Tormento ( Benito Pérez Galdós)

Amparo Sánchez Emperador es pretendida por dos hombres muy diferentes, dudando si revelar el secreto que guarda.

La novela mezcla diversas técnicas narrativas, como empezar (y terminar) en formato teatro (dos personajes comentan la obra que está escribiendo el jefe de uno de ellos, curiosamente la historia de dos hermanas muy decentes, similares a las que salen en la novela de Pérez Galdós) para luego continuar con la habitual voz del narrador y expresar los pensamientos de algunos personajes, incluyendo alguna carta.

Relata una minuciosa crónica de la sociedad del siglo XIX (transcurre entre noviembre de 1867 y febrero de 1868), cuya atención a los mínimos detalles cuenta más de lo que parece sobre las personas y hechos que describe.

Al principio parece que va a tratarse sólo de la presentación de personajes y relato de sus anodinas y algo patéticas existencias, pero al cabo de seis u ocho capítulos se centra en la historia que realmente quiere contar.

Emparentada con Tristana, en el sentido de que presenta tres personajes centrales (una muchacha pobre, un hombre mayor y con posibles y otro joven como interés romántico), la forma de utilizarlos pronto se presenta diferente, relatando la pedida de mano de Don Agustín Caballero a Amparo Sánchez Emperador y, sobre todo, las consecuencias en personajes como Rosalía, para quien es una tragedia, pues quería mantener al rico en su poder («Si yo tuviera poder para quitarle al primo diez años y ponérselos a mi niña… ¡qué boda, Santo Dios, qué boda y qué partido! Ya lo arreglaría yo por encima de todo, y domaría al cafre, que, bajo su corteza, esconde el mejor corazón que hay en el mundo» o también: «Si por disposición del Señor Omnipotente, Bringas llegase a faltar… y sólo de pensarlo me horripilo, porque es mi esposo querido… pero supongamos que Dios quisiese llamar a sí a este ángel… Yo lo sentiría mucho; tendría una pena tan grande, tan grande, que no hay palabras con que decirlo… Pero al año y medio o a los dos años, me casaría con este animal… Yo le desbastaría, yo lo afinaría, y así mis hijos, los hijos de Bringas, tendrían una gran posición y creo, sí… lo digo con fe y sinceridad, creo que su padre me bendeciría desde el Cielo»)

O mostrando la angustia de Amparo al no atreverse a decir la verdad a su prometido («Si yo me atreviera -pensaba después en casa de Bringas-. Pero no; segura estoy de que no me atreveré. Ahora sé lo que he de decirle, y cuando lo veo delante, adiós idea, adiós propósito. Soy tan débil, que sin duda me hizo Dios de algo que no servía para nada»)

De esta manera muestra también la forma de ser de otros personajes, como Agustín Caballero (En el cerebro del tímido surgió bullicioso tumulto de ideas; palabras mil acudieron atropelladas a sus secos labios. Iba a decir admirables y vehementes cosas, sí, las diría… O las decía o estallaba como una bomba. Pero los nervios se le encabritaron; aquel maldito freno que su ser íntimo ponía fatalmente a su palabra le apretó de súbito con soberana fuerza, y de sus labios, como espuma que salpica de los del epiléptico, salpicaron estas dos palabras:«Vaya, vaya».)

Y de Pedro Polo (… entregose D. Pedro, con abandono de hombre desocupado y sin salud, a las meditaciones propias de su tristeza sedentaria, figurándose ser otro de lo que era, tener distinta condición y estado, o por lo menos llevar vida muy diferente de la que llevaba. Este ideal trabajo de reconstruirse a sí propio, conservando su peculiar ser, como metal que se derrite para buscar nueva forma en molde nuevo, ocupaba a Polo las tres cuartas partes de sus días solitarios y de sus noches sin sueño, y en rigor de verdad, le tonificaba el espíritu beneficiando también un poco el cuerpo, porque activaba las funciones vitales. Aunque forzada y artificiosa, aquella vida, vida era)

Curioso también el título, que se refiere a la forma en que Pedro llama a Amparo incluso en sus dramáticas cartas (“Tormento mío, Patíbulo, Inquisición mía:”) y como ella firma las que le dirige a él ("Nada pudo leer sino un nombre que era la firma y decía: Tormento. Con la o final se enlazaba un garabatito… Sí, era su garabatito, su persona autografiada en aquel rasgo que parecía un pelo rizado") pero también puede aludir al sufrimiento de la joven, sus dudas sobre contar todo a Caballero.

