda duda está que Apuleyo sigue alguna narración griega y así lo declara él mismo en el prólogo de la obra: "Fabulam graecanicam incipimus" (iniciamos una fábula de origen griego). Una obra con la misma anécdota central y escrita en griego, aunque de extensión notablemente más reducida, nos ha llegado entre los escritos de Luciano, autor contemporáneo de Apuleyo. La autoría de esta obra no es aceptada por todos los especialistas y muchos hablan de ella como un Pseudo-Luciano. Posteriormente, en el siglo IX, Focio, patriarca bizantino y estudioso de la literatura grecolatina, hace referencia a unas Metamorfosis de un tal Lucio de Patras en varios libros. Basado en ese testimonio se postula la existencia de un original griego que estaría en la base tanto de la obra de Apuleyo como del Pseudo-Luciano. Apuleyo interpreta libremente el modelo precedente: lleva a cabo numerosas modificaciones, añade episodios nuevos sacados de otras fuentes literarias; cambia nombres y circunstancias y, sobre todo, impregna la obra de su espíritu, de su particular afición por la magia y por los misterios. El resultado es una obra totalmente nueva, con una intención simbólica y que consigue mejorar notablemente tanto el original griego con el Pseudo-Luciano.
El Asno de Oro resulta una obra de difícil clasificación. El propio autor en el prólogo afirma que va "a tejer en esta charla milesia fábulas de origen griego"; de esta forma queda establecida la relación de la novela de Apuleyo con esa tradición narrativa oriental, que ya hemos comentado a propósito del Satiricón y que tenía como características fundamentales su brevedad y su tono erótico, casi obsceno. Obtiene también materia e inspiración de la fabulística sacra, que surgía en torno a los templos y sectas y que difundían vida y milagros de dioses, hechizos de los magos, apariciones, resurrecciones y toda clase de portentosas y extrañas aventuras. Con todo este material construye un relato de una extraordinaria fantasía, al que se añaden algunos elementos satíricos y burlescos y, por último, una intencionalidad místico-religiosa. Si comparamos la novela de Apuleyo con la ya comentada de Petronio, dos rasgos las diferencian fundamentalmente: en un plano formal hay que señalar como elemento diferenciador la ausencia de versificación en el Asno de Oro; por otra parte, desde el punto de vista de la intencionalidad se debe insistir en el tono místico-religioso de la obra de Apuleyo, totalmente alejado de las pretensiones de Petronio.
La novela adopta la forma de un relato narrado en primera persona por un joven de buena familia, llamado Lucio. La obra consta de once libros en los que se narran múltiples y fantásticas aventuras, cuyo nexo es la persona de Lucio, transformado en asno. Podemos estructurar la obra en los siguientes bloques:
Primer bloque: Lo forman los hechos narrados entre el libro primero y el tercero. El joven Lucio, dominado por una malsana curiosidad por los hechizos y encantamientos, llega a Tesalia, la supuesta patria de la magia. Allí escucha pavorosas aventuras de encantamientos que no hacen sino acrecentar su curiosidad. Se hospeda en casa de un viejo usurero llamado Milón, cuya mujer practica la magia con la colaboración de su criada; Lucio seduce a Fotis, la criada, e intenta así conocer las artes de hechicerías de su ama. Por un error en los encantamientos se ve convertido en asno, conservando su facultad de raciocinio. El libro tercero termina con el saqueo de la casa de Milón por unos ladrones que se llevan con ellos al asno junto con todas las caballerías.
Segundo bloque. En los libros cuarto, quinto y sexto se narran las desventuras de Lucio mientras está en poder de los ladrones. El episodio más importante de este bloque y el relato de mayor valor literario de todo El Asno de Oro lo constituye la fábula de Cupido y Psique, auténtico relato independiente que comienza hacia la mitad del libro cuarto y se extiende casi hasta el final del sexto. La narradora es una anciana que pretende distraer a una joven capturada por los ladrones. Este cuento se remonta a las tradiciones primitivas de Grecia, pero es Apuleyo el primero que lo fija por escrito. El hermosísimo cuento narra la historia de Psique una joven de extraordinaria belleza de la que el dios Cupido se enamora. El dios, que había prohibido a la joven que lo contemplara, sólo se reunía con ella al caer la tarde. Una noche, movida por la curiosidad, Psique, mientras Cupido duerme, acerca una lámpara de aceite para poder verlo; el dios despierta y, enfadado por su desobediencia, la abandona, Psique inicia la búsqueda de su amante por toda la tierra, sometida a pruebas inhumanas por parte de los dioses. Finalmente Júpiter consiente el reencuentro de los amantes y Psique asciende al cielo. Esta fábula, que ha inspirado a escritores y artistas de todos los tiempos, por su contenido simbólico ha sido objeto de gran número de interpretaciones, incluidas algunas de inspiración cristiana; entre las interpretaciones propuestas, quizá la más acorde con el platonismo de su autor sea aquella que ve en Psique una alegoría del alma que busca su perfección en la unión con la divinidad. Terminada la narración, el asno intenta escapar en compañía de la joven. Es capturado y conducido de nuevo a la cueva, donde los ladrones deciden matarlo. De esta manera concluye el libro VI.
Bloque tercero (libros VII, VIII, IX y X). El libro VII se inicia con el rescate de la joven por su prometido. Ambos jóvenes se llevan con ellos al asno Lucio. Comienza entonces un peregrinar del asno por distintos amos, que lo tratan de forma desigual y con los que corre múltiples aventuras. Finalmente, se descubren sus facultades extraordinarias y lo llevan a exhibirse en el teatro con una mujer depravada; logra escapar y con el relato de su evasión termina el libro X.
El libro XI merece ser considerado aparte por cuanto narra la intervención de Isis, devolviendo su forma humana a Lucio. La mayor parte del libro se consagra a la ceremonia de iniciación de Lucio en los cultos de Isis.
3.3.- Valoración literaria
El estilo del Asno de Oro mereció elogios unánimes desde la antigüedad hasta casi nuestros días. Su lengua barroca y con gran carga retórica resulta quizá algo extraña a los gustos contemporáneos. Son características de nuestro autor, que comparten los otros grandes autores del siglo II, la artificialidad y la extravagancia verbal tomadas de la segunda sofística. Apuleyo es un maestro de la llamada elocutio novella, que consigue sorprendentes efectos expresivos combinando arcaísmos y helenismos, vulgarismos y neologismos. Es notable en él la influencia de la oratoria asiánica, usando gran variedad de palabras con finales iguales (homoioteleuton) así como aliteraciones y rimas. En resumen la novela de Apuleyo constituye una importantísima muestra del estilo de la época de los Antoninos.
La influencia de la novela de Apuleyo a partir del Renacimiento ha sido muy importante. En el Renacimiento italiano hemos de destacar su influjo sobre Boccaccio, que manifestó su interés por la novela de Apuleyo transcribiendo él mismo el manuscrito de Monte Casino. Se ha de destacar también la importancia del Asno de Oro en el desarrollo de la novela picaresca española: su influjo se observa en el Lazarillo de Tormes, en el Gusmán de Mateo Alemán y en La pícara Justina. Conviene también citar la influencia que en la literatura occidental ha tenido la fábula de Cupido y Psique; podemos encontrar su influencia en Boccaccio, Calderón y La Fontaine. La literatura moderna alemana prestó especial atención al mito de Cupido y Psique y a sus representaciones plásticas.

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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie)

Hercules Poirot y su fiel amigo Arthur Hastings desentrañan la identidad y los actos de un asesino de mente frívola. La trama comienza con el asesinato de Lord Edgware, casado con Lady Edgware, actriz de teatro.
Semejante ambiente se presta a todo tipod e engaños, ficciones y suplantaciones, con lo que la novela es dinámica y ágil. 
La solución del crimen es fantástica e interesante.

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Papá Goriot (Honore de Balzac)

El drama de Papá Goriot se desarrolla en París durante el año de 1819. Las particularidades de esta historia se hallan al pie de Montmartre y las alturas de Montrouge, en una pensión pobre y deteriorada conocida como la “Casa Vauquer”, situada en la parte baja de la calle Nueve-Sainte-Genevieve, entre el barrio Latino y el de Saint Marceau. En dicho lugar se percibe un aire sombrío, la tierra es seca, los arroyos no tienen agua, está rodeado de casas tétricas, las murallas huelen a cárcel y hasta el hombre más despreocupado se entristece allí por su apariencia.

La pensión, cuya fachada consta de tres pisos y da un aspecto casi inmoral, pertenece a la viuda Vauquer, apellidada de soltera De Conflans. El estado de la pensión es deprimente y deteriorado: el piso desgastado casi enmohecido, las paredes llenas de grasa, el ambiente encerrado. Pese a estas condiciones, la pensión se encuentra ocupada en su totalidad, ocho inquilinos: en el primer piso viven la Sra. Vauquer, la regenta de la pensión; tiene 40 años aunque su semblante aparenta mayor edad, todo en ella se encuentra en armonía con su pensión que revela desdicha. En el apartamento contiguo habitan la Sra. Couture, viuda de un comisario de la República Francesa; de edad avanzada que cuida a su joven sobrina como si fuese su hija, ya que el padre de la joven, hombre muy rico, no desea reconocer a Victorine Taillefeler, una joven de cabellos rubios, cintura delgada y ojos claros, quien de no ser por el sufrimiento que la acongoja, sería una mujer visiblemente hermosa. Su padre creía tener motivos para no reconocerla y no le concedía mucho dinero para su subsistencia.

Los dos apartamentos del segundo piso estaban ocupados por un anciano llamado Poiret, una especie de autómata que parecía haber sido un asno burócrata jubilado; y por un hombre de unos cuarenta años de edad que llevaba una peluca negra, se teñía las patillas y se decía antiguo comerciante, llamado Vautrin. Era uno de esos hombres que tenía un buen aspecto: espaldas anchas, músculos desarrollados, voz de bajo, amable, risueño y servicial, quien en diversas ocasiones había prestado dinero a la Sra. Vauquer y algunos de los huéspedes. Sus costumbres consistían en salir después de desayunarse, regresar para comer, ausentarse toda la tarde y regresar a medianoche. Vautrin sabía o adivinaba los asuntos de todas aquellas personas que le rodeaban pero nadie podía penetrar sus pensamientos ni sus ocupaciones. Aquella aparente benevolencia y simpatía eran una barrera entre él y los demás. Todo hacía suponer que aquel hombre guardaba algún rencor hacia los estamentos sociales, como consecuencia de algún misterioso secreto cuidadosamente oculto en su vida.