Entre los aciertos de la novela resaltar que no se dice cuál es exactamente ese pasado que Tormento teme revelar a su pretendiente (aunque es fácil adivinar la esencia de lo sucedido), incluso cuando ella habla de ello no se cuenta la conversación.

Aunque hace años que vi la película y por lo tanto conocía el final de la novela, el autor se las apaña para mantener una tensión creciente hasta llegar a un final casi optimista aunque no muy alejado del de “Tristana”.

"Tormento" fue publicada en 1884, entre «El Doctor Centeno» (BA 0134) y «La de Bringas» (BA
0133), con las cuales está emparentada, ya que comparte algunos personajes (Felipe Centeno, José Ido del Sagrario o Rosalía y Francisco Bringas)

En 1974, Pedro Olea dirigió una película basada en la novela y protagonizada por Ana Belén, Francisco Rabal, Concha Velasco, Rafael Alonso, Ismael Merlo, María Luisa San José y Amalia de la Torre.
http://reginairae.blogcindario.com/2005/06/00173-tormento-de-benito-perez-galdos.html

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En el centro de la Tierra (Edgar Rice Burroughs)

David Innes, joven empresario, y el ingeniero Perry prueban una noche un prototipo de taladro mil veces más potente que los conocidos. Empiezan a descender en la corteza terrestre sin freno. Cuando creen que van a morir en el magma aparecen de pronto en un mundo interior llamado Pellucidar donde viven criaturas primitivas como los dinosaurios y varias razas extrañas…

Novela de aventuras sin ninguna pretensión, bastante breve, que inaugura el ciclo que el autor dedicó a ese mundo interior al nuestre llamado Pellucidar, con cierta semejanza con la novela de Julio Verne "Viaje al centro de la tierra", inspirada también en la teoría de la Tierra Hueca.
En cuanto a estilo es bastante simple y poco cuidado. No hace arte precisamente. El argumento es muy pobre, ya que se limita a contar los encuentros de los terrícolas superiores con las razas de los Mahar, los ságotas y las diversas tribus de humanos, además de con los animales prehistóricos. Todo el libro es una sucesión de peleas, luchas y monstruos atacando. Las descripciones de peleas pueden llegar a ocupar largos párrafos, aburriendo más que nada.
Sin embargo, al igual que me pasó cuando leí el inicio de otra de sus larguísimas sagas (Una Princesa de Marte) le reconozco a Borroughs un gran mérito: su fantasía e imaginación, que crean detalles y elementos que luego se han visto reflejados en obras posteriores e incluso en películas. Por ejemplo, en Una princesa de Marte aparecían las mismas naves deslizadoras de las dunas del planeta Tatooine y algo similar a las espadas láser; en En el centro de la tierra, hay una escena calcada de otra película de George Lucas (cuando el protagonista contempla en un anfiteatro lleno de seres reptilianos como dos humanos son entregados a una lucha con dos criaturas monstruosas, similar a la escena del circo de El ataque de los clones). Borroughs puede decirse que es un "sembrador" de ideas, aunque como novelista no valía mucho (me refiero a novelista de calidad, lo suyo era el entretenimiento, para quien le gusten las aventuras descabelladas). Entre las imágenes más llamativas están la falta de existencia de horizonte en Pellucidar. En lugar de eso, se aprecia una curvatura hacia arriba de las tierras que confiere a ese lugar un aspecto extrañísimo; la variabilidad del tiempo, ya que mientras para un personaje parecen pasar unos días, para otro han pasado meses (el tiempo no existe en Pellucidar); el día eterno (el sol no se pone, como es lógico); la falta de referentes celestiales para orientarse… Entre las cosas más incongruentes está la facilidad con la que los protagonistas americanos aprenden la lengua de los nativos y empiezan a comunicarse con ellos.
En el libro abunda la truculencia, y no se detiene a la hora de reflejar algunas escenas que son un poco crudas, como aquella en que la raza dominante de Pellucidar, los reptilianos Mahar se comen vivos y poco a poco a sus esclavos humanos en un ritual realmente macabro; o las torturas a las que someten a la gente sus científicos, que diseccionan en vivo, etc, etc…
En cuanto a los personajes pues son arquetípicos y planos total. David Innes es el intrépido joven aventurero que quiere llevar el progreso a Pellucidar, cuya raza humana, esclavizada, le parece de una gran apostura y dignidad; y Perry, que apenas tiene más protagonismo que el de construir el famoso taladro, el anciano sabio, que se pasa el día rezando y preocupándose por la suerte de su impulsivo amigo.
Existe una película sobre el tema protagonizada por Peter Cushing y Doug McCloure, para curiosos (At the earth\’s core, 1976, productora Amicus; GB)

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Muerte en directo (Toby Litt)

Conrad Redman sale a cenar con Lily Irish, su ex, famosa actriz de anuncios publicitarios. Alguien los tirotea, ella muere y Conrad comienza a investigar…

El asesinato y la búsqueda de sus motivos y causante es sólo el principio de la historia.

Los capítulos son cortos, compactos, cuentan lo que hace falta de forma directa y contundente, irónica, con un humor oscuro y amargo.

Bajo una necesidad que es más de venganza que de justicia, el protagonista, que relata su historia en primera persona, muestra también su vida interior, pensamientos, sentimientos, los pasos que da, algunos absurdos, crueles, desmedidos, casi todos propiciados por el estado en que se encuentra después del crimen.

Esta novela no es sólo la investigación de un asesinato, también incluye las reflexiones de un protagonista que en el fondo se odia a sí mismo, quizá por haber sobrevivido.

Es una historia recorrida por ráfagas de humor( las visitas de Conrad al teatro a "ver" Macbeth), o de crítica (como la que hace de la "Royal Shakespeare Company" y sus actores o del mundo de la publicidad)

Resalta el protagonista, que habla de sí mismo en un tono lúcido, corrosivo, a veces autoindulgente y otras implacable, a través del que vemos al resto de personajes, bien esbozados por él, aunque quizá hay ocasiones en que su interpretación de hechos y motivos pueda ser poco creíble.

La novela es más densa de lo que parece al principio, engañan los capítulos cortos, la abundancia de diálogos y el estilo humorístico, pero es una de esas historias en las que es mejor no saltarse párrafos, ya que todos tienen su contenido, su importancia.

Como casi era de esperar, falla relativamente al final, un tanto frustrante, pero hasta llegar hasta allí se lee una novela digna, bien escrita y que respeta a su lector.

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Haciendo historia (stephen Frey)

Espasa ha editado una novela bastante singular en su colección de narrativa.

Singular no tanto por su argumento, el qué, como por el quién y el cómo. El quién es Stephen Fry, posiblemente más conocido en España como actor (Los amigos de Peter, la serie de Blackadder) que como escritor. Pero leyendo la solapa del libro, uno queda informado de que esta no es una incursión de diletante, sino que para Fry escribir parece ser tan natural como actuar, a juzgar por las referencias y la opinión al respecto de la todopoderosa, en lo que se refiere a encontrar cosas que venderle a la gente, Amazon.com.

Haciendo historia es una novela construida sobre uno de los tópicos más manidos de la ciencia ficción: un hombre descubre la posibilidad de viajar en el tiempo y, movido por su sentido de culpa familiar y con la ayuda de un licenciado en historia, decide eliminar a Hitler del mapa (más concretamente: casi borrar, accidentalmente, Brunau-am-Inn, pequeña ciudad austríaca y cuna del futuro Führer) para lavar su infamia. El hombre en cuestión se hace llamar Leo Zuckerman y el licenciado en cuestión se llama Michael D. Young. Incidentalmente, Michael es nuestro protagonista, posiblemente escogido y conjurado para esta historia por esa capacidad suya tan sugestiva de crear el caos más absoluto y no entender muchas cosas que le convendría entender.