El tercer piso se componía de cuatro habitaciones, dos de las cuales estaban alquiladas a una solterona, la señorita Michonneau, de semblante viejo y desgastado, cuya mirada producía escalofríos y su rostro no abandonaba nunca cierto gesto amenazador; y a un antiguo fabricante de fideos, pastas italianas y almidón, el cual permitía que le llamaran Papá Goriot. Las otras dos piezas estaban reservadas a los estudiantes desdichados que, como Papá Goriot y la srita. Michonneau, no podían destinar más de cuarenta y cinco francos mensuales a su sustento y alojamiento. En aquella época, una de estas habitaciones las ocupaba Eugene de Rastignac, un joven venido de los alrededores de Angouleme para estudiar leyes en París. Su familia se sometía a duras privaciones a fin de poder enviarle mil doscientos francos anuales. Euguene poseía un rostro muy meridional, cabellos oscuros y ojos azules. Se caracterizaba por una personalidad similar a la de todos los jóvenes que se han forjado en la desgracia, los cuales comprenden desde su infancia las esperanzas que sus padres depositan en ellos y se preparan sobre todo para un gran porvenir.

Finalmente, en el desván, vivían Cristophe, un jornalero de la pensión, y Sylvie, la cocinera.

Además venían a comer estudiantes y algunos vecinos del área. En la sala de comida cabían unas 20 personas y todos ellos se juntaban para hablar de los acontecimientos comunes. Aquellas personas, en su conjunto, ofrecían en miniatura, todos los elementos de una sociedad completa. Entre ellos había también, como en los colegios, una pobre criatura rechazada sobre la que llovían las bromas. Esta figura era la de Papá Goriot, un anciano de sesenta y seis años que se había retirado a la pensión en el año 1813, después de haber abandonado sus negocios. Primero rentó el apartamento tomado por la señora Couture, por el cual pagó cantidades generosamente despreocupadas. Cuando el Señor Goriot llegó a la pensión, la señora Vauquer admiraba al antiguo comerciante al cual ahora consideraba idiota. Incluso deseaba conquistarlo, pues con sus ojos mezquinos, había visto muy bien unos ocho o diez mil francos. A partir de entonces la Sra. Vauquer se propuso seducir a Goriot con la ayuda de una antigua inquilina, la condesa Ambermesnil, quien tenía como misión descubrir el corazón de Goriot en una visita. No obstante, el fabricante de fideos no tenía aspiraciones de índole amorosa y fue calificado por las dos mujeres como un hombre terco, un avaro, un animal, un tonto que no produciría más que disgustos. Al poco tiempo, la condesa Ambermesnil desapareció sin pagar su pensión de seis meses y la Sra. Vauquer desistió en sus planes al ver que no conseguiría nada.

Durante la mayor parte de ese primer año, Goriot había comido fuera de su casa una o dos veces por semana, pero después llegó un momento que era sólo una vez al mes. Al finalizar el segundo año, Goriot solicitó mudarse al segundo piso porque su fortuna había disminuido. Según Vautrin, que fue entonces cuando se instaló en la pensión, Goriot era un hombre que jugaba a la Bolsa; también se le suponía un avaro que prestaba dinero, un hombre que jugaba a la lotería o un agente secreto, aunque Vautrin sostenía que Goriot no era lo suficiente astuto para ello. No obstante, a pesar de lo innoble que se suponía su conducta o sus vicios, nunca lo expulsaron de la pensión porque pagaba su pensión y servía para que cada cual desahogara en él su buen o mal humor por medio de bromas.

Sylvie suponía que Goriot era endiabladamente rico porque dos mujeres jóvenes de gran porte y con mucho dinero venían a visitarlo. Éste siempre dijo que eran sus hijas, pero la viuda empleó su malicia de mujer para inventar las más sórdidas persecuciones contra su víctima. Lo cierto es que no había nada que pudiera desmentir las deducciones de que Goriot salía con jóvenes ricas a quienes les entregaba su dinero, pues de ser sus hijas, pensaban todos, no estaría viviendo en el último piso de dicha pensión. De tal modo que la percepción de los inquilinos hacia Goriot en 1819 era que nunca había tenido hijas ni mujer y el abuso de los placeres habían hecho de él un pobre desgraciado que parecía un imbécil porque siempre estaba en trance, como ausente del mundo.

Eugéne de Rsatignac, el joven estudiante que ocupaba la habitación contigua a Papá Goriot, ya había obtenido el título de bachiller en Letras y Derecho. Su inteligencia y su ambición le impulsaban a cambiar sus puntos de vista y a descubrir pronto la importancia e influencia de las mujeres en la vida social de París. Su tía, la señora de Marcilla, que en otros tiempos había sido presentada en la corte, había conocido a las más destacadas figuras de la aristocracia. Eugene preguntó a su tía sobre sus lazos de parentesco con la nobleza y si ella podría renovarlos. El familiar más cercano resultó ser la condesa de Beauséant, así que su tía le escribió una carta para que ella introdujera a Eugene con otro parientes.

Al cabo de unos días de su regreso a París después de unas vacaciones, Rastignac fue invitado a un baile en el barrio de Saint-Germain en la casa de la condesa de Beauséant, una de las reinas de la moda de París, considerada como la más agradable y una de las figuras más destacadas del mundo de la aristocracia. Gracias a su tía, Eugene fue acogido correctamente en aquella morada, sin darse cuenta del alcance de tal favor. Deslumbrado por aquella brillante concurrencia, opulencia y elegancia de la , Eugene fijó sus ojos en la condesa Anastasie de Restaud, joven alta y bien proporcionada, considerada como una de las mujeres más elegantes de París. El joven meridional se apresuró a trabar relaciones con aquella mujer dándose a conocer como primo de la señora Beauséant, así que fue invitado por la condesa a su casa. Eugene se sintió lo suficientemente ambicioso como para encantar a aquella mujer e imaginó una serie de futuros goces que pasaría a su lado.

A la mañana siguiente, Papá Goriot le encargó a Christophe que llevara una carta a la condesa Anastasie de Restaud. Durante el desayuno la Sra. Couture y Victorine comentaban sobre su visita a casa del señor Taillefer, padre de la joven, con el objeto de exigir sus derechos correspondientes, aunque sabían de antemano que éste no les prestaría atención.

Eugene platicó sobre su experiencia en el baile y antes de que éste pudiera decir el nombre de la condesa, Vautrin lo pronunció avisando que ella iría a casa del usurero Gobseck. Fue entonces cuando Papá Goriot prestó atención como nunca antes. Vautrin comentaba en tono de burla que las mujeres como ella eran capaces hasta de venderse o de abrir las entrañas de su madre para buscar algo brillante si sus maridos no pueden mantener su lujo desenfrenado. El rostro de Papá Goriot que se había iluminado cuando mencionaron el nombre de la condesa, se puso nuevamente sombrío ante la cruel observación de Vautrin.

Victorine y la Sra. Couture tuvieron una mala experiencia con el señor de Taillefer y su hijo, quienes trataron con desprecio y arrogancia a la pobre Victorine; su padre y su hermano la renegaron y ellas tuvieron que marcharse con las manos vacías.

Al día siguiente, Eugene se vistió con suma elegancia y hacia las tres de la tarde se dirigió a casa de la condesa de Restaud. Al llegar, preguntó por la señora y los criados le lanzaron una mirada despectiva que le hizo comprender su inferioridad al cruzar aquel patio con lujo, dinero y elegancia. Eugene esperó un largo rato cuando de pronto escuchó la voz de la condesa, la de Papá Goriot y el rumor de un beso. Rastignac observó cuando Papá Goriot se cruzó en el camino con el esposo de la condesa, quien le lanzó una mirada despectiva, pero Goriot respondió con una amable sonrisa.

La condesa presentó a su marido con Rastignac, mientras que ella salió de la habitación junto con Máxime, su amante, para despedirlo y conversar sobre sus encuentros amorosos.

El Señor Restaud y Eugene descubrieron que tenían familiares en común. Cuando la condesa regresó al salón, Eugene preguntó sobre el parentesco con el señor Goriot, pero había cometido una terrible indiscreción porque el conde se mostró disgustado al escuchar el nombre y la condesa palideció al ver el nerviosismo de su esposo. Eugene fue despachado rápidamente sin lograr resolver su duda y al marcharse, los criados recibieron las instrucciones de negarle la entrada en el caso de que Rastignac regresara a buscarlos.

Eugene comprendió que había cometido una indiscreción al mencionar a Papá Goriot, sin embargo no comprendía la magnitud de su falta, así que pensó que su prima podría resolver su duda y por tanto, se dirigió a su casa.

La señora de Beauseant era incapaz de cerrarle la puerta a nadie, y aunque la visita de Eugene era inoportuna, le permitieron pasar. La vizcondesa se encontraba con el marqués de Adjuda-Pinto, uno de los portugueses más ricos que residía en París y con quien mantenía relaciones amorosas. El señor Beauseánt estaba enterado de esta relación, pero como hombre de mundo, sabía dejar en paz a su esposa en todo lo referente a sus relaciones con el portugués. Toda la alta sociedad de París, excepto la señora de Bauseant, sabía que el marqués de Adjuda tenía intenciones de contraer nupcias con la hija de Rochefide, un rico aristócrata relacionado con la familia real

La llegada de Eugene en ese momento, fue un golpe de suerte para el marqués, pues estaba a punto de enfrentar a la vizcondesa para notificarle sobre sus nupcias y la huída resultó mejor recurso.

La señora de Beauseant se percató de que el chofer del marqués lo llevaría a casa de los Rochefide, y no pudo dejar de sentir la desdicha que la amenazaba, no obstante, intentó ser agradable y amable con Rastignac. El joven le contó a su prima lo que le acabó de ocurrir en casa de los señores de Restaud. La vizcondesa le aclaró sus dudas: la condesa de Restaud es hija de Papá Goriot, pero tanto ella como su esposo lo han renegado y abandonado en la miseria. La otra hija del señor Goriot, Delfine, se casó con un banquero alemán, el barón de Nuncigen, y al igual que su hermana, reniegan al padre. Goriot le dio a cada una quinientos o seiscientos mil francos para que pudieran labrar su felicidad casándose bien, mientras que el pobre hombre no se reservó más que el dinero necesario para su subsistencia, creyendo que sus hijas seguirían siendo sus hijas y que sus matrimonios significarían dos casas para él. Pero en dos años, sus yernos le expulsaron de su sociedad como a un miserable. Cuando van a buscar a Papá Goriot es para pedirle más dinero, en tanto el padre no hace más que empobrecerse con tal de complacer a las dos. El corazón de ese pobre hombre ha sangrado en abundancia al comprobar cómo sus hijas se avergonzaban de él porque podía representar una mancha en los salones de sus hijas. Eugene no pudo evitar llorar por semejante injusticia, influido todavía por sus creencias y afectos juveniles, que se imaginaba que tendría que desechar a juzgar por las lecciones que le estaba dando su primer día de lucha en el campo de batalla parisiense.

La señora de Beauseant le propuso a su primo un plan de intrigas para poder acercarse a Anastasie y a su vez, integrarse al círculo social parisino. Dado que la relación entre las hermanas es de rivalidad porque Anastasie de Restaud ha podido colocarse dentro de dicho círculo aristocrático y la señora de Nuncigen ha fracasado en esta empresa, la vizcondesa le recomendó a Eugene que buscara la forma de conocer a Delfine, haciendo uso del nombre de Beauseant y su parentesco, con el objeto de provocar en su hermana envidia y por tanto, restituir las relaciones con él. Como la señora de Nuncigen haría lo que fuera con tal de entrar a los salones de la vizcondesa de Bauseant. Si Eugene introduce a Delphine al círculo aristocrático, éste se convertiría en su benjamín y abandonaría a su amante De Marcia; entonces las mujeres se volvería locas por él: sus rivales, sus amigas, sus mejores amigas, con tal de raptar al hombre ya escogido.

A Eugene le pareció buena idea y se marchó seducido por las altas esferas de la sociedad parisiense, Ahora comprendía el mundo tal cual era: las leyes y la moral son impotentes entre los ricos. Sólo faltaba conseguir dinero para dar inicio a su plan.

Una vez que hubo llegado a la pensión se deprimió al ver la miseria en la que vivía. Vautrin le lanzó una broma al llamarlo marqués, como si éste adivinó sus secretos más escondidos en el corazón; entonces confesó en la mesa lo que le había ocurrido en casa de los Restaud y aclaró que aquel que volviera a molestar a Papá Goriot se las vería con él.

Eugene se dispuso a escribirle a su madre una carta para que le enviara prontamente mil francos, asegurando que repondría ese dinero muy pronto y multiplicado. Asimismo les escribe a sus dos hermanas la misma solicitud de dinero. Sin embargo, cuando terminó con las cartas, sintió una extraña conmoción, pues conocía la nobleza inmaculada de su madre y sus hermanas y la pena que les causaría de no conseguir la suma. Aquellos terribles sacrificios iban a servirle de peldaño para llegar a Delfine.

Rastignac en su deseo de conocer a la perfección el tablero de ajedrez, deseaba ponerse al corriente de la vida pasada de Papá Goriot cuyo resumen sería el siguiente: Jean Joachim Goriot era un simple obrero en una fábrica de fideos lo suficientemente ambicioso para que comprara la fábrica de fideos cuando el dueño fue víctima del primer levantamiento de 1789, durante la Revolución. Su fortuna comenzó a acumularse en los días de escasez con la venta de cereales y pastas. Papá Goriot era paciente, activo, enérgico, constante, rápido de reflejos; poseía una vista de águila previendo cualquier suceso y adelantándose a ellos, con un comportamiento de obrero estúpido y grosero; incapaz de comprender un razonamiento que no tuviera relación con el trigo, los cereales y la pasta; insensible a todos los placeres de la inteligencia. Amaba profundamente a su mujer que al cabo de siete años y dos hijas murió. Goriot había jurado no serle infiel nunca a su mujer y canalizó su amor irreflexivo y delicado a sus dos hijas, convirtiéndose en un amor absoluto de entrega, atención y sacrificio. No había nada que Goriot no hiciera por complacer para sus hijas.

A finales de diciembre Rastignac recibió el dinero de su madre y sus hermanas, así que cuando Vautrin vio las bolsas de dinero, hizo un comentario ofensivo, aludiendo al enorme sacrificio que la madre de Eugene realizó para que el joven caballero pudiera entrar en sociedad, pescar dotes y bailar con condesas que usan flores de melocotonero en la cabeza. Durante aquellos días, Eugene y Vautrin habían permanecido silenciosos el uno delante del otro, pero Rastignac sentía que aquel hombre penetraba en sus sentimientos, mientras que en él todo era hermético. Una tarde, Vautrin volvió a hacer una de sus bromas pesadas y Rastignac se molestó, a tal grado, que ambos se iban a debatir en duelo. Victorine estaba alarmada por el suceso ya que desde hacía tiempo amaba en secreto a Eugene. Vautrin y Rastignac salieron solos al jardín de la pensión y antes de dar inicio al duelo, Vautrin le dijo uno de los discursos más importantes del libro, que funge como eje en el desarrollo de la historia: Vautrin expone los sentimientos de ambición de Eugene para alcanzar el éxito, no obstante critica los métodos que el joven desea utilizar al plantearle la realidad de la sociedad: suponiendo que Eugene terminara la carera de leyes, no pasaría más allá de convertirse en el sustituto de cualquier imbécil de provincia, donde el Gobierno le arrojaría un sueldo mediocre. Si desea conquistar a las mujeres, debe tomar en cuenta que ellas siempre eligen al más fuerte y poderoso, y para ello no servirá su pobre sueldo o los escasos centavos que su madre ha reunido a base de sacrificios. Los esfuerzos que tendría que realizar serían enormes y el combate sería encarnizado para tener éxito entre cincuenta mil personas que buscan el mismo puesto. Los caminos del éxito se delimitan por el brillo del talento o por la habilidad de la corrupción. Hay que penetrar entre esa masa de hombre como una bala de cañón o deslizarse en ella como la peste. Si se desea hacer fortuna rápida, es necesario ya ser rico y para enriquecerse más debe ser audaz. En la vida hay que ensuciarse las manos si uno quiere desenvolverse en ella. Todo consiste en saber lavarse bien después.

Vautrin proponía lo siguiente: Eugene deberá casarse con Victorine, la protegida de la señora Couture; en tanto que él, con la ayuda de un amigo que le debe un gran favor, eliminaría al hermano de Victorine, dejándole al padre de la joven la opción de recuperar a su hija para heredarle su dinero. De esta manera, Eugene sería dueño del millón de francos que necesita para integrarse a las altas esferas de la sociedad parisina, en tanto que Vautrin sólo cobraría un veinte por ciento de la fortuna para establecerse en una finca con esclavos en los Estados Unidos.

A Rastignac le pareció abominable la propuesta de Vautrin, no obstante se percató de la habilidad del señor para descubrir con claridad sus intenciones y la lucidez de sus palabras, que en cierta forma, se parecían a la lección de vida que le había dado la vizcondesa de Bauséant.

Vautrin aclaró que le daría un plazo de quince días para pensar sobre el asunto y en caso de rechazarlo, le haría la propuesta a alguien más, aunque la desventaja es que Victorine ya está enamorada de Eugene y un nuevo prospecto sería más difícil.

Durante los días sucesivos Eugene acudió con un sastre para adquirir nuevos trajes, dignos de un aristócrata. Rastignac pensaba constantemente en las palabras de Vautrin, pero sus pensamientos se disiparon cuando recibió una invitación de la vizcondesa de Bauseant para asistir a un baile. Esta era su oportunidad para invitar a la señora de Nuncigen y llevar a cabo el plan que había marcado en conjunto con su prima.

Esa tarde Eugene acompañó a la vizcondesa a la ópera porque su marido estaba ocupado. El marqués de Adjouda-Pinto no había contraído nupcias aún con la señorita Rochefide, pero era claro que a la vizcondesa le preocupaba este asunto. Eugene se sentó junto a su prima y vislumbró en uno de los palcos a Delfine de Nucingen. El marqués de Adjouda-Pinto visitó el palco donde se encontraban la vizcondesa y Eugene, y éste último se comportó con la mayor discreción, logrando entablar un lazo especial y de complicidad sincera con su prima.

Durante el intermedio, el marqués le presentó a Eugene la baronesa de Nuncigen. Ambos conversaron durante un largo rato e incluso hablaron sobre Papá Goriot. Delfine se expresó con tristeza y amor acerca de su padre y culpó a su marido de no poder verle con regularidad. Eugene invitó a la baronesa al baile de la vizcondesa y solicitó su permiso para visitarla.

Al llegar a la pensión, Rastignac ya estaba seguro de sentirse enamorado, pues la señora de Nuncigen le había causado una gran impresión y pensaba que si la señora de Nucingen se interesaba por él, le enseñaría cómo gobernar a su marido, que negocia con oro, y el cual podría ayudarle a conseguir su fortuna de un solo golpe. Cuando llegó a su piso entró en la habitación de Papá Goriot para decirle que había visto a su hija. Eugene no pudo dominar su estupefacción al ver la sencillez en la que vivía aquel hombre comparada con el lujo de sus hijas. Papá Goriot se emocionó mucho por las palabras de Eugene, le escuchaba hablar de su hija como si fuera un Dios y preguntaba sobre todos los pormenores: cómo iba vestida, si estaba contenta y a quién prefería entre Delfine y Anastasie. A Rastignac le parecía mejor Delfine por la sencilla razón de que ella parece querer más a su padre.

A Eugene le intrigaba saber la razón por la cual Papá Goriot vivía en aquella miseria mientras que sus hijas vivían en un lujo absoluto. Papá Goriot replicó que no necesitaba nada más porque su vida se limita a sus dos hijas. Si ellas se divierten y son felices, si van bien vestidas y caminan sobre alfombras, qué importaba cómo viviera y fuera él vestido. Una mirada de sus hijas, si es triste, le hiela el corazón y lo hace verdaderamente miserable. Papá Goriot las ama más a ellas de lo que Dios ama al mundo. En ocasiones, se sienta en una banca en los Campos Eliseos para esperar a que sus hijas pasen caminando frente a él, y se conforma con verlas durante esos breves instantes y recibir una sonrisa lejana.

Eugene confesó estar enamorado de Delfine y Papá Goriot se llenó de emoción y esperanza al ver la posibilidad de tener un yerno que verdaderamente amara a su hija y que a su vez, le permitiera ser el enlace para verla con mayor frecuencia. A partir de esa conversación, Papá Goriot vio en su vecino a un confidente providencial, a un amigo entrañable.

A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, la afectación con que Papá Goriot miraba a Eugene sorprendió a todos los huéspedes. Vautrin, que volvía a ver al estudiante por primera vez después de aquella conversación, parecía leer la mente del anciano. Al pensar en los proyectos de aquel hombre, Eugene miró a Victorine y la pobre muchacha halló encantador al joven. Una voz susurraba en el oído del estudiante: ochocientos mil francos.

Eugene se marchó a la escuela y le comentó a su amigo Bianchon, un estudiante de medicina que iba a la pensión a comer, sobre los malos pensamientos que lo acongojaban, sin aclararle el verdadero plan. Bianchon le recomendó que era preferible mantener la dignidad a cometer un crimen.

Papá Goriot le entregó a Eugene una carta de Delfine para invitarlo al teatro y a cenar después en su casa con su marido. Rastignac no pensaba en aquellos momentos en los delirios de vanidad que a veces invaden a ciertas mujeres para ser capaces de todos los sacrificios con tal de abrirse las puertas de casa de su prima en el barrio de Saint-Germain. La moda distinguía a todas aquellas mujeres que eran admitidas en la sociedad de dicho barrio parisiense, entre las cuales, la vizcondesa ocupaba el primer rango.