Aparte de ser posiblemente EL TÓPICO con mayúsculas, Haciendo historia es también una magnífica novela. Tal afirmación puede resultar extraña, pero así son las cosas.

Para empezar, Fry ataca directamente al lector presentándole una farsa narrada en primera persona por uno de los personajes más irresponsables y más divertidos de la novela contemporánea. Michael Young se revela rápidamente como un individuo inteligente a su manera, pero lastrado por una idiosincrasia casi existencialista, que le hace comportarse, actuar y ser percibido como un idiota. Lo único que rescata a este dechado de virtudes es su narración salpicada de humor y llena de eruditas referencias. Ése es precisamente el carácter de esta novela, esa tradición que llaman "wit", ingenio. Es una novela ingeniosa porque no le queda otra opción, teniendo como base una idea tan usada (especulativamente) como la comentada.

Y el ingenio se aprecia con toda claridad, aunque algunas veces fracase en el intento. Se nota el ingenio académico en las comparaciones relativas a Dickens, Pound, Orwell y unos cuantos literatos e historiadores más. Y se nota cuando Michael deja caer sus opiniones sobre la vida, el arte, la literatura y demás tonterías similares. Como lector, no puedo contener la risa con la mordacidad de alguna de las opiniones que vierte. Según Michael, todo el arte, y especialmente la literatura, está muerto. Y aún así reconoce que de vez en cuando va al teatro; pero es que le gusta ver como se descomponen los cadáveres.

Por otro lado, Jane, la compañera sentimental de Michael al iniciarse la narración, es un paradigma del científico de la posmodernidad, siempre a la defensiva (me temo que con razón) frente a los ataques idiotas provenientes de las descompuestas, según el humanista Michael, humanidades. Cuando a Jane se le plantea hipotéticamente la posibilidad de alterar el pasado, contesta rápida y eficientemente que su gran obra sería separar a los hermanos Gallagher al nacer, para evitar la formación del grupo musical Oasis. Mientras tanto nuestro protagonista y su aliado pretenden impedir la existencia del responsable de la muerte de millones de personas. El problema está en que el lector ya empieza a intuir que, dentro del universo narrativo del libro, la desaparición de la banda inglesa Oasis sería un acto de mucha más relevancia y caridad que la eliminación de un maníaco genocida.

Así que, como está marcado, y no reviento ninguna sorpresa al decirlo, el plan de Zuckermann y Michael tiene éxito. Aunque sí me callo el singular y divertido método empleado.

Una de las mejores bromas del libro, posteriormente transformada en herramienta dramática, son los capítulos sobre la gestación, infancia y juventud de Adolf Hitler. El lector supone que está asistiendo a una recreación histórica literaria. Y lo es. Pero no de la forma esperaba. Lo que estamos leyendo al principio del libro sobre el joven Adolf es un texto que está dentro del libro, un objeto en el mismo universo de ficción, rigurosamente documentado. Un texto cuya relevancia parece ser nula por dos razones: 1) no es lo que parece, como aclara bastante bruscamente en una divertida escena el director de tesis de Michael y 2) al desaparecer Hitler, la reconstrucción también desaparece. Pero la broma se torna drama cuando el texto empieza a rescribirse por sí mismo al cambiar la historia. Y el lector que ha participado hasta ahora de la farsa empieza a ser testigo de la construcción, la fabricación, la fabulación de una Historia; Historia que es eco de otra y precisamente por eso mucho más temible, pues parece que esta Historia suplantadora ha aprendido de los errores de la anterior para volverse mucho más eficiente.

Bueno, que no cunda el pánico, después de todo es sólo una ficción. Cómo la reconstrucción literaria del joven Hitler dentro de la novela. Pero se trata de una ficción que no puede dejar indiferente al lector, porque éste ha vivido en el mundo que describe. La ficción parahistórica toma prestada su fuerza de esa otra ficción más cercana a lo "real", lo que basta para dar en su momento al libro un ambiente bastante oscuro aunque siga siendo una farsa.

Después de crear su nuevo mundo, Michael D. Young debe asumir las consecuencias de sus actos y vivir en el universo que ha creado (ganando a cambio una novela de George Orwell que en el nuestro no tuvo necesidad de escribir y perdiendo para su desgracia un montón de películas de la posguerra). Michael deberá deshacer el terrible lío que ha creado, reescribiendo él mismo escenas de su pasado (el encuentro con Zuckermann, por ejemplo) para cambiar una vez más la narración. Y todo porque Michael ha descubierto, horrorizado, que el responsable último (aunque no directo) del mayor genocidio sobre la faz del planeta, histórica y "parahistóricamente", es un licenciado en historia llamado Michael D. Young, que se las ha arreglado para dotar a los malos de la Historia de un arma más efectiva y sutil que la bomba atómica…

Pero no todo va tan mal en ese brave new world.

Bill Gates, por ejemplo, tampoco ha existido nunca, así que la informática es mucho mejor. A los ordenadores se le puede dictar los textos, reconocen muy bien la voz humana, usan fibra óptica en vez de cableado de cobre y no hay fallos de conexión en las redes locales.

Y tampoco hay iconos. Hay glifos, gracias a Dios.

Pero, aún así, en ese mundo sí hubo una Segunda Guerra Mundial que se cobró millones de vidas y dos bombardeos con armas nucleares y aún hoy en día existen pequeños conflictos locales, por no hablar del crimen en las grandes ciudades y de los accidentes decoche y similares. ¿Qué es lo que tiene nuestra historia tal y como la conocemos para que Michael, con ayuda de nuevos/ asistencia, viejos aliados intente escribirla de nuevo, recuperarla, restaurarla desde la papelera del sistema, desde el mundo que ha ayudado a crear, formateando el disco duro de la Historia?

El punto decisivo en cuestión en esta farsa maliciosa y provocativa parece ser que, al menos, hoy en día con lo políticamente correcto en Europa y Norteamérica, ser marica no es delito.

Y como dice un amigo: "cuando llega el amor, que se quiten las mujeres".

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Sarajevo. Diario de un Éxodo (Dzevad Karahasan)

Europa contempló con asombro en los años noventa los sucesivos conflictos que surgieron tras la desintegración de Yugoslavia. En el seno de una Europa que se preciaba de sus ideales de civilización, prosperidad, derechos humanos, etc, surge un conflicto que pone de manifiesto una realidad discordante. La caída del comunismo fue saludada como la oportunidad para la reconciliación de los europeos, divididos hasta la fecha por el telón de acero, pero cuando aún no se habían podido calibrar las consecuencias de estos cambios, apareció un nuevo foco de confrontación que amenazaba por extenderse a los estados vecinos.

La Europa que gustaba de presentarse como fruto de una tradición cultural, intelectual y religiosa común, se sorprendía al contemplar guerras de carácter étnico y religioso, a pocos kilómetros de sus modernas capitales. Más aún, toda Europa descubrió que expresiones como limpieza étnica, fosas comunes o franco tiradores, saltaban a la realidad desde los documentales y los libros de historia volviendo a reclamar su espacio.

Ese pasado, las guerras balcánicas de principios del siglo XX, el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, se aglutina con precisión milimétrica para destruir una imagen confortable de nosotros mismos. ¿Y qué hace Europa? Entre dudas, vacilaciones, decisiones equivocadas, reconocimientos unilaterales, interesados y precipitados de nuevos estados, el caos y la división vuelven a ponerse de manifiesto.

Los ciudadanos europeos, quizá ajenos a las complicadas leyes geopolíticas, contemplan las noticias de la televisión con asombro y horror. Las explosiones, las muertes en la cola de una panadería o la gente corriente por las calles no vienen de países del Tercer Mundo, de Jerusalén o de Líbano: vienen de Europa. Los muertos viven, vivían, en casas prácticamente iguales a las nuestras. Casas con calefacción, televisión y video, antena parabólica. Sus habitantes no son de piel oscura, ni llevan extraños atuendos. Visten como nosotros, con americana y corbata, con faldas ceñidas y tacones. Y como nosotros, parecían vivir ajenos a las miserias del mundo, pero ahora deben correr por sus calles huyendo de balas perdidas, granadas, cascotes. Incomprensible.