El día de la primera intriga amorosa de Rastignac llegó y al arribar a casa de la baronesa de Nuncigen la encontró triste. Eugene intentó averiguar lo que la atormentaba haciendo alusión al amor que él le tenía y su disposición por ayudarla. Ella tomó su palabra y sin decirle nada, se marcharon en el carruaje hasta que llegaron a una casa de apuestas. Delfine le pidió a Rastignac que demostrara su amor y apostara mil francos que ella tenía para convertirlos en seis mil francos, y en caso de tener éxito, ella le confesaría los motivos de su pena. Eugene apostó los mil francos en la ruleta y ganó en dos ocasiones que equivalían a la cantidad necesaria. Delfine le confesó que su marido la tenía en la miseria, sin permitirle disponer de un céntimo para nada; advirtió que su matrimonio era horrible y debía llegar a estos extremos por obtener un poco de dinero para mantenerse. También confesó que en ocasiones tenía deseos de matarse por la situación injusta en la que se encontraba, mientras que su marido le daba dinero a su amante corista de la ópera.

Al despedirse, la baronesa le dio tres billetes de banco como recompensa del valiente acto del joven, a pesar de que éste se rehusaba a recibir el dinero.

Cuando Eugene regresó a la pensión, Papá Goriot lo esperaba ansiosamente para que le contara todo. Se enfadó mucho al enterarse sobre la condición de su hija y advirtió que cedería sus trescientos francos restantes de pensión vitalicia para sacar a su hija de esta pena. Eugene le entregó los mil francos que había ganado y Papá Goriot valoró la bondad del joven. En ese momento Rastignac pensó que siempre sería un hombre honrado y abandonaría las ideas de Vautrin.

El día del baile, Delfine iba arreglada especialmente hermosa para agradarle a Eugene. Éste pudo medir el alcance de su posición, comprendiendo su importancia, la cual le debía a la vizcondesa de Bauseant. La conquista de la señora de Nuncigen, que la gente ya le atribuía, lo hacía destacar de tal modo que todos los jóvenes le lanzaban miradas de envidia. Al pasar de salón en salón oía alabar su suerte. Todas las mujeres le predecían éxitos, y Delfine, temiendo perderle, le prometió darle un beso esa noche.

El baile también le sirvió a Rastignac para recibir una serie de invitaciones. Las puertas del gran mundo de Paris le estaban siendo abiertas.

Al día siguiente, al referir sus éxitos a Papá Goriot durante el desayuno, Vautrin aprovechó la ocasión para molestar a Eugene y hacerle ver que sin dinero, no llegaría muy lejos en la elite de la sociedad Parisina. Como acto seguido le guiñe el ojo y le señala a la Srita. Taillefer.

Durante una temporada, Rastignac llevó una vida muy disipada. Apostaba su dinero para enriquecerse pronto, pero como en todo juego, perdía más de lo que ganaba. Su bolsa estaba siempre vacía para la Señora Vauquer, pero siempre llena para satisfacer sus vanidades. En esta época, Rastignac había perdido todo su dinero y adquirido muchas deuda. Eugene estaba inmerso en los problemas económicos que lo agobiaban y estaba comenzando a ceder al plan de Vautrin. Desde hacía un mes, Eugene excitaba tanto los sentidos de Delphine que éste terminó afectado también del corazón.

Durante la comida en la pensión, Eugene comenzó a cortejar a la Señorita Taillefer, ella, por su parte, le dirigió por toda respuesta una mirada inequívoca. Vautrin permaneció lejos pero muy atento a lo que ocurría, de tal manera que Eugene no percibiera su presencia, pero al encontrar la oportunidad, irrumpió la conversación de los enamorados para volver a presionar al pobre joven, quien se sentía atormentado por este hombre que se hacía pasar por una persona buena y cuyo único interés era “ayudar” al joven ambicioso.

La señora Vauquer estaba molesta porque Eugene le debía las rentas y Vautrin se ofreció para prestarle dinero. Eugene estaba necesitado, así que accedió firmando un pagaré en donde se comprometía a devolver el dinero en calidad de préstamo. A pesar del cinismo e insistencia de Vautrin, Eugene sólo aceptó el dinero y nada más.

Rastignac canceló sus deudas, jugo al whist y recuperó lo perdido. Tenía la idea de que la vida o Dios lo recompensaba por su perseverancia al no caer en manos de Vautrin, así que se apresuró a pagarle el dinero que le prestó.

Dos días más tarde Poiret y la señorita Michennau se encontraban en un banco del parque de Los Inválidos tomando el sol y conversando con el comisario Gounderau. Éste les ofrecía dinero a cambio de que buscaran un tatuaje con el número de recluso en la espalda de Vautrin, pues se tenía la sospecha de que era Jaques Collin alias “el burlador de la muerte”, un exconvicto que se encarga de manejar las finanzas y negocios de convictos presos que pertenecen a la Sociedad de los Mil. Vautrin es su hombre de confianza, respetado y protegido por el bajo mundo por su distinguida lealtad hacia sus compañeros ladrones. Gounderau le ofrece dos mil francos a la señorita Michennau por descubrir el tatuaje, valiéndose de una droga que lo dejaría inconsciente. Michennau finalmente accedió a cambio de tres mil francos. Bianchon pasaba en aquellos momentos por el paseo y se sintió intrigada por la extraña reunión entre esos personajes tan dispares.

Eugene había sido reducido a la desesperación por la Señora de Nuncigen y estaba empezando a ceder al plan de Vautrin. Durante las comidas le profesaba palabras de amor a Victorine. Vautrin volvió a presionar a Eugene y éste ya no oponía resistencia. Entonces le advirtió que el plan estaba en marcha: su cómplice ya había insultado al hermano de Victorine y a la mañana siguiente se enfrentarían en un duelo. Rastignac escuchaba las palabras de Vautrin como un estúpido, no acertando a contestar nada. En aquel momento llegaron Papá Goriot, Bianchon y otros huéspedes. Rastignac lo había decidido, durante la noche iría a casa de los Taillefer para prevenirlos. Papá Goriot se acercó a Eugene en cuanto Vautrin se marchó para darle varias buenas noticias: Delphine y él habían alquilado un departamento pequeño en Saint-Lazare para que el joven viviera en mejores condiciones. Papá Goriot apoyó la idea y aportó parte de su pensión vitalicia, pues entre sus planes, estaba irse a vivir a un pequeño cuarto arriba del departamento de Eugene para estar más cerca de su hija. Desde hacía un mes estaban planeando esto y compraron muebles nuevos para que el joven viviera como un príncipe. También le entregó un regalo de parte de Delphine, un reloj de oro con sus iniciales grabadas.

Eugene estaba más que complacido con estos gestos de amor y dado que tenía que visitar a Delphine, le pidió a Papá Goriot que alertara a los señores Taillefer sobre el duelo. Cuando ambos bajaron al comedor, Vautrin celebraba con los demás huéspedes por haber concretado un buen negocio, así que pidió varias botellas de vino para todos e invitó a Papá Goriot y Eugene al “festejo”. Vautrin había planeado embriagar a los concurrentes, en especial a Eugene y Papá Goriot para impedir los planes del muchacho. Ambos incautos cayeron rápidamente y Victorine se preocupó mucho por el estado del joven. Vautrin aprovechó el momento para convencerla, aún más, del amor de Eugene y de su deber como esposa para cuidarlo en estos momentos; entre tanto, él invitó a la señora Vauquer al teatro.

El día siguiente estaba destinado a ser uno de los días más señalados en la Casa Vauquer, hasta aquel entonces, el acontecimiento más importante había sido la huída y falsa identidad de la condesa de Ambermesnil.

Papá Goriot y Eugene durmieron hasta las once, al igual que los demás huéspedes desvelados, por tanto, en la mañana casi no había nadie encargado del desayuno. Sylvie subió para despertar a la señora Vauquer y la señorita Michonneau aprovechó el momento para verter el líquido narcotizante en la bebida de Vautrin. Por otro lado, un recadero le entregó a Eugene un mensaje de Delphine demandando una explicación por haberla dejado esperando. En aquel momento, un criado del señor Taillefer anunció en la pensión que Frederic Taillefer, hermano de Victorine, había muerto en un duelo, y ahora el señor Taillefer deseaba ver cuanto antes a su hija. La señora Couture y Victorine se marcharon de inmediato. Eugene estaba estupefacto por la noticia mientras que la Señora Vauquer comentaba sobre la acertada elección de Rastignac al fijarse en Victorine. Mientras Vautrin sonreía, el narcótico comenzaba a causar su efecto hasta que cayó como muerto. Para distraer la atención, la señorita Michonneau advirtió que Vautrin probablemente habría sufrido una apoplejía. Sylvie y la señora Vauquer se movilizaron para llevar al enfermo a su recámara y cuando la srita. Michonneau se encontró a solas con Vautrin, le desabrochó la camisa para verificar las sospechas bien fundadas. Entre tanto, Eugene aprovechó esta confusión para salir huyendo de la pensión que lo asfixiaba; él hubiera querido evitar aquel crimen y temía ser cómplice de alguna manera.

El largo paseo de Eugene fue solemne y en cierto modo, hizo un examen de conciencia. De la terrible conversación que sostuvo consigo mismo, su honradez salió tan fuerte como el hierro. Recordó cuántas confidencias le había hecho Papá Goriot así como el apartamento que le habían ofrecido. Sentía que estos factores eran el ancla de su salvación.

Alrededor de las cuatro de la tarde y después del largo examen de conciencia, el muchacho regresó a la pensión para averiguar sobre el estado de Vautrin.

Bianchon le administró a Vautrin un vomitivo e insistió en llevar las sustancias al hospital para analizarlas, pero la obstinación de la señorita Michonneau por evitarlo, terminó por aclarar las sospechas del joven médico acerca de un complot junto con Poiret.

Cuando Eugene regresó a la pensión, Vautrin se hallaba de pie al lado de la estufa. Bianchon comentó sobre “el burlador de la muerte” y fue entonces que Vautrin comprendió la trampa que le tendió la señorita Michennau. Poiret se interpuso entre Vautrin y Michennau a pesar de que casi nadie comprendía lo que pasaba. En ese momento se oyeron los pasos de varios hombres que venían a capturar a Vautrin. Con un movimiento lleno de energía, Vautrin saltó como un gato montés, causando conmoción entre los huéspedes; pero los oficiales sacaron sus armas y Collin comprendió que no tenía escapatoria alguna. Jaques Collin o Vautrin, fue esposado y cuando leyeron sus cargos, la señora Vauquer estaba impactada y decepcionada por los acontecimientos. Collin cuestionó enérgicamente quién lo había traicionado, observando a la señorita Michennau, a quien llamó desde ese momento “Vieja Bruja”. El discurso de Collin retoma posturas de crítica ante las profundas decepciones del contrato social, la lealtad, la cobardía y el ridículo que existe entre lo que es supuestamente bueno y malo. Los presentes sintieron admiración por ese hombre valiente que mostraba coraje y sabiduría, convirtiéndolo en un héroe que había sido suciamente traicionado por la Vieja Bruja. Cuando Vautrin y los oficiales se marcharon, estalló entre los huéspedes una fuerte ira en contra de la señorita Michennau y Poiret. Los inquilinos demandaban que fueran expulsados de la pensión o de lo contrario dejarían de vivir y comer allí. Esto representaba una pérdida considerable para la señora Vauquer, así que tuvo que apoyar a la mayoría. En aquel momento, entró un mensajero de parte de la Señorita Taillefer para avisar que ella y su tía ya no vivirían más en la pensión. La señora Vauquer estaba segura de que una desgracia había entrado en su casa: primero Vautrin, después Michennau y Poiret y ahora la señora Couture y Victorine.