Y mientras algunos reflexionaban sobre el fin de la historia, el renacimiento del nacionalismo o la pujanza del Islam, los ciudadanos de la antigua Yugoslavia trataban de continuar con sus vidas, de superar sus problemas diarios, sus inmensas dificultades. De esta experiencia extrae Dzevad Karahasan el principal aporte a su obra, Sarajevo. Diario de un éxodo.

En este libro, Karahasan reflexiona sobre las consecuencias del conflicto en la vida de los habitantes de Sarajevo, desde un punto de vista filosófico; esto es, discurre sobre los efectos morales de la guerra, sobre el papel del intelectual ante la misma, sobre los efectos de los bombardeos como factor de cohesión de la comunidad asediada, etc. De todas sus reflexiones escojo al azar las siguientes:

– El papel del trabajo (y el Arte) como reserva de la dignidad humana: Durante el asedio de Sarajevo Karahasan fue nombrado decano de la facultad de Artes Escénicas. Tras uno de los primeros grandes bombardeos sobre la ciudad se reunió con sus alumnos y decidieron continuar con el curso en la medida de sus posibilidades, preparando la representación de las obras de fin de carrera.

El profesor Karahasan arenga así a sus alumnos: “Les ruego que trabajen tanto y tan bien como les sea posible. Su trabajo es lo único que, de momento, puede liberarlos del miedo y ayudarlos a conservar la dignidad, la sensibilidad y el juicio. Los hombres se han desentendido de nosotros, la fortuna nos ha dejado atrás, el mundo se aparta y la realidad material en la que nos han enseñado a creer nos abandona. Lo único que todavía no nos ha dejado es nuestro trabajo; lo que aprendemos y el oficio al que servimos aún nos protegen. Una de las funciones básicas del arte es la de proteger a la gente de la indiferencia, y el hombre está vivo mientras no permanezca indiferente”.

Nada parece más contradictorio que un conflicto y el Arte. Pero precisamente el conflicto nace cuando los hombres pierden esa sensibilidad, esa capacidad de empatía y ese respeto, no sólo por los demás sino por uno mismo. Trabajo, dignidad, sensibilidad y Arte surgen de entre las cenizas humeantes de Sarajevo como verdades inmutables, verdadera esencia de esa cultura que Europa no supo defender en aquellos días.

– Fundación del PEN Club de Bosnia y Herzegovina: un colega de Karahasan le invita a la fundación del PEN Club como acto de rebelión y resistencia frente a los horrores de la guerra. Pese a sus iniciales resistencias a participar en este tipo de actos formales, y ante los argumentos de su amigo, decide participar en el acto (aunque finalmente un bombardeo le impedirá llegar al lugar donde se ha convocado la reunión): “Mientras pensáramos en la literatura, mientras nos saludáramos tal como exige la buena educación y utilizáramos los cubiertos para comer, mientras deseáramos escribir o pintar algo, mientras nos esforzáramos por articular nuestra situación y sentimientos a través del teatro, tendríamos la posibilidad de persistir como seres de cultura, de defender nuestra ciudad y la tolerancia que en ella reinaba, de salvaguardar nuestro derecho a la convivencia entre pueblos, religiones y convicciones diferentes. Por eso era importante que en la reunión en la que se fundara el PEN Club de Bosnia y Herzegovina estuviéramos todos los que teníamos que estar”.

– La Verdad en una obra de Arte: el asedio de Sarajevo y las duras condiciones de vida que debían afrontar sus habitantes, provocaron una pequeña escena, apenas perceptible, apenas de dos o tres segundos de duración, en una de las representaciones de los alumnos de Karahasan. El actor debe tomar la mano de la actriz y besarla con apasionado amor. Esa mano simboliza en la obra lo hermoso, refinado e inalcanzable. Sin embargo, la realidad se cuela de manera indiscreta en el escenario. La mano de la actriz está ajada, falta de cuidado y de higiene (el agua se había convertido en un recurso precioso) y el actor no puede disimular la distancia que hay entre el objeto de deseo que se supone ha de besar y la realidad que sus ojos contemplan. Sólo un gesto, un breve instante y sus labios se posan ardorosamente sobre esa mano y, desde ese momento, la compenetración entre ambos intérpretes alcanza un nivel excepcional. Sin embargo, la mirada analítica del profesor se ha detenido en ese leve momento en el que el actor ha sido incapaz de abstraerse la realidad e interpretar su papel, recrear la ficción.