Aquel día constituyó una especie de fantasmagoría para Eugene que no sabía como ordenar sus pensamientos y sentimientos a pesar de la fuerza de su carácter y su bondad. De pronto, sin darse cuenta, se encontraba con Papá Goriot rumbo al nuevo departamento que adquirió Goriot.

Delphine los esperaba y Eugene se conmovió por el esfuerzo de Delphine y su padre. Papá Goriot estaba emocionado porque finalmente estaría cerca de su hija y Delphine estaba ilusionada con su nuevo amor. Todo parecía convertirse en una hermosa luna de miel entre tres.

El día siguiente, Eugene y Papá Goriot iban a abandonar la pensión. Por la mañana Delphine de Nuncigen fue a buscar a su padre para contarle que su marido había invertido los capitales de la pareja en diversos negocios y si ella le obligaba ahora a devolverle la dote, él se vería forzado a declararse en quiebra, mientras que si Delphine espera un año, su marido se compromete a devolverle todos sus bienes multiplicados. Papá Goriot estaba seguro de que todo esto era un embuste y el barón se hacía el muerto para adueñarse de todo el dinero que le había entregado a su hija en dote. La realidad era que el barón obligaba a Delphine a una asociación ímproba a la que debe de acceder so pena de quedar completamente arruinada; a cambio, él toleraría las relaciones extramaritales de su mujer.

Papá Goriot sintió pena y un profundo dolor por la situación de su hija, pero su sufrimiento era mayor cuando veía a cualquiera de sus hijas llorar y padecer desgracias económicas. Delphine estaba consolando a su perturbado padre cuando de pronto, llegó su hermana Anastasie, con otro problema económico que tratar con el pobre hombre. La rivalidad entre hermanas surgió inmediatamente, pero Papá Goriot logró conciliar entre las dos. El problema de Anastasie era que ella había estado pagando las deudas de juego de su amante Máxime y la última deuda la pagó empeñando un collar de diamantes de la familia de su esposo, para que su amante no se suicidara. El conde se enteró de este penoso acto y rescató el collar; le advirtió a su mujer que mantendría el suceso en silencio porque tenían hijos que no merecían la deshonra, pero a cambio, Anastasie debía firmar la entrega de sus bienes cuando él se lo solicitara. Papá Goriot le pidió a su hija que no firmara nada porque él se encargaría de arreglar los problemas de sus “dos ángeles”. Asimismo, Anastasie también le pidió dinero a su padre para poder saldar la deuda de su amante, pues el dinero del collar no había sido suficiente.

Papá Goriot no sabía qué más hacer, ya había vendido todos sus bienes y su pensión para complacer a sus hijas, la única opción que pasaba por su cabeza, era robarlo, pues todo, absolutamente todo, se lo había entregado a ellas. Las dos hermanas se calumniaban mutuamente provocando en Papá Goriot un terrible enfado y mortificación. La cabeza le ardía y les pedía que se detuvieran antes de que lo mataran de ira. Asustado por la conmoción, Eugene entró a la habitación de Papá Goriot y le ofreció a Anastasie el billete de banco con que le había pagado a Vautrin su deuda. La escena se había tornado violenta, Papá Goriot estaba en mal estado físico, Anastasie salió indignada con el billete pero pronto regresó llorando para pedirle perdón a su padre y de paso solicitarle su firma en el billete endosado. Eugene estaba asombrado por la escena y por la actitud de Anastasie. Entre tanto, Papá Goriot requería recostarse por el estado alterado en el que se encontraba. Eugene acompañó a Delphine hasta su casa, pero inquieto por el estado de Papá Goriot regresó a la pensión donde encontró levantado al anciano y apunto de sentarse a la mesa. Sus actos eran extraños y Bianchon comprendió que el estado de Goriot era grave.

Por la noche, Eugene fue a cenar con Delphine y trató de no alarmarla sobre el estado de su padre. Hablaron sobre los sentimientos de Delphine ante su situación y sobre el esperado baile que se celebraría en casa de la señora de Bauseánt en dos días. Aquella noche, Eugene no volvió a la pensión, sentía tentación por quedarse en su nuevo departamento.

Al día siguiente, los enamorados se habían olvidado de Papá Goriot, pero alrededor de las cuatro de la tarde, Eugene fue a la pensión y se encontró con que Papá Goriot estaba muy grave en cama, pues su hija Anastasie había vuelto a pedirle dinero para pagar el vestido de lentejuelas que usaría en la noche del baile. El estado alarmante en el que ya se encontraba Papá Goriot, ahora era crítico. Eugene y Bianchon se turnaron durante la noche para cuidar al enfermo.

Al día siguiente la condesa de Restaud envió a un sirviente a recoger el dinero. Eugene le mandó un mensaje a Delphine advirtiéndole que no había podido visitarla porque esperaba que un médico diagnosticara a su padre, cuyo panorama era desalentador; ya ella juzgaría si asistir o no al baile.

El médico manifestó que el estado del paciente era delicado pero no inminentemente fatal, aunque sí le convendría morirse cuanto antes. Eugene fue a avisarle a Delphine sobre la noticia, pero ésta estaba segura de que Papá Goriot se recuperaría y decidió no visitarlo para asistir al anhelado baile, aunque dio su palabra de cuidarlo durante la noche.

El baile en la casa de la vizcondesa de Bauseánt era el evento más concurrido en París, pues no solo porque ella representaba la moda en París, sino porque todos los invitados deseaban ver la reacción de la vizcondesa ante el escándalo del nuevo matrimonio de su amante, Adjuda-Pinto. Delphine iba hermosamente arreglada y Anastasie llevaba puesto el vestido de lentejuelas y el collar de diamantes para acallar los comentarios de la sociedad. Este espectáculo entristecía a Rastignac, pues en medio de la opulencia y las joyas de las hermanas, veía el camastro pobre en el que yacía Papá Goriot.

La vizcondesa lucía perfectamente bien, pues si sentía dolor por la traición de su amado, no lo demostraba y se desenvolvía estoicamente.

Durante la velada, la vizcondesa le pidió a Eugene, el único en quien confiaba en esos momentos, que fuera a casa del marqués Adjuda-Pinto para entregarle unas cartas. El joven obedeció y regresó con una caja que le entregó el marqués. La vizcondesa llevó a Eugene a su habitación y le confesó que se marcharía de París, pese a la negativa de su marido, para alejarse del dolor y de las falsas apariencias de tranquilidad que debe demostrar a la sociedad. Eugene no había sentido hasta entonces una emoción tan violenta como la que le produjo el contacto de aquel dolor tan noblemente reprimido. Admiraba a su prima, su valentía, su visión respecto a la sociedad y su estoicismo.

Hacia las cuatro de la mañana, la multitud empezó a marcharse. Rastignac se marchó alrededor de las cinco después de haber visto a la vizcondesa de Bauseant subirse al carro que la llevaría a Courcelles, en Normandía para amar y rezar hasta el día en que Dios decidiera retirarla de este mundo.

De regreso en la pensión, Bianchon advirtió que el estado de Papá Goriot era ya irreparable y no le quedaban más de dos días de vida. En cambio, en lo úncio que pensaba Papá Goriot era en sus hijas, a quienes anhelaba ver con insistencia.

Era necesario prodigarle al viejo ciertos costos para darle una muerte digna, pero ninguno de los jóvenes tenía dinero. Rastignac pensó que podría pedirle dinero a sus yernos y sus hijas, pero se equivocó, pues envió a Cristophe a casa de la condesa Restaud para avisarle sobre el grave estado de su padre cuando su esposo salió a la puerta y se alegró de la muerte segura de su suegro. Parecido ocurrió al llegar a casa de Delphine; ella estaba indispuesta porque se develó en el baile. Cuando Papá Goriot escuchó que ninguna de sus hijas vendría, las maldijo y se lamentó de haber entregado toda su fortuna, pues de tenerla aún, estarían allí lamiéndole las manos y atendiendo a su moribundo padre que no ha hecho otra cosa que sacrificarse por ellas. Sin embargo, lo único que él deseaba con ahínco era que sus hijas fueran a verlo. Eugene le pidió a Bianchon que cuidara a Papá Goriot mientras él iba personalmente a buscar a las hijas. Asimismo, empeñó el reloj que le había regalado Delphine para pagar algunos de los gastos que requería el enfermo.

En casa de los Restaud, Eugene encontró a la condesa desecha en lágrimas debido a los conflictos que tenía con su marido, quien le prohibía visitar a su moribundo padre. Sin éxito, se dirigió a casa de Delphine Nuncigen y el joven le reprendió al decirle que había vendido el reloj para salvar a su padre, pues ninguna de sus hijas mostraba interés alguno.

Delphine saltó de pronto de la cama, le pidió a su criada que la atendiera y dijo que iría a la pensión. Eugene se adelantó contento de poderle avisar al moribundo que una de sus hijas iría a verlo.

El panorama en la pensión era trágico, el cirujano ya no veía mayores esperanzas, Papá Goriot preguntaba insistentemente por sus hijas. La mezquina señora Vauquer, le pidió a Eugene que saldara las cuentas económicas del anciano.

La agonía fue larga y las hijas de Goriot nunca llegaron mientras él seguía consciente. Un momento antes de perder el conocimiento, Bianchon y Eugene lo levantaron para cambiarle las sábanas cuando de pronto Papá Goriot observó a los jóvenes como si fueran sus hijas y exclamó con fuerza: “!Mis Ángeles!”; su último aliento de conciencia. No era más que cuestión de tiempo para que todo acabara. En aquel momento, llegó la condesa de Restaud. Eugene le aclaró que era demasiado tarde, Goriot había perdido el conocimiento. La aparición de Anastasie constituyó algo patético. Ella le pedía perdón a su inconsciente padre y lloraba frente a su moribundo lecho. Le confesó a Eugene que su amante, Máxime de Trailles, se había marchado dejando deudas enormes, además de que la engañaba con otras mujeres. Su marido nunca la perdonará por sus actos y ha tenido que dejarlo dueño de su fortuna. Ahora reconocía que el único verdadero amor se lo daba su padre, a quien renegó y lastimó hasta matarlo. Eugene bajó a comer algo cuando apareció la condesa para anunciar que su padre había muerto. Ella se marchó mientras que Bianchon y Eugene fueron a declarar sobre la defunción del anciano. Los huéspedes hicieron comentarios sarcásticos y a los pocos minutos, todo volvió a la normalidad en la pensión.