De esta escena surge la siguiente reflexión: “En la escuela se aprende que la verdad interior de la obra de arte consiste en la realización consecuente de los principios básicos de la estructuración; pero ahora sé, gracias a ese instante, que existe una forma más profunda y muy diferente de verdad interior de la obra de arte, esa que se alcanza sólo cuando mediante el arte se defiende y demuestra la realidad de las personas vivas y su necesidad de vivir como seres de cultura, y de modo tal que esa necesidad de cultura es al mismo tiempo una necesidad existencial”.

– Las dos traiciones de la Literatura: Karahasan acusa a la literatura de su país de dos graves culpas. De una parte, considera que la literatura de la forma, la estética, la que abandera el arte por el arte, la que se recrea en ella misma como principio y fin, al margen de todo lo ajeno a ella, es culpable de favorecer un distanciamiento ético de la realidad. La ausencia de valores y principios se traduce en una sociedad insensible, egoísta, centrada sólo en el placer más inmediato. De ahí que el sufrimiento ajeno sea visto como una mera cuestión estética; puede ser bello o no, pero no se enjuicia moralmente. Acusa, por tanto, a estos escritores de inmorales y a sus escritos de evitar un posicionamiento entre el bien y el mal.

Pero Karahasan también acusa a la literatura de alejarse del modelo en el que los personajes tienen un carácter, una psicología, un modo de pensar y sentir en función del cuál actúan. Se admiten cambios de personalidad, flexibilidad en sus actos y emociones, pero, en definitiva, cada personaje es un individuo que se representa a sí mismo. Por contra, Karahasan señala acusadoramente a la literatura en la que las personas actúan de un modo u otro en función, no de su individualidad, sino de su pertenencia a una religión, a un partido político, a una nación. Así, el serbio tiene una personalidad y un modo de pensar y actuar diferente al de un bosnio, un conservador o un musulmán; es su pertenencia a una etnia lo que le convierte en estandarte de la misma. El individuo queda desposeído de sí mismo para ser reducido a un arquetipo sobre el que construir el odio y el rechazo, los tópicos que luego repetirán los generales y los políticos en sus discursos.

Si bien es cierto que ambas visiones de la literatura parecen contradictorias (una es claramente desideologizadora, la otra es profundamente ideológica) y que es probable que ambas tendencias sean consecuencia (y no causa) de la realidad metaliteraria, no es menos cierto que Karahasan opta por una visión del individuo libre y responsable de sus actos, con capacidad y autonomía para decidir; opta por un ciudadano, no por un serbio o croata y, al menos en esto, no podemos por menos que estar de acuerdo con él.

El libro se cierra con una despedida melancólica: los primeros judíos arribaron a Sarajevo a finales del siglo XV, llegaban tras la expulsión de España por los Reyes Católicos. En Sarajevo se asentaron y compartieron la fortuna y la desgracia de la ciudad al igual que el resto de sus habitantes. Durante el cerco a Sarajevo se celebró el Quinto Centenario de su llegada y, pocos días después, la práctica totalidad de la comunidad judía de Sarajevo abandonó la ciudad rumbo a un nuevo exilio. Los judíos se ponían de nuevo en marcha después de quinientos años, después de haber sobrevivido a diferentes dominaciones de la ciudad (el Imperio Otomano, el régimen nazi, la dictadura comunista, …).

Y Karahasan se pregunta si la propia idea de Sarajevo como centro de convivencia de tres religiones, tres culturas, ha sucumbido a la fuerza bruta y si, como han hecho los judíos durante dos mil años tras sus celebraciones despidiéndose con un “el año que viene en Jerusalén” siendo dicha ciudad más una referencia mítica que un centro físico, no harán lo propio los sarajevos repitiendo acongojadamente “el año que viene en Sarajevo”. Y es que, en definitiva, el éxodo al que hace referencia el título del libro no es sino la constatación de la orfandad del autor al que sólo el mito de una ciudad, a la que ya no puede reconocer en la realidad que le rodea, sostiene.

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