A la mañana siguiente, ninguno de los dos yernos habían respondido a la petición de Eugene por pagar los gastos de entierro, ni tampoco se había presentado nadie en su nombre.

Rastignac se vio obligado a pagar el sacerdote, el ataúd más barato y los preparativos. Eugene fue a casa de Delphine pero los sirvientes le dijeron que los señores estaban indispuestos por la muerte de Papá Goriot y no recibían a nadie. Rastignac dejó una nota para Delphine donde pedía que vendiera cualquier alhaja para dar una decente morada a su padre, pero el portero le entregó el mensaje al barón y éste lanzó el papel al fuego.

De regreso en la pensión, Eugene vio que la señora Vauquer tenía el medallón de oro de Papá Goriot con los primeros cabellos de sus dos hijas, pero logró quitárselo para enterrar al viejo con lo único que le quedaba de sus hijas.

Únicamente Rastignac y Christophe, con dos empleados de la funeraria acompañaron al carruaje que conducía al féretro a la capilla. El estudiante buscó en vano a las dos hijas de Papá Goriot o sus maridos

Christophe parecía haberse sentido obligado a prestar los últimos servicios a un hombre que la había hecho ganar propinas y a quien había considerado como un buen hombre y honrado, que no perjudicaba a nadie y que nunca hizo mal alguno.

A las seis de la tarde el cadáver de Papá Goriot fue bajado a la fosa, alrededor de la cual se hallaban los criados de sus hijas, que desaparecieron con el clero en cuanto terminó la misa pagada por el estudiante. Eugene miró la tumba y sepultó en ella la última lágrima de hombre joven, avanzó hacia la parte alta del cementerio de donde se podía ver la ciudad entera y exclamó estas grandiosas palabras: “Ahora nos toca a nosotros”

Y como primer acto de desafío a la sociedad, Rastignac fue a cenar a casa de la señora de Nuncigen…

de la versión española de wikipedia

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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La dama de las camelias (Alejandro Dumas)

I.El Narrador se entera por casualidad de que murió una cortesana y que sus bienes serían puestos en remate para cubrir sus deudas, se entera de que la difunta era conocida suya, únicamente de vista: Margarita Gautier.

II.Margarita era de singular hermosura, asistía a todos los estrenos de la Ópera y del Teatro, su fama como cortesana era bastante conocida, siempre asistía a todas las funciones con tres cosas: sus gemelos, una bolsa de bombones y un mazo de camelias, su florista le habría puesto el sobrenombre de “La Dama de las Camelias. Ella vivía de una pensión indeterminada que le daba el duque, él cual la trataba pródigamente y con respeto.

III.El Narrador acude al remate, el cual fue bastante concurrido. Puja por un libro Manon Lescault del abate prevost, el cual tenía dedicatoria, se lo adjudican por un valor diez veces superior al real, sólo por orgullo personal pujó de tal manera. La Dedicatoria decía “Manón a Margarita, Humildad”, firmado por Armando Duval.

IV.De la venta de los bienes de la cortesana se obtuvieron 150,000 francos, de los cuales dos terceras partes fueron a parar a las manos de sus acreedores y el resto a su familia, una hermana que tenía años sin verla. Armando Duval acudió a ver al Narrador, en un estado deplorable y depresivo, le rogó que le vendiera el libro mencionado, enseñandole una carta suscrita por Margarita en la cual le pedía que acudiera al remate a comprar algo para recordarla. El Narrador le regalaría el libro, lo que daría inicio a una buena amistad, el mozo agradeció y se despidió llorando.

V.Pasó un largo tiempo y el narrador no tenía noticias de Armando Duval, decidió ir a preguntar por él a casa al cementerio, donde vislumbró la tumba de la joven adornada con innumerables camelias, el jardinero le contó que un joven había ordenado que se mantuviera siempre con rosas y que éste había partido para que la hermana de la difunta autorizase el traslado del cuerpo, puesto que en este cementerio sólo tenía licencia por cinco años, y quería otorgarle una de por vida. El Narrador obtiene la dirección de Armando Duval y va a visitarle, seguía de viaje, pero al día siguiente recibe un mensaje por él que le invitaba a acudir a su casa.

VI.El narrador acude, vería al joven en un estado convaleciente, el cual da la razón del traslado del cuerpo y el porque tenía que estar presente:

Es lo único que puede curarme. Tengo que verla. Llevo sin dormir desde que me enteré de su muerte, y sobre todó desde que vi su tumba. No puedo hacerme a la idea de que esa mujer, a quien abandoné tan joven y tan bella, esté muerta. Tengo que cerciorarme por mí mismo. Tengo que ver lo que ha hecho Dios con aquel ser que tanto amé, y quizá el asco del espectáculo reemplace la desesperación del recuerdo. Usted me acompañará, ¿verdad? Si es que no te molesta demasiado…

Acudieron al desentierro, el cual fue bastante doloroso para Armando.

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Desarrollo

VII.Armando, todavía en cama le encomienda la escritura de un libro sobre los hechos que le narraría: dice que desde que la conoció sabía que estaba destinado a enamorarse de ella, deseaba que fuere difícil la conquista:

Y yo, que habría querido sufrir por aquella mujer, temía que me aceptara excesivamente de prisa y me concediera excesivamente pronto un amor que yo hubiera querido pagar con una larga espera o un gran sacrificio. Los hombres somos así; y es una suerte que la imaginación deje esta poesía a los sentidos y que los deseos del cuerpo hagan esta concesión a los sueños del alma.

Contó que la vez que fueron presentados, fue en la Ópera, y había hecho el ridículo, ella diría que “nunca había visto nada más chistoso que él”. A partir de aquí, Armando la intentaría ver varias veces, pero de repente ella enfermó de tisis, acudió a su casa innumerables veces preguntando por su estado de salud, sin dejar jamás recado, tarjeta de visita o subir a visitarla. No la vería por dos años.

VIII.Después de este tiempo la volvió a ver y su amor no había disminuido.

-Lo que no impidió que mi corazón latiera cuando supe que era ella; y los dos años pasados sin verla y los resultados que aquella separación hubiera podido ocasionar se desvanecieron en la misma humareda con el solo rozar de su vestido.

Le pidió a una conocida, Prudencia Duvernoy, una regordeta que había sido cortesana, que se la presenté nuevamente. Ella le contó que Margarita era la protegida de un duque muy viejo y muy rico, que ella nunca se dormía antes de las dos de la mañana y que a veces tenía compañía, pero que no tenía amantes, aunque un conde joven la cortejaba, a ella le aburría.

IX.Se volvieron a presentar Armando y Margarita, ésta aunque al principio no pudo recordar, después lo haría, pidiendo disculpas por la vez anterior. Armando aceptó que el era el hombre que iba a preguntar por su estado de salud durante su enfermedad, lo que ella agradeció. Margarita trataba con mucha crueldad al conde, a quien despidió para recibir a Armando, Prudencia y Gastón, durante la alegre reunión, en la que la joven hizo gala de sus modales, a Margarita le sobrevino una crisis de tos por lo que salió presurosa a su recámara, Armando la siguió.

X.Armando le recomendó abandonar esa vida licenciosa, ella contestó que a nadie le importaba su estado de salud, a lo que el joven replicó diciendo que a él sí. Armando confesó que la amaba con locura, ella después de algunas cavilaciones lo aceptó pero condicionándole que debería ser: confiado, sumiso y discreto. Ante la pregunta de cuando se volverían a ver, Margarita contestó:

Porque -dijo Marguerite, liberándose de mis brazos y tomando de un gran ramo de camelias rojas comprado por la mañana una camelia que colocó en mi ojal – porque no siempre se puedén cumplir los tratados el mismo día en que se firman

Luego le diría que se verían cuando la camelia que le entregó cambie de color, se besaron y ella justificó su actuar:

Quizá le parezca raro que me haya mostrado tan dispuesta a aceptarlo así, en seguida. ¿Sabe a qué se debe? Se debe -continuó, tomándome una mano y colocándola contra su corazón, cuyas palpitaciones violentas y repetidas yo sentía-, se debe a que, ante la perspectiva de vivir menos que los demás, me he propuesto vivir más de prisa.

XI. Armando estaba sorprendido de lo ocurrido, y se empecinaba en creer que no se trataba de una mujerzuela. Fue a verla, como había prometido en la víspera y ella le contestó que no se acordaba del pacto, sin embargo, el joven se iba acostumbrando al actuar de la joven. Luego Prudencia le diría que Margarita opinaba que era encantador.

XII.En esa ocasión Armando pasó la noche con Margarita, ella lo despachó a las cinco porque el duque vendría temprano y le prometió mandarle instrucciones para su próxima cita, entregándole una llave de sus aposentos. Al día siguiente, Armando le haría una gran escena de celos porque la había visto con el conde en el teatro, luego se dio cuenta que él había aceptado ciertas condiciones y la joven lo perdonó, haciéndole saber que se estaba enamorando de él.

XIII. Prudencia le recomendó a Armando no ser celoso, que él no podía mantener la vida de lujos de Margarita, que lo conveniente era que únicamente se amaran, conscientes de la realidad. Margarita invitó a Armando a pasar varios meses en el campo, pero el joven se ofendió, diciendo que no aceptaría tal situación con esos medios, otra vez se dio cuenta del error en que incurría y fue perdonado por segunda ocasión. Al día siguiente Armando recibe un recado de Margarita que decía “Me siento mal, no venga hoy”, sin embargo acudió y vio que el conde entraba en la casa, por lo cual sufrió mucho.

XIV.Armando escribe una carta zahiriente para Margarita. Se desespera por haber actuado de tal manera, nuevamente se arrepiente y le ruega perdón:

«Alguien que se arrepiente de una carta que escribió ayer, que se irá mañana si usted no lo perdona, desearía saber a qué hora podrá ir a depositar su arrepentimiento a sus pies. ¿Cuándo podrá encontrarla sola? Ya sabe usted que las confesiones deben hacerse sin testigos.»

XV.Armando le preguntó a Margarita la razón por la cual le engañó, ella respondió de tal forma:

-Amigo mío, si yo fuera la señora duquesa de tal o de cual, si tuviera doscientas mil libras de renta, y siendo su amante, tuviese otro amante distinto de usted, tendría usted derecho a preguntarme por qué lo engañaba; pero, como soy la señorita Marguerite Gautier, tengo cuarenta mil francos de deudas, ni un céntimo de fortuna y gasto cien mil francos al año, su pregunta es ociosa y mi respuesta inútil.

Le dijo que aceptó ver al conde para poder hacer el viaje al campo, puesto que no quería deberle nada a Armando, luego dijo que siempre estaba muy vigilada. Confesó la razón por la cual había aceptado a Armando como amante: por que es el único que se ha compadecido de ella, pero:

-Entonces te encontré a ti, joven, ardiente, feliz, y he intentado hacer de ti el hombre a quien llamaba en medio de mi ruidosa soledad. Lo que yo amaba en ti no era el hombre que eras, sino el que ibas a ser. Tú no aceptas ese papel, lo rechazas como indigno de ti; eres un amante vulgar; haz como los demás: págame y no hablemos más.

Armando vuelve a pedir perdón y no se va de París.

XVI.Armando aceptaba todas las condiciones que le daba Margarita, pronto le entregaría el “Manon Lescault” del abate Prevost. Armando cambió su vida y sus hábitos, tuvo que adquirir algunas deudas y jugar para poder obsequiar a su enamorada. Intentaba curar a Margarita, y funcionaba de cierta manera.

XVII.Margarita quiso pasar una temporada en una alegre casa campirana, por lo que se la pidió al duque, el cual al poco se enteraría que habitaba con Armando en aquella casa, lo que provocó que le diera un ultimatum a la joven “Yo (y la renta) o Armando Duval”. Ella escogería el amor, haciendo que la felicidad de Armando se elevara sobremanera. Margarita terminó con todas sus costumbre anteriores, incluso con sus amistades… El duque volvería a rogar que le acepte, sin importar circunstancias, pero la joven reformada rechazaba abrir sus cartas.

XVIII.Los jovenes hacían proyectos para su porvenir, Margarita prefería no regresar a París. Armando notó que los bienes de Margarita iban desapareciendo, por lo que acudió a París y se enteró que la joven tenía muchas deudas y estaba vendiendo todo, Prudencia le dijo:

-¡Ah! – continuó con esa insistencia típica de la mujer que puede decir: «¡Qué razón tenía yo!» – ¿Cree que basta amarse e° irse al campo a vivir una vida pastoril y vaporosa? No, amigo mío, no. Al lado de la vida ideal existe la vida material, y las resoluciones más castas están sujetas a la tierra por hilos ridículos, pero de hierro, y que no se rompen tan fácilmente.

XIX.Armando se compromete a pagar todo, ella rechaza la oferta de Armando, proponiendo que vivan humilde y austeramente, pero Armando le reconviene diciendo que Margarita necesitaba de sus lujos. Ella responde:

-En una relación como la nuestra, si la mujer tiene aún un poco de dignidad, debe imponerse todos los sacrificios posibles antes que pedir dinero a su amante y ofrecer un aspecto venal a su amor. Tú me quieres, estoy segura, pero no sabes lo frágil que es el hilo que sujeta al corazón el amor que se siente por chicas como yo. ¿Quién sabe? ¡Quizá un día de mal humor o de aburrimiento lo imaginaras ver en nuestra relación un cálculo hábilmente combinado! Prudence es una charlatana. ¡Para qué quería yo los caballos! Vendiéndolos, ecònomizo; puedo pasarme sin ellos perfectamente y así no me gastan nada. Todo lo que te pido es que me quieras, y tú me querrás lo mismo sin caballos, sin cachemiras y sin diamantes. -Tú, que no quieres permitirme que comprenda tu posición, y tienes la vanidad de velar por la mía; tú, que, al conservarme el lujo en medio del que he vivido, quieres conservar la distancia moral que nos separa; tú, en fin, que no crees que mi cariño sea lo suficientemente desinteresado para compartir conmigo tu fortuna, con la que podríamos vivir felices juntos, y prefieres arruinarte, esclavo como eres de un prejuicio ridículo. ¿Crees que yo comparo uncoche y unas joyas con tu amor? ¿crees que para mí la felicidad consiste en las vanidades con que una se contenta cuando no ama nada, pero que se convierten en algo muy mezquino cuando ama? Tú pagarás mis deudas, malbaratarás tu fortuna ¡y me mantendrás al fin! ¿Cuánto tiempo durará todo eso? Dos o tres meses, y entonces será demasiado tarde para emprender la vida que propongo, pues entonces lo aceptarías todo de mí, y eso es lo que un hombre de honor no puede hacer. Mientras que ahora times ocho o diez mil francos de renta, con los cuales podemos vivir. De lo que tengo, yo venderé lo superfluo, y sólo con esa venta me haré con dos mil libras al año. Alquilaremos un lindo pisito en el que nos quedaremos los dos. En verano vendremos al campo, pero no a una casa como ésta, sino a una casita suficiente para dos personas. Tú eres independiente, yo soy libre, somos jóvenes; en nombre del cielo, Armando, no vuelvas a arrojarme a la vida que me vi obligada a llevar en otro tiempo.

XX.Armando aceptaría gustoso la propuesta de su amada, poco después llegaría su padre. El señor Duval le reprocha a Armando su conducta al flanco de la señorita Gautier y le ordena abandonarla, Armando rechaza la imposición.

XXI.Armando le contaría la situación a su enamorada. Ella le pide que haga a su padre reconsiderar para poder amarse con total libertad. Armando no encontraría a su padre por algunos días pero cambiaría drásticamente de estado de ánimo de Margarita. Armando al fin encuentra a su padre, el cual dice que toleraría la relación de su hijo.

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Nudo

XXII.Armando feliz regresaría con su amada, llevándose una gran decepción al no encontrarla, se había ido a París. Como era muy tarde, el joven acudió a París caminando, sólo encontró una carta en su casa, la cual decía:

"«Armand, cuando lea esta carta, ya seré la amante de otro hombre. Así que todo ha terminado entre nosotros. "Vuelva con su padre, amigo mío, vaya a ver a su hermana, joven casta, ignorante de todas nuestras miserias, y a su lado olvidará muy pronto todo lo que le haya hecho sufrir esa perdida que llaman Marguerite Gautier, a quien quiso usted amar por un instante y que le debe a usted los únicos momentos felices de una vida que ella espera que ya no será larga.»"

Armando se llenaría de desdicha y desesperación, y por necesidad, acudiría a compartir su tristeza con su padre, con el cual regresaría al dia siguiente a su lugar de origen.

XXIII.Armando se caracterizaba por su desánimo, sintió la necesidad de volver a verla y regresó a París. La vio, había recuperado sus caballos y bienes, y al parecer la vida libertina de antaño. Esto llevó a Armando a la ira y a desear venganza. Visitó a Prudencia, a quien le dijo sobre su relación con Margarita:

-Está perdonada, puede decírselo. Es una buena chica, pero es una golfa, y lo que me ha hecho debía esperármelo. Hasta le agradezco su resolución, pues hoy \’me pregunto adónde nos hubiera llevado mi idea de vivir siempre con ella. Era una locura..

Luego le pediría los datos de Olimpia, una amiga de Margarita, a quien pensaba conseguir con dinero. Armando concurrió a una fiesta ofrecida por Olimpia, ahí vio a su anterior amante con celos:

Cuando, lleno de mis dolorosas emociones, llegué al baile, estaba ya muy animado. Bailaban, gritaban incluso, y, en una de las contradanzas, descubrí a Marguerite bailando con el conde de N…, el cual parecía muy orgulloso de exhibirla y parecía decir a todo el mundo: ¡Esta mujer es mía!

Armando se empeñaría en conseguir a Olimpia esa misma noche, lo cual obtendría.

XIV. La relación con Olimpia provocaría bastantes desazones a Margarita, la cual terminaría su amistad con ella y se vería cada vez más pálida. Armando estaba feliz con los efectos de su artimaña. Poco después Margarita acudiría a pedirle clemencia, que había sufrido mucho y que las circunstancias le habían obligado a abandonarle. Armando le dijo que olvidaría todo lo acaecido y pasaron la noche juntos:

-No, no -me dijo casi con espanto-, seríamos muy desgraciados; yo ya no puedo valer para hacerte feliz, pero mientras me quede un soplo de vida seré la esclava de tus caprichos. A cualquier hora del día o de la noche que me desees, ven y seré tuya; pero no asocies más tu futuro con el mío: serías muy desgraciado y me harías muy desgraciada. Aún seré por algún tiempo una chica bonita: aprovéchate, pero no me pidas más.

Al días siguiente Armando fue a visitarla pero no le dejaron pasar pues se encontraba con el conde, iracundo escribió un mensaje:

Volví a mi casa como un borracho, y ¿sabe lo que hice durante el minuto de delirio celoso que bastó para la acción vergonzosa que iba a cometer? ¿Sabe lo que hice? Me dije que aquella mujer estaba burlándose de mí, me la imaginaba en su tete-à-tête inviolable con el conde, repitiendo las mismas palabras que me había dicho por la noche, y, cogiendo un billete de quinientos francos, se lo envié con estas palabras. «Se ha ido usted tan de prisa esta mañana, que olvidé pagarle. Ahí tiene el precio de su noche.»

Le devolvieron el recado y los 500 francos, desesperado y quizá arrepentido, acudió a su encuentro pero lo único que recibió fue “La señora se ha ido a Inglaterra hoy a las seis”.

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Desenlace

XXV.Y esa era el final de lo que Armando podía contar, el resto eran cartas que habían sido escritas por la joven durante la enfermedad que la acabaría, las cuales nunca fueron recibidas. La primera comenzaba:

No pude resistir el deseo de darle una explicación de mi conducta, y le escribí una carta; pero, escrita por una mujerzuela como yo, tal carta puede parecer una mentira, a no ser que la muerte la santifique con su autoridad y que en vez de ser una carta sea una confesión.

Confesó que mientras él buscaba a su padre, éste llegó a visitarla y le rogó que dejara a su hijo, puesto que interfería directamente con las relaciones familiares y con la felicidad de su hija:

Bueno, pues mi hija va a casarse. Se casa con el hombre que ama y entra en una familia honorable que quiere que todo sea honorable en la mía. La familia del hombre que será mi yerno se ha enterado de la vida que Armando lleva en París y ha manifestado que retirará su palabra si Armando sigue viviendo así. En sus manos está el futuro de una niña que no la ha hecho nada y que tiene derecho a contar con el futuro. ¿Puede usted y se siente con fuerzas para destrozarlo? En nombre de su amor y de su arrepentimiento, Marguerite, concédame la felicidad de mi hija.

Ella aceptaría…

XXVI. Margarita continuaría con las cartas suplicando que Armando la visite, o que muera de una vez. Su salud empeoraba y el único consuelo que recibió fue una carta del padre de Armando, acompañada de dinero. Al poco le embargarían sus bienes, y las cartas comenzarían a ser escritas por Julia Duprat, pues su amada estaba imposibilitada.

Me ha hecho prometer que le escriba cuando ella ya no pueda, y estoy escribiéndole delante de ella. Dirige sus ojos hacia mí, pero no me ve: su mirada está ya velada par la muerte cercana; sin embargo sonríe, y estoy segura de que todo su pensamiento y toda su alma están puestos en usted Cada vez que alguien abre la puerta sus ojos se iluminan y siempre cree que va a entrar usted; luego, cuando ve que no es usted, su rostro recobra su dolorida expresión, queda bañado en un sudor frío, y sus pómulos se tiñen de púrpura. pp 119

Finalmente la joven moriría en la más extrema desgracia y soledad.

XXVII. Acaba el relato, el narrador comenta que acompaña al joven de regreso a su casa y apunta:

Volví a París, donde escribí esta historia tal como me la contaron. No tiene más que un mérito, que quizá le será discutido: el de ser verdadera. No saco de este relato la conclusión de que todas las chica como Marguerite son capaces de hacer lo que ella hizo, ni mucho menos; pero tuve conocimiento de que una de ellas había experimentado en su vida un amor serio, por el que sufrió y por el que murió, y he contado al lector lo que sabía. Era un deber. No soy apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble dondequiera que la oiga implorar. La historia de Marguerite es una excepción, lo repito; pero, si hubiera sido algo habitual, no habría merecido la pena escribirla www.es.wokipedia.org

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Una biblioteca (Arturo Pérez Reverte)

Una biblioteca (I)

Durante esta última semana, aprovechando una temporada de calma, he ordenado la biblioteca. Siempre ocurre lo mismo cuando termino de escribir un libro, sea el que sea; en los últimos días no conoces ni a tu familia, ni a tus amigos más íntimos, ni a nadie. Bajas a la mina cada día, o no sales de ella ni para dormir, como un picador del pozo María Luisa, dale que te pego. Vives obsesionado con darle a la tecla y terminar de una vez; y el material que utilizas, los libros que consultas y las nuevas adquisiciones, se acumulan por todas partes, esperando una tregua para su sitio exacto. Porque amén de la utilidad que reporte, un libro tiene su dignidad, y no puede ir en cualquier parte y de cualquier manera; requiere compañía y lugar adecuados. Nabokov puede ir junto a Conrad, tal vez, pero no junto a Cervantes; y Stendhal puede avecinarse con Heine y con Lampedusa, pero nunca con las Crónicas de Froissart, con Moratín o con Plutarco. Cada cual es cada cual.

A veces algún lector escribe pidiendo la recomendación de un libro clave, o que el arriba firmante considere como tal; y no falta quien solicita un canon de obras fundamentales -imprescindibles, es la estúpida palabra de moda en ciertos suplementos literarios-. Siempre me niego, porque eso de las obras fundamentales depende mucho del gusto de cada uno; y libros que a ti te cambian la vida pueden pasar, para otro, sin pena ni gloria. De cualquier modo, mientras colocaba y reordenaba los libros estos últimos días, hubo, como siempre, un par de centenares de títulos y autores donde la vista y las manos se me demoraban más que en otros, por diversas razones. Y de pronto me he dicho: por qué no. Por qué no decir cuáles son, y si a alguien resultan útiles, pues me alegro. La relación, que no es exhaustiva, sí resulta en cambio desordenada y larga: tal vez ronde los ciento cincuenta títulos, de modo que, metidos en faena, contársela me llevará esta semana y la próxima. Así que quien no esté interesado por el asunto puede pasar mucho de calzarse esta página, hoy y la semana que viene.

Última advertencia: los libros no figuran por orden de importancia; y faltan, porque no los recuerdo ahora o porque no me lo parecen, muchos otros. Pero, ya que de algo tan personal se trata, esta lista de Schindler resulta tan buena como otra cualquiera. A ver por qué ha de ser menos válida que la que se fabrican cuatro compadres bobalios para darse coba unos a otros en los cursos de verano:

El Quijote (Cervantes). La Odisea (Homero). La Eneida (Virgilio). Vidas paralelas (Plutarco). Obra completa (Francisco de Quevedo). Obra completa (Jorge Manrique). La Biblia. La Divina Comedia (Dante). Fausto (Goethe). Episodios nacionales y novela completa (Pérez Galdós). Obra completa (Pío Baroja). Moby Dick (Melville). Teatro completo (Shakespeare). La montaña mágica (Thomas Mann). Los tres mosqueteros (Dumas). En busca del tiempo perdido (Marcel Proust). El rojo y el negro (Stendhal). La regenta (“Clarín”). Cuadros de viaje (Heinrich Heme). Expedición de catalanes y aragoneses contra turcos y griegos (Francisco de Moncada). Las relaciones peligrosas (Choderlos de Laclós). El ruedo ibérico (Valle-Inclán). Ana Karenina (Tolstoi). Crimen y castigo (Feodor Dostoievsky). Victoria (Joseph Conrad). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (Bernal Díaz del Castillo). Cien años de soledad (García Márquez). Conversación en la catedral (Vargas Llosa). La familia de Pascual Duarte (Camilo José Cela). Tragedias (Sófocles). El jorobado (Feval). Tragedias (Eurípides). Relatos (F. Scott Fitzgerald). El buen soldado (Ford Madox Ford). El prisionero de Zenda (Hope). El gatopardo (Lampedusa). El americano impasible (Graham Greene). La cartuja de Parma (Stendhal). Viajes por Italia (Stendhal). Lord Jim (Conrad). Guerra y paz (Tolstoi). Biografías (Ludwig). Biografías y novelas (S. Zweig) La flecha de oro (Conrad). La línea de sombra (J. Conrad). La marcha de Radetzky (J. Roth). El conde de Montecristo (Dumas). Suave es la noche (F. Scott Fitzgerald). El gran Gatsby (F. S. Fiztgerald). París era una fiesta (Hemingway). Aventuras de Sherlock Holmes (Conan Doyle). “V” (Thomas Pynchon). Poderes terrenales (Anthony Burgess). Grandeza y decadencia de los romanos (Montesquieu). El halcón maltés (Dashiell Harnmet). La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (R. J. Sender)…

Conversaciones con Goethe (Eckermann). El Mediterráneo en tiempo de Felipe II (Braudel) La comedia humana (Balzac). Teatro completo (Moliére). Teatro completo (Moratín). Cantar del Mío Cid (Anónimo). La leyenda del Cid (Zorrilla). Ensayos filosóficos (Voltaire). Confesiones (J. J. Rousseau). Memorial de Santa Helena (Les Cases). Robinson Crusoe (Defoe). Memorias (Saint Simon). La Biblia en España (Borrow). Peter Pan (J. M. Barrie). El libro de la selva (Kipling). Memorias y máximas (La rochefoucault). Vida de los doce césares (Suetonio). Anales (Tácito). Ensayos (Montaigne). El espíritu de las leyes (Montesquieu). Los idus de marzo (Thorton Wilder). A.O. Barnabooth (Valery Larbaud). Memorias (Cardenal de Retz). El Criticón (Gracián). Coloquio de damas (Aretino). Historia universal (Polibio). Pensamientos (Pascal). El talismán (Walter Scott). Canción de Navidad (Dickens). La Ilíada (Homero). Alicia en el país de las maravillas (L. Carroll). Historia de dos ciudades (Dickens). Corazón (Edmundo d’Amicis). Epístolas morales (Séneca). Historia universal de la infamia (Borges). Artículos (Larra). Los años rusos (Nabokov). El nombre de la rosa (Umberto Eco). Papeles póstumos del club Pickwick (Dickens). Nostromo (J. Conrad). Los miserables (V. Hugo). Las flores del mal (Baudelaire). Cuentos (Edgar Allan Poe). Poesía completa (Antonio Machado). Los pilares de la tierra (Ken Follet). Poesía completa (Miguel Hernández). Viaje al fin de la noche (Celine). El extranjero (Camus). La peste (Camus). Un mundo feliz (Aldous Huxley). Memorias de Adriano (M. Yourcenar). El poder y la gloria (Graham Greene). Diario de un seductor (Soren Kierkegard). El lobo estepario (H. Hesse). Doctor Zhivago (Boris Pasternak). Lolita (Vladimir Nabokov). Desventuras del joven Werther (Goethe). El monje (Matthew Lewis). Melmoth el errabundo (Charles Maturin). El vellocino de oro (Robert Graves). La isla del tesoro (R.L. Stevenson). El siglo de las luces (Carpentier). Bomarzo (Mujica Laínez). Pedro Páramo (Juan Rulfo). Meditaciones (Marco Aurelio). La decadencia de Occidente (Spengler). El otoño de la Edad Media (Huizinga) Aventuras de Aubrev y Maturin (Patrick O’Brian). Frankenstein (M. Shelley). Drácula (Bram Stoker). El doctor Jekyll y míster Hyde (Stevenson). Mi vida (Benvenuto Cellini). Sonatas (Valle-Inclán). Rimas y leyendas (Bécquer). Vida del capitan Contreras (Alonso de Contreras). Don Juan Tenorio (Zorrilla). El alcalde de Zalamea (Calderón). Fuenteovejuna (Lope de Vega). El burlador de Sevilla (Tirso de Molina). Quo vadis (H. Sienkiewicz). 20.000 leguas de viaje submarino (Verne). Nuestra señora de París (Víctor Hugo). Tristam Shandy (Steerne). Nuestros antepasados (Italo Calvino). El cuarteto de Alejandría (L. Durrell). El primo Basilio (Eça de Queiroz). La colmena (Camilo José Cela). Cuentos (Chejov). Historia de la guerra del Peloponeso (Tucídides). Anábasis (Jenofonte). Poemas (Catulo). Satiricón (Petronio). Crónicas (Froissart). La muerte de Arturo (Mallory). El rey Arturo y sus nobles caballeros (Steinbeck). Odas (Horacio). Memorias (Casanova). Los nueve libros de la Historia (Herodoto). Diálogos (Platón). Tratados ético-morales (Aristóteles). Las metamorfosis (Ovidio). El príncipe (Maquiavelo). El cortesano (Castiglione). La Italia del renacimiento (Burckhart). Adriano VII (Barón Corvo). Decadencia y ruina del imperio romano (Gibbon). Viajes de Gulliver (Swift). Viaje a Italia (Goethe). Madame Bovary (Flaubert). El asesinato de Rogelio Ackroyd (Agatha Christie). La educación sentimental (Flaubert). Cándido (Voltaire). Zadig (Voltaire). Emilio (Rousseau). Confesiones (San Agustín). Olivares (Marañón). Olivares (Elliot). Felipe II (Kamen). Shogun (Clavell). Confesiones de un comedor de opio (Quincey). La juventud y la madurez de Enrique IV (Heinrich Mann). Los Buddenbrook (Thomas Mann). Los hermanos Karamazov (Dostoievsky). El jugador (Dostoievsky). El sueño de los héroes (Adolfo Bioy Casares). Billy Budd (Melville). La roja insignia del valor (Stephen Crane). El talón de hierro (London). El negro del Narcissus (Conrad). Tifón (Conrad). Biografias (A. Maurois). El topo (Le Carré). Bizancio (R. J. Sender). La España musulmana (Sánchez Albornoz). Los 7 pilares de la sabiduría (T. E. Lawrence). Novelas ejemplares (Cervantes). Memorias (Talleyrand). Memorias (Fouché). Kaputt (Malaparte). Poesía completa (Campoamor). El puente de Alcántara (F. Baer). Vida de Cervantes (Astrana Marín)…

Que aproveche.

Arturo Pérez-Reverte

El Semanal

27 de septiembre de 1998

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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